Pocos le habrían escuchado, aunque la población asuncena, reducida y mayoritariamente extranjera, estaba atenta a la novedad, esperada desde hacía más de un año. Porque las noticias de la guerra y el derrotero que seguía el Mariscal por las serranías del Amambay fueron llegando a Asunción desde un año atrás, cuando el compás de los sucesos empezaron a ser marcados por las fuerzas de ocupación. Los paraguayos iban llegando a la capital y los pueblos desde los incendiados campos, de a poco, para encontrar sus casas ocupadas o saqueadas, sus escasas pertenencias robadas y verificando que sus familias habían quedado reducidas a uno o pocos miembros, por la ausencia de quienes se constituyeron en “daños colaterales” de la contienda… muertos, prisioneros o simplemente desaparecidos en algún momento de, o entre, los combates.
La tristeza y los uniformes del Imperio (los argentinos se encontraban mayoritariamente en el Chaco frontero y los uruguayos ya se había ido), llenaban todos los espacios de la desolada capital paraguaya en la que, para pellizcar algún mendrugo habría que aproximarse a los cuarteles de ocupación o alargar las manos por entre las rejas de las pocas casas de comida abiertas.
Todos, propios y extraños, sabían el desarrollo de las acciones y de la penosa marcha de seis meses y quince días que llevaron a López y su gente desde Caraguatay hasta Cerro Corá. Las noticias eran conocidas o actualizadas a medida que aquellos “residuos humanos” se aproximaban a Asunción. A esas alturas, ya nadie abrigaba duda alguna sobre las verdaderas intenciones que trajo la Triple Alianza al Paraguay. Y para arrimar más luz a la claridad y cuando ya bastante excedidos los exiguos plazos que había anticipado Mitre para ingresar victorioso a Asunción, en Buenos Aires cundía el desaliento y los reproches se generalizaban para el expresidente. Especialmente tras entregar el mando a Domingo Sarmiento, el 12 de octubre de 1868.
Afloran las acusaciones
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En diciembre de 1869, el periodista uruguayo Juan Carlos Gómez parapetado en las columnas del diario “La Tribuna” ponía fin a una polémica que había mantenido con el expresidente Mitre, desde que este había dejado la presidencia: “… El tratado mentía indignamente, y una mentira tan mal disimulada a la perspicacia, a la intuición de los pueblos, es siempre un desdoro, una vergüenza para los gobiernos que se permiten tales ardides (…) El tratado declaraba la guerra al pueblo paraguayo y no al tirano”. Pero, continuaba Gómez: “… a quién se desarmaría, desguarnecer de sus fortalezas, demarcarle límites e imponerle un gobierno… ¿A quién?… si el tirano ya estaría derrocado, aherrojado (encadenado con grilletes de hierro) en alguna isla oceánica, sepultado debajo de la tierra? La guerra era para el pueblo paraguayo cuya soberanía quedaba así suprimida por la alianza”.
El Paraguay, ocupado con exclusividad a la defensa del territorio, no participaba de estos debates ni podía defenderse más de lo que sugerían las propias acciones de guerra. Los distintos hechos de su desarrollo salían a la luz una vez que superaran el cerco que los aliados habían antepuesto a la verdad, con el bloqueo. Pero las noticias llegaban finalmente aunque con retraso, hacia el Pacífico americano, a los Estados Unidos y Europa. Por estos motivos y porque los grandes medios de prensa mantenían corresponsales en los países del Plata e inclusive presentes en algunos de los enfrentamientos, América y el mundo empezaban a conocer una realidad distinta a las propaladas por los medios oficiales aliados.
El 13 de noviembre de 1869, “El Nacional” de Lima publicaba el extenso y soberbio poema “Al Paraguay”, de Manuel del Castillo. Se sumaba este al “Nenia” del argentino Carlos Guido Spano mientras su compatriota José Sienra Carranza “glorificaba a la mujer paraguaya, encarnando en ella las desdichas de la raza”. El “Siracuse Daily Journal” de Estados Unidos a su vez, en su edición de 23 de abril de 1870, sentenciaba: “La conducta de Pedro II es vil, la muerte de López grandiosa y heroica”.
