“Para muchos, el rescate de los 33 mineros es una noticia vieja; sin embargo, para los millones de cristianos o personas que se unieron para pedir a Dios un milagro es un legado espiritual para las naciones”, comenta hoy el pastor y capellán de la Iglesia Adventista del Séptimo Día que desde marzo del año pasado se encuentra en Asunción.
De nacionalidad chilena, el pastor Carlos Parra estaba de misión en Copiapó, región del desierto de Atacama, donde se produjo el derrumbe. “Me dirigí al lugar del desastre y en pocos días pude prestar apoyo espiritual a las familias, que estaban sufriendo por sus mineros”, relata Parra, quien vivió todo el proceso de rescate de forma muy intensa.
El pastor Parra acompañó a las familias durante los 70 días que duró el proceso. Una vez que fueron encontrados con vida los 33 mineros, él les envió 33 pequeñas biblias dedicadas a cada uno y con párrafos destacados que trasmitían esperanza, fe y confianza para que resistieran. “El diámetro que tenía el tubo por el cual se estableció la comunicación permitía un máximo de 7,5 cm de ancho y la Biblia que encontré tiene exactamente esa medida”, manifiesta.
En el libro, el pastor Parra relata varios sucesos que llamaron la atención de los protagonistas, como cuando se produjo el derrumbe. “Algunos mineros que iban ingresando en un vehículo vieron volar una mariposa blanca que les iba guiando por el sendero. Ellos cuentan que esa mariposa blanca les salvó de la muerte, porque cuando se produjo el derrumbe empezaron a desmoronarse las rocas; ellos, por seguir a esa mariposa blanca, se salvaron de la muerte y fueron llegando abajo hasta donde estaban los demás compañeros y desapareció la mariposa blanca. No se explica científicamente qué hacía una mariposa blanca a 700 m de profundidad”, dice.
El libro de Parra fue publicado en julio del año pasado en Estados Unidos, bajo el título de Hope underground (Esperanza bajo tierra). Dos meses después fue lanzado en portugués, en São Paulo, Brasil, y hace un par de meses llegó la versión en español, para Latinoamérica. “Está disponible en Paraguay como Campamento Esperanza, en el que desarrolló la idea de 34 mineros. Todo el mundo sabe que son 33. Sin embargo, algunos de los mineros mientras estaban debajo de la tierra me enviaron cartas de agradecimientos porque mantenía comunicación con sus familias. Entre esas cartas, una me la envía Jimmy Sánchez, el minero más joven, que tenía 19 años en ese momento. Él me dice: ‘Pastor, gracias por las oraciones, por el apoyo a la familia, a nosotros, los 33, pero le quiero decir que somos 34, porque Dios nunca nos ha dejado solos’. De allí sale parte del título del libro, porque son 34 mineros y ese 34 es Jesucristo, que les dio fortaleza, fuerza, fe, entereza, para resistir 70 días bajo tierra”, explica.
Otra carta que recibió el pastor fue la de José Ricardo Ojeda, el que escribió: “Estamos bien los 33 en el refugio”, cuando la cámara logró captarlos bajo la tierra. “Me envió esta carta donde dice cosas hermosas, por ejemplo: ‘Si Dios nos ha dejado con vida es porque algo nos tiene preparados para cuando salgamos’. También dice: ‘Aquí abajo habemos de todo, credo y religión, pero somos todos hermanos en Dios’. También dice: ‘Solo Jesús nos hace descansar de tal manera que nuestra pesada carga se convierte en algo liviano y fácil de llevar’”, cita Parra.
El material está en venta en la librería del Sanatorio Adventista y en las oficinas de la organización (Cerro Corá esquina Kubistcheck) a G. 40.000.
El rescate de los 33 mineros fue uno de los acontecimientos más vistos. Se estima que entre mil y dos mil millones de personas siguieron la histórica operación. “Se lo está llamando como un milagro que ocurrió en Chile pero para el mundo entero. El presidente de la República de Chile, Sebastian Piñera, así lo dijo”, refiere.
En agosto, al cumplirse dos años del derrumbe, inauguraron en el sitio un monumento que consta de una cruz de seis metros de altura, con una inscripción bíblica que recuerda este milagro. “Entonces, cuando vayan los turistas de todo el mundo podrán detenerse allí, ante esa cruz, para reflexionar lo que fue”, comenta.
