La mayoría de las personas crecimos creyendo que la vulnerabilidad es sinónimo de debilidad, que teníamos que “armarnos”, porque de lo contrario nos pasaban por arriba. Y así dimos vida a nuestros “guerreros”, nos armamos con escudo y espada para defender nuestro territorio, para protegernos y proteger a nuestro entorno más íntimo.
Aprendimos la autosuficiencia, a arreglárnosla solos, a no pedir ayuda, para mostrarle al mundo que éramos fuertes, seguros y que podíamos imponernos y alcanzar los objetivos que nos proponíamos.
Mantener una máscara para ocultar nuestra vulnerabilidad probablemente nos haya servido en algún momento de nuestra vida, pero sostenerla en el tiempo para lo único que sirve es para añadir sufrimiento.
El sufrimiento es un dolor del cual no nos estamos haciendo cargo. No sentimos el dolor, porque negar nuestra vulnerabilidad nos lleva a no sentir, a bloquear nuestro mundo emocional, a desconectarnos de nuestra verdadera esencia. Pero si no sentimos el dolor, tampoco vamos a sentir una caricia, un abrazo, tampoco nos vamos a sentir a nosotros mismos. Y esto favorece a generar distancias, a poner barreras, a construir murallas.
Todos los beneficios, en un solo lugar Descubrí donde te conviene comprar hoy
Necesitamos aprender a dejarnos cuidar, abrazar y sostener. Probablemente no resulte fácil. Nuestra antigua forma de ser no se dará por vencida tan fácilmente y querrá hacerse presente una y otra vez para susurrarnos al oído: “¡Nosotros podemos solos!”. Nuestro desafío es intentarlo, a pesar de todo, aunque nos incomode, porque cada vez que lo intentemos, seremos testigos de todo lo que nos brinda la vulnerabilidad.
¿Qué ganamos?
La vulnerabilidad nos regala la conexión con todas nuestras emociones. Sí, con todas, porque no hay emociones buenas o malas. Ellas solo quieren hacer su trabajo: entregar un mensaje que solo es posible recibir desde nuestra vulnerabilidad. Nos regala el conectarnos con otros, el reconocernos parte de algo más grande que nos complementa, el darnos un lugar de conexión con nuestro ser genuino, con nuestra parte más intuitiva y creativa, un cuerpo que fluye más liviano, flexible, expandido y, sobre todas las cosas, más auténtico y libre.
Muchos de nosotros necesitamos aprender a amigarnos con nuestra vulnerabilidad. Reconocerla y aceptarla nos permiten conectarnos con las personas que nos rodean. Ignorarla y ocultarla detrás de una máscara nos aíslan dentro de un mundo con fronteras autoimpuestas en el que vivimos anestesiados, sin sentir el dolor, pero tampoco el amor.
Somos vulnerables no porque seamos débiles, sino porque somos humanos y estamos vivos.
