“Ni más allá, ni más acá del Parapití”

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“Ni más allá, ni más acá del Parapití”
“Ni más allá, ni más acá del Parapití”GENTILEZA

El sábado 27 de febrero se cumplen 86 años de uno de los hechos históricos más relevantes de la Guerra del Chaco. La fecha en que una compañía del R.I. 14 Cerro Corá, al mando del teniente de fragata Elías L. Soler, cruzó el río Parapití, considerado siempre como nuestro límite histórico. Ese día, el Ejército paraguayo pisó por primera vez suelo boliviano. Este es el emotivo relato de aquellos hechos.

“Ni más allá ni más acá del Parapití”, esta lacónica, contundente y terminante frase acuñada por la admirable y concisa oratoria del gran Manuel Domínguez fue siempre la máxima instalada en el alma nacional en su defensa del Chaco paraguayo.

Tal es así que, cuando aquel 15 de enero de 1935, las primeras tropas paraguayas –pertenecientes al R.I. 14 Cerro Corá y al R.Z. 2 General Genes– llegaron a orillas del histórico río fue como si algo muy íntimo se hubiera cumplido en el anhelo nacional. Hasta nos atrevemos a decir que el paraguayo, educado a respetar lo ajeno, no quería seguir más allá de aquel cauce. Había empujado a un gran ejército, más numeroso y mucho mejor armado y equipado que el suyo, por casi 400 kilómetros. Lo había sacado a empujones de “su casa”. Eso era suficiente.

Stroessner y el teniente Soler

El teniente Elías Luciano Soler era un hombre pintoresco, jovial y dicharachero. Su presencia era una fiesta en cualquier sitio que le cupiera estar. De la época de la guerra, y aún en su vida civil, tiene un sinnúmero de anécdotas simpáticas e interesantes, así como hechos de valor y heroísmo, tal y como era común en aquella gloriosa generación del Chaco.

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Estábamos una mañana –don Elías Soler y yo– caminando por los senderos del Parque Caballero, cuando un soldadito de la Escolta Presidencial llega corriendo y después de hacer un simpático firme y saludo taconeando las botas, dirigiéndose al teniente Soler, le dice en guaraní:

“¡Permiso, mi teniente! Mi general ningo oipota rehomi hendápe. Na’ãmoite oguata hína”, y nos señala el lugar, donde efectivamente estaba el presidente rodeado de unos pocos guardias, aparentemente esperando nuestra presencia.

Nos dirigimos al lugar, y el general Stroessner se adelantó y –al mismo tiempo de saludarle efusivamente, con una media sonrisa, y esa voz pausada y medio enronquecida que lo caracterizaba– dijo dirigiéndose al teniente Soler:

–Soler, esa panza está llena de tallarines. ¡Hay que caminar más!

–¡Buenos días, mi general! –contestó el teniente Soler y procedió a presentarme.

Al saludarme, el general Alfredo Stroessner dijo:

–¿Sabe usted que este hombre es un héroe nacional? ¡Sí, señor! Este hombre, así como lo ve, fue el primer oficial paraguayo en cruzar el río Parapití –levantando la voz de tal modo a enfatizar esta última frase–. La única duda que siempre tuvimos es si cruzó el Parapití y tomó el poblado de Yuquy por puro heroísmo, o fue para agarrar a la Miss Santacruz que estaba en uno de los poblados, visitando a su hermano.

Después de una risa generalizada aquella conversación siguió por otros rumbos. La cuestión es que aquel día me enteré de los quilates guerreros de mi acompañante, pero, sobre todo, me quedó el bichito de la curiosidad respecto a aquellos dos sucesos, hasta que, finalmente, un día, viajando rumbo a su campo de General Aquino, le pregunté: “Don Elías, cuénteme aquel tema del cruce del Parapití y también lo de la Miss Santacruz”.

Riéndose pícaramente me dijo: “Lo de la Miss dejémoslo para otra ocasión; primero te contaré lo del cruce del Parapití”.

El relato de Soler en primera persona

Nuestro ejército, después de varias victorias cruciales, tales como El Carmen, Yrendagüe y Picuiba, empujaba irresistiblemente al enemigo, y previa toma de Amboro y Santa Fe, dos poblados bolivianos establecidos en la margen derecha del río; la tarde del día 15 de enero de 1935 tropas paraguayas del glorioso R.I. 14 Cerro Corá llegaban, ¡por fin!, a orillas del histórico Parapití, que considerábamos nuestro ancestral límite natural con Bolivia.

