Una sonrisa de casi 300 años

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Hay esculturas de santos que permanecen allí sin cabezas, sin brazos, sin la mitad del cuerpo, con las expresiones borradas por el tiempo, la naturaleza y, posiblemente, la acción humana.
Hay esculturas de santos que permanecen allí sin cabezas, sin brazos, sin la mitad del cuerpo, con las expresiones borradas por el tiempo, la naturaleza y, posiblemente, la acción humana.

Ni las manchas que han dejado tantos años en la piedra ni la mutilación de la cabeza sufrida en circunstancias no muy claras han borrado hasta hoy la tenue sonrisa que se dibuja en el rostro de un santo que sigue de pie, tras casi tres siglos, junto a una pared de las ruinas jesuíticas de Trinidad.

Evidentemente, es una de las siete maravillas que tiene el Paraguay. Me refiero al legado jesuítico en los distintos y antiguos pueblos de aborígenes artesanos, constructores y labradores. Ese conjunto arquitectónico y artístico, y de organización social, que se extendió hasta el siglo XVIII, sorprende en cada visita, dependiendo de qué se mire y qué se deja mostrar. Algo de mágico hay en cada observación.

De las ruinas de Trinidad (Santísima Trinidad del Paraná), en Itapúa, a unos 40 km de Encarnación sobre la ruta 6, se ha escrito mucho, así que no cabe entrar demasiado en su historia, pero sí es grato contar las nuevas impresiones, hablar del agradable momento que uno puede pasar al ver con detenimiento algunos detalles del antiguo templo y las dependencias cercanas, mientras los guías van explicando uno que otro dato sobre el sitio.

Hay esculturas de santos que permanecen allí sin cabezas, sin brazos, sin la mitad del cuerpo, con las expresiones borradas por el tiempo, la naturaleza y, posiblemente, la acción humana. Algunas versiones hablan de que tras la expulsión de los jesuitas, en 1767, personas influyentes de la época –y otras no tanto, pero con inclinaciones al pillaje– mutilaron las esculturas en busca del oro que supuestamente guardaban los monjes. La historia dice, sin embargo, que todo eso ocurrió con el paso del tiempo, a medida que el techo de madera y cerámica se iba cayendo en medio del abandono. El deterioro se habría acelerado hacia 1811, después de la Independencia del Paraguay, cuentan algunos guías de Trinidad.

Cuando comenzó la recuperación del lugar, las imágenes talladas en piedra estaban bajo 5 o 6 m de escombros y se cree que en esas circunstancias ocurrieron las mutilaciones. Algunas cabezas y otras partes están guardadas en el museo que funciona en las mismas ruinas, cuentan los responsables del lugar.

San Estanislao, el novicio en éxtasis

Si uno recorre la parte del templo, al final de la pared izquierda, a unos 50 m de la entrada, va a encontrar una escultura de casi dos metros, de espaldas hacia el norte y mirando hacia lo que fue el altar. Le falta, dicen, el niño que tenía en brazo y una parte de la cabeza, que está cortada hacia atrás. Pero mantiene la mirada y una tenue sonrisa. Se trata de San Estanislao de Kostka, quien falleció a los 18 años en Roma, cuando era novicio en la Compañía de Jesús, un 15 de agosto de 1568. Era hijo de un rico senador de Polonia y nació en el castillo de su padre, en 1550, según su historia.

“Durante la santa misa o después de comulgar, frecuentemente, era arrebatado en éxtasis y quedaba como fuera de sí, sin darse cuenta de lo que sucedía a su alrededor”, relata el sitio es.catholic.net al recordar a San Estanislao de Kostka. Hace 252 años que las misas dejaron de celebrarse en Trinidad por parte de los jesuitas, pero la estatua de San Estanislao, o lo que queda de esta, sigue en éxtasis, con su leve sonrisa casi eterna esculpida en la piedra.

Existen otros santos mutilados, como San Pablo. Es solo cuestión de mirar bien y preguntar al respecto. Se trata de una experiencia diferente. Cada visita repetida a las ruinas vale la pena. Y si va, no se olvide de preguntar por las celdas de castigo para culpables de homicidios y violaciones, situadas a un costado del templo, con aberturas para escuchar la misa, y debajo del campanario, quizá para que cada campanada les recuerde sus culpas.

Texto y fotos Jorge Benítez Cabral jobenitez@abc.com.py