En otra extensa columna y en la misma fecha que la anterior, El “New York Herald” expresaba en la conclusión de los relatos sobre el 1º de marzo anterior: “Cualquiera que fuesen los errores de López, no puede negarse que la lucha que llevó a los aliados fue valiente, audaz y resuelta (…) Demostró ser un hombre de inmensos recursos y uno de los más grandes soldados de nuestros días (…) Cuando la historia de la guerra del Paraguay se escriba con veracidad, se encontrará que las atrocidades atribuidas a López han sido en mucho excedidas por las brutalidades de los aliados”.
En toda América se celebraron solemnes funerales por el eterno descanso de López y la heroica comitiva que sucumbiera en Cerro Corá, al mismo tiempo que en todas partes se manifestaba la admiración a los vencidos. El punto alto de la solidaridad y admiración hacia la resistencia paraguaya, la dio el Congreso de Colombia que el 27 de junio de 1870, poniendo de relieve que “todo lo que hay de noble en el mundo contempla su grandeza, lamenta su desgracia y le ofrenda vivas simpatías”.
En Europa, el francés Eliseo Reclús concluía un largo panegírico al Paraguay, con estas palabras: “…desde hace siglos, habiendo ocurrido tan espantables carnicerías, la humanidad no había presenciado una lucha tan encarnizada, una destrucción tan atroz”. Otros como el español Nicolás Estébanes, el francés Alfredo Desperle y el eximio Juan Valera, aún mucho después de la finalización de la hecatombe, manifestaron su admiración hacia la lucha y resistencia del Mariscal López y su pueblo. Este último dejó anotadas las siguientes palabras: “Son por cierta de admirar la devoción y valentía de los paraguayos en defender a su patria. Fuesen las que fuesen las causas de la guerra que argentinos y brasileños hicieron al Paraguay… francamente yo no quiero considerarla un triunfo de la civilización y la libertad sobre la barbarie y la tiranía. La gloriosa defensa que hicieron los paraguayos de sus hogares, nos lo presentan mucho más simpáticos de los que a fuego y sangre fueron a pulirlos, a libertarlos y a hacerlos felices y cultos”.
Si le agregamos a las de estos ilustres académicos, las opiniones de Alberdi, Guido Spano, Herrera, De Andrade, Molina y Vedia, José Hernández y tantos ilustres americanos, podría entenderse que nadie en el mundo; ni en la Argentina como el Brasil, mucho menos en el Uruguay, se dedicó a glorificar a los “vencedores”. Se recuerda solamente la inmolación del Paraguay y la profundización de su aislamiento habiendo contribuido como ningún otro componente de la región del Plata, a la causa americana.
Los muertos en la guerra. El Paraguay “… salvó su honor y su gloria” –escribe Leonardo Castagnino en su libro “Guerra del Paraguay– la Triple Alianza contra los países del Plata- “… pero sufrió el genocidio de 50% de la población total, y la muerte del 99,4% de su población masculina mayor de 10 años. También perdió gran parte de territorio a manos de los aliados, y el resto fue entregado a propietarios extranjeros”. Todas las cifras dadas sobre la mortandad ocasionada por la guerra mencionan guarismos más o menos parecidos. Pero debe advertirse que semejantes números no fueron solo el producto de los muertos en los campos de batalla. Porque si hiciéramos un recuento de los datos que dan los historiadores –aunque algunos con diferencias importantes- encontraremos que a lo largo de todas las campañas y batallas hasta la gesta de Cerro Corá, no encontramos sino entre las huestes paraguayas, unos 78.700 muertos. Incluyendo en esta cifra a los heridos que no habrían podido recuperarse y sumando 20% más de los que pudieron fallecer a consecuencia de las enfermedades y de las pestes.
No se ha considerado, sin embargo, a los prisioneros, desaparecidos o desertores, muertos por bombardeo enemigo sin que hubiera combate. Ni los muertos civiles por enfermedad o como consecuencia acciones de guerra en los hospitales.
En cuanto a la polémica con el Gral. Mitre, Juan Carlos Gómez remató el debate periodístico con las siguientes palabras: “… Al Paraguay anterior a la alianza, bastaba suprimir un tirano. En el Paraguay de la alianza, hay que rehacer un pueblo. Nos hemos quitado un hermano de la familia, separado, alejado de nosotros, lleno de resabios, digno de lástima, atrabiliario y turbulento. Cuanto se quiera, pero hermano. ¿Qué nos hemos dado en cambio? Un enemigo rencoroso e implacable, si no deshacemos el mal que hemos hecho”.
Parte de razón tenía Gómez pues rencorosos fuimos… en alguna pequeña medida. Pero implacables lamentablemente no… ¡nunca!
