Carlos Franco, patrimonio del deporte paraguayo

Carlos Franco, leyenda del golf paraguayo
Carlos Franco, leyenda del golf paraguayoARCENIO ACUÑA

Carlos Franco (60) es sinónimo de golf en Paraguay. Su trayectoria deportiva no solo marcó un antes y un después para la disciplina, sino que abrió puertas internacionales a generaciones posteriores. El ex número uno sudamericano repasa su carrera, desde sus inicios en el Asunción Golf Club hasta su consagración en los circuitos más exigentes del mundo.

Formado en un entorno humilde, Franco desarrolló desde temprana edad una ética de trabajo que se convertiría en su principal fortaleza. Aguatero, caddie y luego amateur, su evolución fue gradual, sostenida y ejemplar.

El salto al profesionalismo llegó tras dominar el circuito sudamericano, donde entendió que el alto rendimiento debía ir acompañado de sacrificio y planificación: “Antes de conocer el golf, mis padres, tíos y parientes fueron pioneros en construir el campo a puro machete y azada, sin tecnología. Vivíamos prácticamente pegados al Asunción Golf Club, esa fue la herencia de mi padre. Nosotros nos levantábamos temprano, llevábamos el desayuno, el tereré, la tortilla. Éramos una familia muy humilde, pero muy trabajadora, y estudiar sin dinero era imposible. Todo lo que logré fue a base de disciplina y sacrificio”.

“Desde los siete u ocho años ya ayudábamos a los jugadores, fabricábamos palos de ramas y después fui aguatero, secretario y caddy. A los quince años ya cargaba bolsas pesadas todo el día. Esos fueron los momentos más difíciles, porque había que conseguir el pan de cada día y no había tiempo ni para ir a la escuela. Así aprendimos todos mis hermanos y por eso hoy el apellido Franco es parte del golf paraguayo”, sigue relatando.

En cuanto a la decisión de convertirse en profesional para él no fue sencillo: “No fue fácil decidirme. A los quince años ya sabía que este deporte era para mí y tenía que elegir entre estudiar o jugar al golf. La parte económica era muy dura y nadie te daba apoyo suficiente. Yo era caddy, no era profesional ni amateur, pero sabía que si me dedicaba al cien por ciento podía llegar. No dependía de nadie, dependía de mi juego y de mis dificultades para salir adelante”.

Todos los beneficios, en un solo lugar Descubrí donde te conviene comprar hoy

“Existían la perseverancia, la fe, la paciencia, la dedicación y la disciplina. No tenía plata, pero tenía mentalidad.

Tuve amigos que me dieron la mano y nunca me voy a olvidar de ellos. Yo tenía más de cien trofeos en mi casa y no tenía un peso, pero decidí seguir jugando no por trofeos, sino para poder vivir del golf”.

Impacto internacional

Su paso por el Tour Asiático y el circuito japonés lo posicionó como uno de los mejores golfistas del continente.

En 1999 ingresó al PGA Tour, donde logró dos títulos y fue distinguido como Mejor Novato del Año, consolidando su nombre entre los mejores del mundo.

Durante seis temporadas se mantuvo entre los 50 mejores del ranking mundial, un logro inédito para el golf paraguayo.

El salto a Asia y la adaptación cultural. “La cultura guaraní me ayudó mucho. Gané el Tour Sudamericano y con esa plata fui a Asia. El primer torneo que jugué en Filipinas lo gané y ya estaba primero en el ranking. En Asia no juega cualquiera, había jugadores de nivel mundial, pero yo me adapté. El idioma era más complicado que la comida; mi traductor era mi juego. Si jugaba bien, siempre aparecía alguien que me ayudaba”.

“Entrar al tour japonés es casi imposible. Yo me quedé cinco años ahí, gané varias veces y quedé muchas otras segundo. Era muy lejos, muy exigente, pero eso me hizo crecer. Jugué en once países, estuve once semanas sin volver a casa y bajé casi diez kilos, pero todo eso me preparó para lo que vendría después”.

Asia fue dura. Idiomas desconocidos, comidas extrañas, semanas sin descanso. Perdió kilos, ganó carácter.

