Las lógicas del mercado digital e hiper conectado, empujan a la gente joven a priorizar la optimización de su identidad, de su carrera y de su libertad. En tal circunstancia, un hijo es percibido como un compromiso irreversible que choca con las exigencias competitivas dictadas por el mundo moderno.
Sociólogos que siguen la línea del pensamiento de Zygmunt Bauman explican que vivimos en una sociedad caracterizada por la transitoriedad y la falta de certezas sólidas.
Desde el análisis económico y político, pensadores críticos señalan que el sistema actual ha convertido la procreación en un lujo.
Inestabilidad estructural: La precariedad laboral, los bajos salarios y la imposibilidad de acceder a una vivienda propia funcionan como un “anticonceptivo estructural”. Para muchos jóvenes, la decisión no pasa por no querer, sino por no poder sostener una vida humana con dignidad.
El filósofo contemporáneo David Benatar es uno de los máximos exponentes del antinatalismo. Benatar sostiene una asimetría ética: causar dolor es malo, pero la ausencia de dolor es buena, incluso si no hay nadie para experimentarla. Dado que la vida inevitablemente conlleva sufrimiento y no se puede obtener el consentimiento de alguien antes de que exista, traer un hijo al mundo se analiza, bajo esta óptica, como un acto egoísta orientado a satisfacer los deseos de los padres y no el bien del hijo/a.
Filósofas como Christine Overall analizan cómo las nuevas generaciones se cuestionan de manera inédita la moralidad de procrear en un planeta sobrepoblado, con recursos escasos y bajo la amenaza del cambio climático. El antinatalismo ecológico plantea que abstenerse a tener descendencia es la acción individual más drástica y efectiva para reducir la huella de carbono y evitar legar un futuro inhóspito a nuevos seres sintientes.
En resumen, mientras que los sectores más tradicionales suelen etiquetar esta decisión como “egoísmo” o “miedo a la responsabilidad”, los pensadores contemporáneos coinciden mayoritariamente en que se trata de una toma de conciencia aguda y una respuesta adaptativa ante un entorno socioeconómico hostil y un futuro ecológicamente incierto.
Durante casi toda la historia humana, una criatura no fue criada por dos personas, sino que era criada por toda una tribu, comunidad, familia, etc, Funcionaba como una especie de cooperativa humana de abuelas, tías, hermanas, vecinas, etc. Criar nunca fue individual, pero al pasar el tiempo las cosas cambiaron, pasamos de vida comunitaria a familias nucleares aisladas y al mismo tiempo el sistema empezó a exigir más trabajo, más productividad y más autosuficiencia. Las economías modernas siempre dependieron de un trabajo invisible que sostiene todo: cuidar la vida, criar, sostener emocionalmente, trabajo esencial, casi siempre no remunerado. Ahora el sistema te exige trabajar como si no tuvieras hijos y criar como si no trabajaras.
En este tipo de sociedad tener hijos se ha vuelto casi una tarea imposible.
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