Subacuática: teatro en estado de inmersión

Ato Gómez, Guada Lobo, Lali González y Andrea Quattrocchi.
Ato Gómez, Guada Lobo, Lali González y Andrea Quattrocchi.MARIA VICTORIA

Subacuática, con dramaturgia de Melina Pogorelsky y dirección de Fátima Fernández Centurión, convierte el natatorio de las Fuerzas Armadas en escenario y al agua en protagonista. Un desafío físico y simbólico que obliga al teatro a reformular sus certezas.

El eco no es el mismo que en una sala teatral. Rebota distinto. Se multiplica. Para ellos, en el natatorio de las Fuerzas Armadas, el sonido no se proyecta: flota. El olor a cloro reemplaza al terciopelo, la humedad sustituye la penumbra roja, y el cuerpo, antes incluso que la palabra, se convierte en el primer territorio dramático. Allí, donde el agua ocupa el centro de la escena, Subacuática encontró su forma.

La obra, con dramaturgia de Melina Pogorelsky y dirección de Fátima Fernández Centurión, no solo desplaza el teatro hacia un espacio no convencional: lo obliga a reformular sus certezas. Si el escenario tradicional ofrece contención, la pileta exige exposición. Si la caja negra protege, el agua desnuda.

Lali González, Andrea Quattrocchi, Ato Gómez y Guadalupe Lobo protagonizan la obra, una puesta inmersiva que combina luces, proyecciones y sonido logrando una experiencia sensorial realizada en un natatorio real. Las funciones son los sábados y domingos del mes, a las 19:30, en el Natatorio Escuela de Educación Física de las FF.AA. (Avda. Gral. Santos 258).

Un mes antes del estreno, el equipo hablaba del proyecto con una mezcla de fascinación y vértigo. “¡Qué jodido actuar en una pileta, no en un escenario!”, decía Ato entre risas nerviosas. Y enseguida se corregía: “Pero creo que eso fue lo que me hizo aceptar. Es un reto que no se da todos los días. Me saca totalmente de mi zona de confort”. En esa contradicción —miedo y deseo en simultáneo— se cifra buena parte del espíritu de la obra.

Para Guada, el atractivo estaba en otro lugar: “Lo más interesante es construir lo escénico en un espacio que quizás no lo es”. La frase resuena como una definición de principios. El teatro, históricamente, ha colonizado fábricas, plazas, galpones, casas antiguas. Pero una pileta implica algo más que una arquitectura distinta: implica un elemento vivo, cambiante, que interviene activamente en la escena.

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El agua no como escenografía, sino como protagonista

Fátima Fernández Centurión llevaba tiempo sin dirigir teatro. Su recorrido reciente había estado más vinculado a la gestión cultural, al cine, al acompañamiento de procesos. “Hace mucho tomé la decisión de hacer teatro solo cuando algo me mueve de verdad”, explicaba. Y cuando la propuesta llegó, el movimiento fue inmediato, aunque incómodo: “Tuve mucho miedo. Siempre tengo miedo. Ese miedo es un indicador de que algo me desestabiliza, y entonces tengo que ir ahí”.

La directora no habla desde la omnipotencia. No juega a saberlo todo. Más bien lo contrario: trabaja desde la intemperie. Su experiencia con el histórico grupo Nhi-Mu le dejó una marca persistente —la idea de hacer posible lo que parecía impracticable—, y Subacuática se inscribe en esa tradición de riesgo. El desafío no es solo técnico: es ético y estético.

“No es fácil estar en el agua horas”, decía. “No es lo mismo esperar tu turno sentado, tomando algo, que estar adentro del agua, vulnerable, sin saber todavía cómo va a resolverse una escena”. La vulnerabilidad aquí no es una metáfora. Es física. El cuerpo está en malla, sin artificios, sin maquillaje, sin la distancia que otorga el vestuario. El eco de la pileta obliga a entrenar la voz de otra manera. El frío interviene en la respiración. El cansancio aparece antes.

