La canasta mecánica

APOCALIPSIS O PACHORRA. Vamos andando los días con un frío que se va, algo de sol con calor que llega y esperadas lluvias. Compartimos desazones y alegrías, rebotando a veces contra el cielo de lapachos en flor, o de bruces vamos a parar casi a las puertas del infierno, ante el espanto de dos niñas muertas en un operativo que enfrentó a la FTC y el EPP. Seguimos en el purgatorio de una cuarentena que no se acaba, un pico de contagio del virus que avanza en septiembre, la quema de una bandera, la pintata del Panteón de los Héroes y las opiniones enfrentadas entre la izquierda caviar y la derecha mortadela.

Tal vez no todo sea tan extremo y que la mayoría de la vida suceda en eso que se llama rutina. Sin embargo, es por allí donde nos topamos con ciertos ejemplares límites, que funcionan con el combustible de la tragedia continua. Gente catástrofe hasta para pedir un vaso de agua. Y, por otro lado, también encontramos a quienes cultivan la eterna sonrisa de la onda positiva, mensajean bendiciones y oraciones de agradecimiento mientras el cielo se desploma sobre las cabezas y el piso se hunde.

Los trágicos, portadores del ceño fruncido –cuidado que es contagioso– practican la queja ininterrumpida, casi nunca sonríen y expresan la más demoledora crítica. Trágicos y ultrapositivos, se diferencian por lo profundo o superficial de sus lamentos; ya sea que expresen su disgusto por la corrupción, el uso obligatorio del barbijo, el precio del tomate, el inquietante discurso del terraplanismo, o la vida de Brad Pitt y su nueva novia. Entre los buena onda a full están quienes lograron convertir la sonrisa en una mueca sin sentido, se mantienen dentro de un callado egoísmo y observan impávidos nuestra histérica reacción al comprobar que no podemos salir, porque algún infeliz estacionó frente a nuestro garaje clausurándolo.

Las redes sociales están invadidas por trágicos quejosos crónicos que apabullan con sus reclamos e infortunios. De mirada pesimista, ojerosa y plagada de arrugas, culpan al ministro Mazzoleni de todos los robos (así en general y sin dar detalles), exigen su inmediata destitución a los gritos, le achacan toda la responsabilidad del actual pico de contagio y la falta de camas UTI.

Apocalípticos y recontrapositivos forman parte de nuestro ecosistema existencial, nos rompen un poco la paciencia entre el derrotismo y la santa pachorra, entre el desentendimiento y la hecatombe, entre el malhumor y la felicidad de plástico, entre el patrioterismo y el a mí qué me calienta.

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Me encantaría no ver que el agua de la laguna se tiñó de contaminante rojo, aunque hasta Leonardo di Caprio ya se dio cuenta de que por aquí existe un Mades al cohete.

Haciendo un intento de mea culpa, me ubico por las mañanas en el más sólido bajoneo y por la tarde-noche, miro condescendiente al resto desde mi propia nube. Entre la tragedia, la euforia, la muerte y la felicidad seguimos esperando que la tormenta pase.

carlafabri@abc.com.py

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