Amores, sangre y luto

A pesar de que en tiempos pasados se consideraba normal que los padres eligieran el destino de sus hijos concertando sus matrimonios, hubo historias de amor sin arreglos previos. Como también hubo desamores.

Amores, sangre y luto
Amores, sangre y lutoJuan Moreno

Las primeras historias de amor se manifestaban cuando los jóvenes eran los últimos en enterarse de la intención de sus progenitores; y ante el hecho, tomaban otras decisiones. De la experiencia surgió la famosa y extendida costumbre paraguaya del jeguerokañy. Es decir, el secuestro de la doncella de la casa paterna con eternos rencores como secuela. Se conocen varias anécdotas que hicieron las delicias de muchas tertulias familiares. Pero cuando los conflictos de amor eran de personas conocidas, todos los detalles se sabían y se resolvían en público. Con sentencias y absoluciones, como algunas de las siguientes historias:

Petrona de Zavala y Rodríguez Peña y el Dictador

El futuro Supremo del Paraguay tenía 20 años cuando retornó de Córdoba. La niña de los Zavala no había nacido todavía. Cuando el abogado oficializó el pedido de mano de la joven, contaba con 38 eneros y la pretendida, 15. Detalle que en la época no se consideraba un escándalo, ni que las mujeres se casaran muy jóvenes. José Gaspar Rodríguez de Francia no era un mal partido, pero Petrona, bella, alta, elegante y de refulgentes ojos azules, era pretendida por muchos. Si pudo haber alentado las ilusiones de Gaspar, sus padres también alentaron sus fatales rencores cuando lo rechazaron. Rechazo que no se habría basado en los motivos oficialmente expuestos: “Ella es muy joven aún...”; sino por los extraoficiales. Los que trascendieron de la casa, a la servidumbre y desde esta al resto de la ávida y morbosa platea asuncena, al anunciarse el casamiento de Petrona con el capitán Juan José de Machaín para el 12 de octubre de 1806.

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Fue cuando la madre de la casamentera preguntó a su esposo:

–¿Qué dirá Gaspar, a quien acabamos de rechazar?

–¡Qué me importa lo que piense ese mulato!– habría sido la contestación. Todo el Paraguay sufriría las consecuencias de este exabrupto aun mucho después de pronunciado.

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Petrona falleció el 28 de agosto de 1862, en su casa de Chile casi Palma, hoy ya demolida.

Francisco Solano López y Pancha Garmendia

Es este un romance del que muchos hablan y, al parecer, ni siquiera existió. El 7 de diciembre de 1907, el padre Fidel Maíz comentó la supuesta relación en carta a un amigo: “El joven coronel de guardias nacionales, Francisco Solano López, luego brigadier general y últimamente Mariscal Presidente de la República, llegó a prenderse de la Pancha y frecuentó sus visitas a ella en 1844 (…). Otros pretendientes no pudieron acercársele por entonces, pero al final, el brigadier López cambió de afecto, se hizo de otra querida y de otras, hasta dar con la Lynch”.

Continúa la carta: “Puedo mencionar a uno de los que pretendieron honestamente a la Pancha (…) era don Pedro Egusquiza. Pero este fue enrolado y asentó plaza en los cuarteles. Nadie después, que sepa yo, se atrevió a visitar a la Pancha”.

Pancha sería lanceada junto con otros prisioneros en el campamento de Arroyo Guasu, el 11 de diciembre de 1869, por el delito de “conspiración”.

José María Pilar y Olegaria Paré

José Antonio Vázquez, tenaz recopilador de los decretos y secretos del Supremo, nos cuenta en su libro El Dr. Francia visto y oído por sus contemporáneos, que el mulato José María Pilar no era el mismo “negrito” que había sido enviado a Córdoba con 10 años para que sirviera al estudiante pupilo en Monserrat, sino un esclavo “... del español Altolaguirre, que recayó en el Estado por haber fallecido este sin herederos”.