Tal vez sea difícil hoy en día comprender a cabalidad la enorme importancia de estos hechos. Por primera vez ojos paraguayos contemplaban el fabuloso río. Una sensación de júbilo indescriptible recorrió el país, y sirvió de aliciente para renovar el ardor y la confianza inquebrantable de nuestros soldados.

El mariscal Estigarribia anota en su diario de guerra: “La noticia de que mis tropas han llegado al Parapití me llena de orgullo y satisfacción. Se cumple uno de los objetivos de mi vida militar”.

Sin embargo, los bolivianos que habían sido empujados por tropas del destacamento Caballero Irala, compuestas por el Regiminento de Infantería 14 Cerro Corá y el Regimiento de Zapadores 2 General Genes, mantenían sus defensas a lo largo del río, haciéndose fuertes en varios puntos, aun en ambas márgenes del mismo, y desde esas posiciones chocaban permanentemente con nuestras fuerzas.

Fue entonces que el legendario capitán Juan Martincich, a cuyo cargo estaba el sector, concibe una operación para copar las tropas bolivianas, plan que para su ejecución exigía el cruce del río.

Un día me llama y me pregunta, hablando en guaraní, como era su costumbre cuando hablaba en confianza:

–Soler, ¿reñanimápa recruzávo ko Parapiti ha rejagarra Yuquy? Ha upéi recruza jevy ha rejagarra Yhovy.

Yuquy (sal o salar) era un pequeño poblado del lado boliviano, ocupado, por supuesto, por tropas enemigas.

–Si son las órdenes, con mucho gusto, mi capitán –le contesté.

Y acto seguido, procedió a explicarme brevemente el plan. Era el 27 de febrero de 1935. “A la medianoche ordenaré un fuerte fuego de hostigamiento con morteros y pesadas, sobre el frente, de tal forma a distraer al enemigo. Usted coordinará el cruce y la marcha correspondiente, de tal forma que a la misma hora pueda atacar y tomar Yuquy. Tenga en cuenta que hay un fuerte destacamento enemigo en el mismo”, finalizó Martincich.

El teniente Soler sigue relatando que volvió a su campamento y después de la cena reunió a su gente junto a un corral, y les comunicó las órdenes y el plan.

Escogí a ocho hombres decididos y de mi confianza para que me acompañaran, entre ellos: al sargento Ortigoza, de Santaní, a quien yo había dado su primer ascenso (y relacionado con la famosa Miss Santacruz del que te habló el general y que te contaré alguna vez); un tal Grimaldi, de Laureles, Ñeembucú; Mereles, de Encarnación, y otros valientes, cuyo nombres lamento no recordar.

Aún observo en la oscuridad las expresiones tensas de aquellos rostros curtidos, escuchando atentamente las instrucciones.

Un río de montañas

Dadas sus características, cruzar el Parapití no es tarea fácil. En efecto, es un río de montañas, de más o menos 500 kilómetros de extensión, que se nutre de los deshielos y de las lluvias de su alta cuenca para convertirse en un ancho y torrentoso río de más o menos 500 metros de ancho, henchido hasta el tope, en época de lluvias, dentro de sus altas barrancas arboladas.

Sus desbordes eran siempre imprevistos e inesperados. Sin embargo, en los días de nuestro relato no pasaba de ser un angosto y torrentoso hilo de plata que brillaba bajo la luna, con anchas dunas de arena a ambos lados.

Y prosigue el teniente Soler: juntamente con mis ocho hombres escogidos seleccioné a un guía guarayo, a quien conocía solamente con el apodo de Isidro rye puku, amplio conocedor del lugar, que nos serviría de baqueano.

Hay que señalar que los guarayos eran una parcialidad indígena que se consideraban a sí mismos parte del tetã guasu guaraní; nuestros hermanos, por lengua y cultura. Justamente por eso los bolivianos habían arreado a la gran mayoría de ellos hacia la margen izquierda, su territorio, para que no tuvieran contacto con nosotros. De los pocos que quedaron, algunos, como Isidro, nos servían de guías y baqueanos.