Aprendió que el respeto se gana jugando bien. “Mi traductor era mi juego”, insiste.

Ganó en Filipinas. Brilló en Japón. Resistió donde muchos abandonan. Porque cuando no hay dinero, la fe se vuelve combustible.

El salto al PGA Tour

Luego da el salto a Professional Golfers’ Association (PGA Tour) el Circuito de la Asociación de Golfistas Profesionales de América. “Clasifiqué casi en los últimos puestos y entré al PGA Tour en 1999. No me asusté, era competitivo y eso me gustaba. Siempre decía que podía ganar en cualquier momento, que eran 18 hoyos para todos. Gané dos torneos y fui el mejor novato del año. Estuve entre los 50 mejores del mundo durante varios años, y mantenerse ahí no es para cualquiera”.

Entre las victorias más recordadas dice: “Mi primer gran triunfo fue en Resistencia, cuando le gané a Miguel Fernández en un desempate. Después vino Japón, el June Classic, y más tarde el PGA Tour, donde gané dos veces seguidas en New Orleans. Ganar el mismo torneo dos años consecutivos es algo que cualquiera no logra”.

La familia como bandera

Cada decisión importante en la carrera de Carlos Franco tuvo un denominador común: su familia. Incluso cuando ya tenía sponsor y tarjeta en el Tour Europeo, decidió frenar su camino porque acababa de casarse y tenía un hijo.

“Primero mi familia, después mi trabajo”, fue su sentencia.

Mientras él competía en Asia, Japón o Estados Unidos, su esposa sostenía el hogar en Paraguay. Sin videollamadas, sin redes sociales, sin contacto diario. Solo confianza.

“Ella fue responsable al 100% de nuestros hijos. Eso me permitió competir”, reconoce con gratitud.

La mentalidad del competidor

Más allá del talento natural y del sacrificio físico, Carlos Franco siempre entendió que el golf se gana primero en la cabeza. En un deporte donde la presión es silenciosa y el error se paga caro, la fortaleza mental fue su principal aliada.

“Yo no tenía miedo. Nunca me sentí menos que nadie”, afirma con serenidad. “Podía jugar contra cualquiera. Eran 18 hoyos para todos, no importaba el nombre”.

Esa mentalidad competitiva se fue forjando desde muy temprano, en los días en que cargaba bolsas durante horas bajo el sol, observando cada golpe, aprendiendo en silencio. Franco no solo miraba cómo jugaban los mejores; estudiaba sus rutinas, su manera de pararse ante la pelota, su reacción ante el error.

“No tenía entrenador, no tenía psicólogo, no tenía preparador físico. Me preparé solo, con lo que tenía. Eso me hizo fuerte”, recuerda.

En el PGA Tour, donde cada semana se enfrentaba a figuras consagradas del golf mundial, esa convicción fue clave. “Ahí nadie te regala nada. Si no estás fuerte de la cabeza, no durás”.

Franco entendió que el verdadero rival no era el otro jugador, sino uno mismo. Y en esa batalla interna, siempre estuvo dispuesto a resistir.

Representar a Paraguay en silencio

/pf/resources/images/abc-placeholder.png?d=2421

Carlos Franco llevó la bandera paraguaya por el mundo sin estridencias, sin discursos grandilocuentes, sin necesidad de presentaciones. Su juego hablaba por él.

“Yo no iba diciendo ‘vengo de Paraguay’. Jugaba. Y cuando ganaba, recién ahí preguntaban de dónde era”, cuenta.

En una época donde el país no tenía presencia sostenida en los grandes circuitos internacionales, su figura comenzó a generar respeto. Paraguay dejó de ser una referencia lejana para convertirse en un nombre asociado a competitividad, carácter y profesionalismo.

“Muchos pensaban que Sudamérica no tenía nivel. Yo demostraba que sí. Que se podía”, afirma.

En los vestuarios, en los aeropuertos, en los clubes más exclusivos del mundo, Franco siempre mantuvo el mismo perfil bajo. Nunca renegó de sus raíces. Nunca intentó parecer lo que no era.