Sin embargo, lejos de concebir el obstáculo como límite, el equipo comenzó a leerlo como posibilidad. Ato, que no venía del universo de la natación, descubrió algo inesperado: “Lo que pensaba que iba a ser un impedimento terminó siendo un aliado”. La frustración de no avanzar con rapidez en el entrenamiento —la sensación de no encontrar aire, de no dominar la técnica— comenzó a dialogar con su personaje. “Eso que me pasaba bajo el agua se conectaba con lo que el personaje está viviendo. Me acercó más a él”. La experiencia física dejó de ser un problema para convertirse en material dramático.

Lali, que sí tenía una historia personal con la natación, encontró en el agua un territorio ambiguo: refugio e incomodidad a la vez. “El agua no perdona, pero es encantadora”, decía. “Cuando subo a un escenario tradicional me pongo muy nerviosa. En el agua tengo que concentrarme tanto en el cuerpo, en no tener frío, en nadar, que el miedo se va”. La frase parece simple, pero encierra una inversión profunda: el elemento que podría paralizar termina liberando.

En ese cruce entre límite físico y verdad emocional se asienta una de las apuestas más potentes de la obra. Fernández Centurión lo formula con claridad: “Trabajar lo físico y lo emocional a la vez es, para mí, el teatro de verdad”. Por eso evita hablar de géneros y prefiere referirse a “performers” antes que a actores. Lo que le interesa no es la categoría, sino la capacidad de atravesar una experiencia humana desde todos los planos posibles.

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En lo profundo del ser humano

Subacuática aborda temas que dialogan con el presente: nuevas formas de paternidad y maternidad, fragilidad, duelo, masculinidades en transformación. Pero en esta puesta esos asuntos no solo se declaman, sino que se encarnan. El agua funciona como metáfora tangible de aquello que ahoga y, al mismo tiempo, sostiene. De lo que pesa y de lo que limpia. De lo que exige aprender a respirar de otra manera.

“Hay algo del deporte que es concreto”, reflexionaba Guada. “Cuando hay muchas cosas que no sabemos, nos enfocamos en eso: nadar, entrenar, repetir. Ese hacer termina trayendo respuestas”. En un proceso donde abundaban las incógnitas técnicas —el sonido, las distancias, las estructuras bajo el agua—, la repetición del gesto físico se volvió ancla.

Así, siendo esta entrevista tiempo antes del estreno, el equipo todavía hablaba de algo en construcción. Nada estaba cerrado del todo. Y quizá esa condición inestable era la esencia misma del proyecto: una obra que no busca la comodidad de la orilla, sino la experiencia de la inmersión.

Hoy, con Subacuática ya en cartel y transitando sus primeras funciones, aquella decisión inicial —aceptar el miedo, entrar al agua— se revela como el verdadero acto fundacional. Porque antes que una innovación espacial, esta obra propone otra cosa: una ética del riesgo. Una manera de hacer teatro donde el cuerpo no puede mentir y donde cada respiración cuenta.

Si el agua impone ese riesgo, el equipo responde con una ética del cuidado. Para Fernández Centurión, el teatro nunca es un gesto individual. “Para mí el teatro es el equipo, siempre”, afirma. Lo dice sin énfasis grandilocuente, casi como una obviedad que necesita ser recordada. En un contexto donde muchas veces se habla de precariedad o de límites estructurales, la directora invierte la perspectiva: el problema no está en la falta de talento, sino en la falta de acompañamiento.

“Los actores y actrices en Paraguay solamente necesitan cuidado, ser mirados y ser desafiados para dar no el cien, sino el trescientos por ciento”, sostiene. Y agrega, con una autocrítica poco frecuente: “Somos los directores los que tenemos que formarnos más y tomar en serio nuestra profesión”. No es una declaración ligera. En Subacuática, esa exigencia se traduce en entrenamiento técnico, en horas dentro del agua, en una búsqueda que no se conforma con resolver lo básico.

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El cuerpo no miente

El trabajo corporal fue asumido como parte estructural del proceso. Bajo la guía de un entrenador de natación y con el acompañamiento coreográfico de Florencia Boccia —bailarina y asistente de dirección—, el elenco no solo aprendió a sostenerse en el agua, sino a habitarla con precisión. La natación debía verse bien. La técnica no podía ser un adorno; tenía que ser orgánica al relato.