El pastor recuerda que el momento más difícil que vivieron fue el 18 de agosto de 2010. “El Gobierno había hecho varios intentos de establecer comunicación con ellos. Se usaron taladros buscando el refugio. En el octavo intento, este taladro fue el que llegó más profundo. Los mineros al fondo de la tierra sentían el taladro que venía rompiendo las rocas, pero se corrieron 10 o 12 m del refugio. El Gobierno tuvo que informar que falló y en el campamento se produjo una decepción. Todos los familiares estallaron en llanto. Comenzó la desesperación, porque como ese taladro era el que había llegado más profundo y falló, entonces, la conclusión era: ‘No hay más que hacer’. Después supimos que abajo los mineros sintieron lo mismo”, rememora.
Pero no se dejaron vencer por la decepción y se mantuvieron firmes en su fe. “Los familiares se agruparon para animarse. Entonces, yo me acerqué y ellos me invitaron a hacer una oración y, en ese momento de mucha desesperación y lágrima, pedimos a Dios un milagro. Recuerdo que los medios de comunicación estaban alrededor y las familias lloraban. Yo sentí y dije: ‘Dios mío, por favor, te pedimos un milagro, que podamos encontrar a los mineros y encontrarlos con vida’. Así que llanto arriba, llanto en el fondo de la mina y, a pesar de eso, el Gobierno dijo: ‘Vamos a hacer un último intento’ y gracias a Dios se dio con ellos”, indica.
En ese momento, otro hecho milagroso sucedió. “Los rescatistas dicen que estaban llevando el taladro en cierta dirección, buscando el refugio, pero de pronto el taladro chocó con una roca muy dura y se desvió, y ese desvío hizo que diera en el refugio. Cuando los operarios de la máquina terminaron el día, con la felicidad de que habían encontrado, recuerdo haber entrevistado a uno de ellos y él dice: ‘Esta fue la mano de Dios, porque nosotros estábamos llevando el taladro en cierta dirección. Chocó con una roca, se desvió y eso hizo que diera con el refugio’. Todos lo atribuyeron a la mano divina”, comenta el religioso.
Los ánimos en el Campamento Esperanza se reactivaron. Pero no estaba todo dicho. El ministro de Minería, Laurence Golborne, informó que el rescate duraría cuatro meses y nuevamente volvió la desesperación. “Una cosa era encontrarlos vivos, pero al saber que faltaban cuatro meses para el rescate, se les vino el mundo abajo, a los familiares y a los mineros. En ese contexto, lanzamos una cadena de oración a nivel internacional y en dos meses ya estaban fuera. El propio ministro de Minería me dijo: ‘Pastor, por favor sigan orando, porque el rescate va mucho más rápido de lo que pensábamos’”, rememora.
El 13 de octubre de 2010, siendo las 00:05, salía el primer minero, Florencio Ávalos. “Algunos periodistas que conocimos allá habían dicho que había sido el evento más cubierto por la prensa que no era una guerra, la muerte de un famoso, la final de un mundial de fútbol, sino era algo bueno, un milagro, un rescate. Fue algo impresionante, visto por todos los habitantes de la Tierra, algo lindo que ocurrió que nos acerca a Dios. Los mineros cuando salieron, algunos se arrodillaban, otros levantaban sus brazos al cielo y varios de ellos salían con la Biblia en la mano que yo les había enviado. Les pusieron una remera que decía: ‘Gracias Señor’. Como que toda la humanidad fue impactada por algo espiritual y eso fue muy hermoso. El nombre del campamento era Esperanza. Nunca se perdió la esperanza”, resalta el pastor Parra.
Con 15 años de entrega como pastor, este ha sido el acontecimiento más importante de su vida. “El ser testigo ocular de un evento mundial fue precioso. Sin duda, esto marcó mi ministerio y ahora me ha dado la motivación para servir a la humanidad con mayor fuerza, intensidad y ahora que estamos en el Paraguay tenemos varios proyectos para servir a las personas de este país”, resalta.
Fotos ABC Color/Guido Carvallo/Marta Escurra/Archivo.