Lo que me extrañó aquel día fue el enorme entusiasmo y alegría de Isidro al enterarse del plan. Tanto insistió en que deberíamos, indefectiblemente, cruzar esa noche que me entró una fuerte desconfianza hacia su persona, por lo que ordené que lo vigilaran permanentemente y, además, que se acostara a mi lado, mientras esperaba la hora señalada, de tal forma a no perderlo de vista.

Justamente con él habíamos calculado que entre el cruce del río y la distancia a recorrer hasta el poblado de Yuquy, si todo salía bien, nos llevaría unas tres horas, por lo que decidimos iniciar el cruce a las 9:00 de la noche.

A la hora señalada, me puse al frente de mis ocho hombres e iniciamos la marcha. Isidro rye puku iba atrás, pegado a mis talones. Como si fuera un presentimiento, los bolivianos lanzaban esporádicas luces de bengala que iluminaban el ancho cauce arenoso del río. Habría unos 300 metros de blancas dunas arenosas hacia nuestro lado, luego el fino y torrentoso cauce, y otros 200 metros de playa hacia el lado boliviano. Eran 500 metros al descubierto. Si nos sorprendían, seríamos blanco fácil de sus automáticas. Sería como barrer muñequitos en una mesa de billar.

Habiendo calculado los intervalos de las luces, bajamos llenos de tensión la alta y escarpada orilla del río, y comenzamos a caminar sigilosamente por el lecho seco. Cuando estábamos por alcanzar el curso de agua, unas fuertes ráfagas de ametralladora rompieron el silencio de la noche. Todos nos tiramos al suelo. Esa era una de las órdenes que había impartido a mis hombres. Por eso, incluso, nuestro equipamiento era ligero, sin mantas ni caramañolas; solo el fusil.

La segunda orden era que si el fuego era dirigido contra nosotros, deberíamos atropellar directamente al enemigo, “sin dar ni pedir cuartel”.

Comienza el cruce

Cuando me di cuenta de que eran disparos preventivos de amedrentamiento, me levanté con mucha prudencia y poco a poco me dirigí al cauce del río; el agua, muy torrentosa, apenas me llegaba hasta las rodillas. La orden era que pasara primero yo, luego Isidro, el sargento Ortigoza, y así, uno a uno, despaciosamente, de manera de evitar el fuerte ruido de la correntada entre las piernas.

Sería muy difícil explicar lo que sentí al dar el paso inicial fuera de aquel curso de agua. Era el primer hombre de mi Ejército en pisar tierra boliviana. Una enorme e indescriptible emoción se apoderó de mi ser. Sentí un gozo extraño que me llenó el pecho y aceleró aún más los latidos de mi corazón en una loca taquicardia de alegría, gozo y tensión; todo entremezclado. En un fugaz instante se me aparecieron escenas de las innúmeras batallas, los sufrimientos y sinsabores que pasamos; la muerte de tantos buenos amigos y camaradas; todo para llegar hasta ese supremo instante, en ese lugar.

Pero el deber llamaba, y la tensión y el peligro del momento pronto me volvieron a la realidad. Hasta me extrañaba que el enemigo no nos hubiera descubierto. Justo es reconocer también que unas oscuras y oportunas nubes nos habían ayudado bastante al cubrir la radiante luna de aquella noche. Cuando estábamos llegando a la orilla, nuevamente una brillante bengala iluminó el cielo; nos pegamos a las oquedades del barranco y esperamos un rato, para después, uno a uno trepar la alta barranca y perdernos al amparo de la selva.

Ahora quedaba llegar a Yuquy, distante a varios kilómetros, procurando no chocar con las constantes patrullas enemigas. Para empeorar mis sospechas hacia mi baqueano, Isidro rye puku se desorientó y perdió el rumbo hacia Yuquy, y recién pudo encontrarlo cuando a las 00:00 exactamente empezó el fuego de hostigamiento ordenado por el capitán Martincich. En ese momento un camión militar repleto de soldados salió del destacamento boliviano. Allí nos orientamos y en pocos minutos llegamos a Yuquy.