“Yo siempre fui el mismo. El que salió del Asunción Golf Club. Eso no se pierde”.

Ese sentido de pertenencia lo acompañó incluso en los momentos de mayor reconocimiento internacional, cuando el éxito podría haberlo alejado de su esencia.

Las derrotas que también construyen

No todo fue victoria en la carrera de Carlos Franco.

Hubo derrotas duras, semanas frustrantes, golpes que no salieron y torneos que se escaparon por detalles mínimos.

Pero incluso en esos momentos, encontró aprendizaje.

“El golf te enseña a perder”, reflexiona. “Si no aprendés a perder, no servís para este deporte”.

Las lesiones, el desgaste físico, los viajes interminables y la presión constante fueron parte del precio que tuvo que pagar. En más de una ocasión, pensó en detenerse, en bajar el ritmo, en priorizar la salud.

“Hubo momentos en que el cuerpo decía basta, pero la cabeza seguía”, admite.

Lejos de victimizarse, Franco asumió cada obstáculo como una lección. Entendió que la longevidad deportiva no se construye solo con triunfos, sino con la capacidad de adaptarse y reinventarse.

Por eso, cuando llegó el momento de transitar hacia el Champions Tour, lo hizo con naturalidad, sin nostalgia ni resistencia al cambio.

“El tiempo pasa para todos. Lo importante es seguir disfrutando y seguir compitiendo”, sostiene.

El ejemplo para las nuevas generaciones

Hoy, Carlos Franco observa el crecimiento del golf paraguayo con una mezcla de orgullo y responsabilidad.

Sabe que su historia es referencia, pero también compromiso.

“Los chicos ahora tienen más oportunidades que antes.

Canchas, profesores, torneos. Pero tienen que entender que nada viene fácil”, advierte.

Desde su rol como referente, insiste en la importancia de los valores: respeto, disciplina, constancia y humildad.

Conceptos que no pasan de moda, más allá de los avances tecnológicos o del profesionalismo actual. “El talento solo no alcanza. Si no trabajás, no llegás”, repite.

Franco no busca ser un modelo idealizado. Prefiere que su historia sirva como prueba de que el camino es posible, incluso desde la adversidad.

“No vengo de una familia rica. No tuve apoyo económico.

Tuve fe, tuve disciplina y tuve ganas”, resume.

Ese mensaje, sencillo y directo, es quizás su mayor legado.

Una figura eterna para el deporte paraguayo

Carlos Franco sigue compitiendo, sigue entrenando, sigue hablando de golf con la misma pasión de siempre.

No mira su carrera como una obra terminada, sino como un proceso en constante evolución.

“No me siento una leyenda. Me siento un jugador que sigue haciendo lo que ama”. “Yo no puedo decir que soy una leyenda porque todavía vivo y juego. Prefiero que eso lo diga el pueblo paraguayo ahora, no cuando ya me vaya.

Lo que vale es lo que uno hace por su país mientras está vivo. Si hoy aceptan eso, para mí ya es suficiente”, afirma.

Sin embargo, para el deporte paraguayo, su nombre ya está escrito con tinta indeleble. Fue pionero, abrió puertas, elevó el nivel y demostró que Paraguay puede competir de igual a igual en la élite mundial.

Su historia no es solo la de un golfista exitoso. Es la de un hombre que eligió el sacrificio, puso a la familia como bandera y sostuvo su camino con fe.

Y mientras siga caminando los fairways del mundo, su legado no será pasado, sino presente. Porque Carlos Franco no pertenece solo a la historia del golf. Pertenece a la historia del deporte paraguayo.

Más allá de los resultados, el legado de Carlos Franco se refleja en la formación de jugadores, instructores y estructuras que hoy sostienen el crecimiento del golf nacional.

Actualmente compite en el Champions Tour y proyecta su experiencia hacia la enseñanza, convencido de que el desarrollo del deporte pasa por la transmisión de valores. Franco no se define como leyenda. Sin embargo, su recorrido, su impacto y su vigencia lo convierten en una figura histórica del deporte paraguayo, aún en plena actividad.

/pf/resources/images/abc-placeholder.png?d=2421