Una ola de reproches, burlas y ofensas recorre las redes sociales, y la opinión pública se hace eco de lo que podría definirse como un reclamo de mayor y mejor ejercicio del poder presidencial, solvencia en la administración, a la vez que pide firmeza y fluidez en la comunicación.
Algunos errores asumidos y ciertos comentarios desatinados magnifican las dificultades que un Marito bien asesorado podría revertir a su favor. Alguien de su entorno, quizás de sus afectos, tendría que decirle que un Presidente no se puede dar el lujo de mostrarse frágil, tampoco agresivo y menos todavía, ridículo. Que si no tiene la capacidad para improvisar un discurso, lo piense y lo escriba, antes de hablar palabras vacías de contenido. Sobre todo en momentos de crisis.
Por otra parte, estuvo correcta la actitud de Honor Colorado. Horacio Cartes no podía hacer otra cosa que dar su apoyo a la estabilidad política, que es lo que el país, la economía y nuestra tambaleante democracia necesitan y el concierto internacional de naciones apoya. La Embajada Americana en Paraguay expresó “su preocupación” ante la crisis. La estabilidad política es la capacidad previsible del sistema de durar en el tiempo. Los vaivenes, tejes y manejes, tires y aflojes, no son para nada recomendables porque generan incertidumbre y caos. El gobierno tiene ahora la oportunidad de garantizar la buena marcha del país.
También podría esperarse que las dirigencias de derecha, izquierda y sus extremas correspondientes, detengan sus mezquinas argucias, para finalizar la crisis y evitar la catástrofe que se agazapa detrás de todos sus respectivos fracasos.
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El ambiente cotidiano está cargado de opiniones preconcebidas. Seguimos pensando con categorías estrechas y limitadas. Faltan nuevas opiniones, diferentes, que den un giro a nuestro presente, a nuestra historia.
Se percibe un profundo y colectivo estado de insatisfacción. Este malestar no se desprende solo de la firma del Acta Bilateral y la pésima negociación, de la falta de honestidad de nuestros gobernantes, de la incapacidad de defender los intereses de la ciudadanía por parte de quienes se supone son sus representantes; este gran desasosiego responde a la constante decepción que producen, hasta ahora, los diferentes gobiernos que resultan de las urnas. El creciente hartazgo que esto genera podría constituirse en un tope y en un punto de partida para la toma de conciencia de hacia dónde y cómo queremos avanzar como sociedad civil organizada.