Pila, Pila

La sorpresa de nuestra presencia fue relativa, porque los perros de los guarayos que vivían en las proximidades tenían los oídos finos y empezaron a ladrarnos rabiosamente. Esto alertó a los centinelas de guardia, que creo yo, estaban dormidos, ya que en vez de disparar tratando de repeler nuestro ataque, fueron los primeros que salieron corriendo y gritando: “¡Pila!, ¡Pila!”. Uno fue herido y, el otro, capturado. Los demás integrantes del destacamento salieron huyendo a la desbandada y como pudieron se adentraron en el bosque, donde los capturamos después. Entre ellos también se destacó en su huida una hermosa dama en paños menores, la señorita A. J.

Cuando llegamos al puesto de comando, encontramos la puerta trasera entreabierta, manchas de vino y restos de comida servida sobre la mesa. Después nos enteramos de que habían estado celebrando el ascenso del –para los bolivianos– famoso teniente Parada. En ese puesto también encontramos una linda Vitrola RCA Víctor que usé posteriormente en la defensa de esa misma población cuando los bolivianos quisieron retomarlo. Pero esa es otra historia.

Por medio de los prisioneros me enteré de que por unos segundos había estado a punto de encontrar y atrapar a mi viejo y cordial enemigo, el famoso teniente Carmelo Cuellar, con quien intercambiábamos cartas y platos de comida a través de la trinchera, y a quien había desafiado en alguna oportunidad a un duelo personal a pistola en algún punto del frente que él señalara. Pero esa también es otra historia.

Cuando terminó el tiroteo, cientos de guarayos se acercaron a nosotros con una sincera y alegre algarabía, ofreciéndonos alimentos y bebidas. Al ver la efusividad con que sus familiares abrazaban a Isidro rye puku, comprendí que su prisa y entusiasmo por cruzar el río, sí o sí aquella noche, no obedecía a ninguna otra motivación, sino a la reunión con su gente de quienes se había separado ya por un buen tiempo.

La sencilla e inocente explicación, pero llena de convicción, que dio Isidro a su extraña e increíble desorientación de aquella noche fue una lacónica frase: “Tupa ndoipotái rejagarra pe camión, ha omokañy chehegui tape”.

En suelo boliviano

Habíamos cruzado el río y cumplido el primer objetivo. Otra vez una intensa emoción se apoderó de mi ser. Yuquy, el primer poblado boliviano tomado por el Ejército paraguayo había caído en nuestras manos sin una sola baja de nuestra parte. Era, para mí, la primera victoria de mi ejército en suelo boliviano.

Después de un breve tiempo de espera llegó el resto de mi compañía. También llegaron otras dos compañías, una del primer batallón del R.I. 14, al mando del teniente Lino Candia, y aun una tercera compañía del tercer batallón, bajo el mando del teniente Carlos Schaerer, a quien dejamos a cargo de Yuquy.

Rápidamente, con mi compañía y la de Candia, volvimos a cruzar el río hacia su margen derecha y antes del amanecer tomamos Yhovy por sorpresa y sin ninguna resistencia. La casa ocupada por el teniente Parada, jefe de aquel destacamento, quedó con las luces prendidas y la puerta entreabierta. Cuando ingresamos, vimos en ella un desorden total e incluso una de las botas del recién ascendido teniente, que no había tenido tiempo de ponérselas al salir huyendo desesperadamente.

Al avanzar persiguiendo al enemigo, en una bifurcación de caminos, nos encontramos con una fuerte patrulla boliviana, a quienes, después de una violenta refriega hicimos huir, tomándole además varios prisioneros.

Esta brillante acción nos permitió limpiar de enemigos la margen paraguaya del Parapití, y con el regreso de nuestras tropas a Yuquy, nuestro R.I. 14 Cerro Corá estableció la primera “cabecera de puente” en territorio enemigo.

Como un dato curioso, hay que señalar que todo esto sucedió en la víspera de la fecha aniversario de la inmolación del mariscal Francisco Solano López en Cerro Corá, y fue justamente el regimiento que lleva el nombre de aquel santuario histórico nacional, el glorioso R.I. 14 Cerro Corá, el encargado de efectuar la histórica gesta del cruce del Parapití en 1935.

Esta es la breve historia de aquella hazaña. A pesar de sus reiterados deseos, expresados ya de anciano y en tiempos de paz, el teniente Soler nunca más pudo volver a orillas del Parapití.

adolfopar33@gmail.com

Fotos: Gentileza de Elías L. Soler (h).