Pero no todo era favorable para Julio César: se estaba quedando calvo, le diagnosticaron probable epilepsia y su salud se iba deteriorando. Aunque había nacido patricio y supo construir una ascendente carrera política, el destino le tenía preparado un trágico final.
En la actualidad siguen siendo muchos los crímenes que jamás se aclaran, como el caso del atentado contra Argaña que dio lugar al marzo paraguayo. Uno de los problemas es que casi todas las informaciones llegan muy posteriores al hecho y escritas con subjetividad.
Quien no imagino alguna vez cómo sería la propia muerte. Plutarco escribe que, en una oportunidad, cuando le preguntaron a César cómo quería morir, dijo que de forma inesperada. El hado le concedería su deseo, aunque solo una excesiva confianza hizo que fuese inesperada. Las fuentes se refieren a advertencias sobre traición y muerte durante los idus de marzo, como la que le formuló el arúspice Tito Vestricio Espurina: Cuidaos de los idus de Marzo; o el sueño de su esposa Calpurnia de manadas de caballos consagrados que lloraban sangre amargamente. César intentaba componer su papel como liberador, refundador de Roma y personaje providencial, coqueteando cual monarca helenístico con la idea de su divinidad.
Pero hay maneras de matar a un dios. La oposición a su gobierno era fuerte y en la conjura participaron más de sesenta senadores. Fueron tres los cabecillas, curiosamente hombres que eran del círculo íntimo de César o que habían sido favorecidos directamente por él. Aquella mañana se sintió indispuesto, su esposa Calpurnia le confesó un pálpito nefasto y le suplicó que no acudiese al Senado. Como la conspiración podía frustrarse si César no acudía al Senado, enviaron a Décimo Bruto para que lo convenciera de la necesidad de acudir al foro.
César accedió y, acompañado por quien creía su amigo, se dirigió hacia la tragedia. Camino al Senado se encontró con el augur quien de nuevo trató en vano de prevenirle.
-Los idus de marzo han llegado- le dijo César, para recalcar que su lúgubre profecía no se había cumplido. -Pero todavía no se han ido– replicó el vidente.
César entró en el teatro de Pompeyo y los conspiradores lo rodearon, como si fueran a prestarle respeto, pero con sus dagas encajaron veintitrés puñaladas al cuerpo del dictador, que se cubrió el rostro con la toga y encaró la muerte como había vivido, sin miedo. El planeta atraviesa con violencia de guerra este actual marzo con sus idus. Que los hados y los dioses nos protejan. Necesitamos bendiciones celestiales.
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