Flo lo explica desde su propia experiencia: su acercamiento al teatro siempre fue físico. “Para mí no existe un límite entre el trabajo del cuerpo del actor y el del bailarín. Todo es interpretación”. En la pileta, esa idea encuentra una materialidad radical: la emoción no puede desligarse del gesto, porque el gesto determina la supervivencia inmediata. La respiración no es un recurso poético; es una necesidad.

Esa exigencia física produce una transformación visible. Andrea lo describe con una mezcla de asombro y humor: “Mi cuerpo está cambiando por los entrenamientos y por habitar este espacio subacuático. Siento una transformación, me siento cada vez más cerca de ser un pececito”. La frase encierra algo más profundo: el cuerpo como territorio en permanente mutación.

En un teatro tradicional, el cuerpo puede disimular. La luz ayuda, el vestuario construye, la convención sostiene. Aquí, en cambio, el cuerpo está expuesto a la intemperie del agua. Sin maquillaje, con ropa mínima, con la piel erizada por el frío o por la emoción, no hay demasiado margen para el artificio. “El cuerpo no miente”, dice Flo. Y esa afirmación se convierte en una suerte de lema involuntario del proceso.

Guada, con más de veinte años de trayectoria, confiesa que cada obra la devuelve al mismo punto de partida: “Es como si estuviera ante una hoja en blanco. Me olvido de todo y siento que soy la peor actriz del mundo”. La inseguridad no desaparece con la experiencia, cambia de forma. En Subacuática, esa sensación se amplifica por el contexto inusual. Pero también, paradójicamente, se vuelve motor. “La actuación es mi terapia personal”, admite. “Es el lugar donde enfrento a mis demonios”.

La pileta, entonces, no es solo un espacio físico alternativo, es un dispositivo que obliga a atravesar el límite. Fátima recuerda sus años de formación, cuando repetir una escena cuarenta veces era parte del entrenamiento. “Después del dolor físico y emocional, algo explota y aparece otra cosa”, dice. Esa explosión —ese momento en que el cuerpo agotado deja caer las defensas— es lo que ella identifica como teatro verdadero.

En ese sentido, Subacuática dialoga con una tradición de teatro físico, pero la desplaza hacia un territorio poco explorado en Paraguay. Andrea lo subraya: es la primera vez que participa en una obra que se desarrolla íntegramente en una pileta. Y, más allá del desafío técnico, lo que le interesa es el cruce simbólico. El agua como metáfora del duelo. El agua como espejo de nuevas formas de paternidad y maternidad. El agua como espacio donde las masculinidades también se reconfiguran.

“El elemento de la pileta pasa a ser un protagonista más”, afirma. Todo ocurre a su alrededor, todo se redefine en función de su presencia. En ese ecosistema, el actor ya no domina el espacio: negocia con él. Cada desplazamiento es un acuerdo entre voluntad y resistencia.

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Hay, además, algo ritual en la experiencia compartida. Lali habla de una “comunión”. Cuando el frío atraviesa a todos por igual, cuando el cansancio se instala en los músculos, basta una mirada para saber que están en el mismo lugar. La incomodidad genera vínculo. La fragilidad se vuelve colectiva.

Esa dimensión humana parece ser, para la directora, el núcleo del proyecto. Antes de asumir este desafío, Fernández Centurión había decidido no volver al teatro si no podía hacerlo desde la felicidad. No desde la comodidad, sino desde la convicción. Subacuática apareció como esa excepción necesaria antes de partir a una nueva etapa formativa fuera del país. “No hay forma más feliz de irse que volver a dirigir teatro y con esta gente”, confiesa.

En esa frase se condensa algo más que un cierre personal. Se intuye la sensación de estar participando en un pequeño hito: no solo por el espacio elegido, sino por la manera de concebir el proceso. En tiempos acelerados, donde a menudo no hay margen para explorar distintas capas de una obra, este equipo atravesó etapas sucesivas: lectura de texto, ensayos, entrenamiento físico, inmersión en la pileta, pruebas técnicas. Cada instancia agregó una nueva profundidad.

Como si la obra, fiel a su título, se construyera por estratos. Y en cada estrato, la misma interrogante: ¿qué ocurre cuando el teatro deja de pisar suelo firme y decide, literalmente, sumergirse? El equipo invita así a la gente a vivir junto a ellos esta aventura.

Las fotografías son de Negib Giha.