Pilar tenía una concubina, Olegaria Paré, “encendidamente guaraní”, con la que tenía arreglos “de negocios” y furtivos encuentros de amores a orillas del Jaén, entre “las medias islas que bañaban las costas cerca del arroyo”. Allí, Olegaria y Pilar entretenían el tiempo mientras Francia controlaba los ejercicios militares de la tropa en el Cuartel del Hospital. Y también en el mismo lugar, Pilar entregaba a su amada los productos del hurto que hacía de los depósitos de la Casa de Gobierno: “algunos pedazos de cintas celestes y carmesí de a un dedo y de a dos de ancho (...) y algunos papeles de agujas”. En otras ocasiones, le daba “de seis hasta ocho reales, y a veces hasta tres pesos” para su manutención.

Con la mujer embarazada, los encuentros se suspendieron y las mercaderías eran arrojadas por Pilar directamente hacia el corredor de la Casa de Gobierno “por unas ventanillas”. En la calle esperaba Olegaria, quien recogía las prendas. De esta manera, el robo fue aumentando de volumen y de frecuencia, hecho que inevitablemente también condujo a su descubrimiento.

El Dictador fue implacable. Al ser detenido, José María Pilar “... se mantuvo rebelde en confesar su delito y hasta llegó a amenazar que si hablaba haría caer a muchos”, en aparente alusión a algunos oficiales y soldados que habían consentido su accionar porque le debían dinero.

Francia mandó azotar al esclavo y ordenó su fusilamiento a mediados de 1835. La crónica no menciona el destino de Olegaria.

Escolástico Ramos y Mariana

Escolástico Ramos fue uno de los estudiantes paraguayos becados a Europa en tiempos de Carlos Antonio López. En el barrio Poplar de Londres se casó con Marie Anne Munro en el cuarto trimestre de 1861. Escolástico tenía 22 años y Mariana, como le llamarían en Asunción, 20.

De vuelta al Paraguay, Escolástico falleció en Humaitá y Mariana, “con dos niños y un bebé”, se embarcó de regreso a su país con el comisionado H. Gould, el 16 de setiembre de 1867. Tras su frustrada misión de paz, este se retiraba con las tres viudas inglesas cuya salida del país había sido autorizada por el Mariscal.

Una de las hijas de Mariana y Escolástico se llamó Harriet Mary Ramos, según consta en documentos británicos. Había nacido en Paraguay el 1 de agosto de 1864.

Harriet falleció en Abbots Langley Hartfordshire, Inglaterra, el 2 de febrero de 1951. Se ignora el destino de sus hermanos.

Chiquiña y José Ignacio Genes

Chiquiña no tenía otro nombre ni apellido alguno conocido. Se presume que pertenecía a la parcialidad tóba y residía en Pilar, donde conoció a Genes cuando este fue gravemente herido durante el asalto a los acorazados brasileños, en marzo de 1868. La indígena le habría brindado, entonces, solícitos cuidados. Genes la tomó como compañera y ya instalado en Asunción inició la costumbre de ofrecerle una gran fiesta cada 1 de noviembre, Día de Todos los Santos. Con el correr de los años, la celebración se convirtió en casi una fiesta nacional.

Durante la misma, vestida espléndidamente con atuendos de kyguavera y “luciendo las más preciosas joyas”, Chiquiña era objeto de la atención de todos los invitados, magnates y hombres públicos, encabezados por el propio Presidente de la República quien, de rigor, tenía que bailar con ella una pieza. El general Genes cumplía, en aquellos años, las funciones de Jefe de Policía. Pero con motivo del asesinato del expresidente Cirilo Antonio Rivarola el 31 de diciembre de 1878, fue encarcelado. Poco tiempo después moría en prisión. Envenenado, se dijo…

Texto y fotos: Jorge Rubiani jorgerubiani@gmail.com

Ilustración de Olegaria Paré: Juan Moreno

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