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Negros en América

La población indígena americana no pudo resistir sola el peso inmenso de producción al que fue forzada por los invasores españoles. En la isla Española había, por lo menos, 100.000 habitantes autóctonos hacia 1492. En 1508 había solo 60.000; en 1554, 30.000, y en 1570, solo 500. La solución: mano de obra esclava negra.

Consiguientemente, la esclavitud negra se introdujo en América con el propósito de reemplazar en las Antillas a una población indígena que se extinguía rápidamente y reforzar la fuerza de trabajo, debilitada en otros lugares del continente. Y el argumento era “sólido”: el trabajo de un negro equivalía al trabajo de siete u ocho indígenas.

Ya con Colón habrían llegado los primeros esclavos negros. Su presencia fue estimulada como consecuencia de las leyes de Burgos de 1512, por medio de las cuales se comienza una protección tutelar de parte de la Corona española hacia la población indígena, lo que permitió recurrir a la mano de obra esclava negra.

En 1513 se tomó la primera medida propiciatoria de la introducción de una trata negrera en gran escala, además de constituir en una hasta entonces impensada fuente de recursos: el cobro de impuesto por cada esclavo introducido. Posteriormente, la concesión de licencias hizo el resto.

La desdicha del negro comenzaba en el mismo momento de su captura y venta a las empresas dedicadas al tráfico de esclavos. Se extendía en el traslado a América, hacinados bajo cubierta de los barcos negreros en pésimas condiciones de salubridad –la mortalidad era sumamente alta en la travesía que los barcos negreros eran conocidos como tumbeiros (ataúdes flotantes); solo un tercio llegaba vivo a destino– y continuaba en los ingenios, adonde eran puestos a trabajar en condiciones de extrema dureza y crueldad.

Un Dreyfus argentino

El mayor Guillermo Mac Hannaford fue un oficial del Ejército argentino, acusado –al parecer, injustamente– de realizar tareas de espionaje a favor del Paraguay durante la Guerra del Chaco.

Luego de un proceso plagado de irregularidades, fue condenado a cadena perpetua, previa degradación. Inclusive fue conminado a suicidarse, a lo que se negó, alegando inocencia.

Fue encerrado en la prisión militar de Ushuaia, luego en otras cárceles. Hasta que, por fin, fue indultado secretamente por el Gobierno del general Aramburu, en 1956. Enfermo de tuberculosis, que había contraído en prisión, murió olvidado en 1961.

Para diversión de la muchachada

Como toda ciudad que se precie, Asunción tuvo y tiene sus suburras (Suburra era el nombre de un barrio de la antigua Roma en el que proliferaban los mercados y las casas de “mala vida”). Eran lugares cuyos ámbitos estaban bien definidos. Por ejemplo, desde tiempos inmemoriales, entre los lugares tradicionalmente prostibularios se encontraban la zona portuaria, además de los barrios Hospital, Varadero, Vista Alegre y Tuyucuá.

Aún subsisten burdeles de mala muerte en las calle General Díaz y Oliva, donde en los años veinte, “aquellos deliciosos años veinte –como dice José María Rivarola Matto en su libro La belle époque y otras hodas– en que las damas usaban sombreros; los caballeros se ponían pantalones oscuros, sacos de fantasía con pajillas, bastones y polainas. En esa época señoreaba madame Bertha, con un distinguido establecimiento al que ella exigía que se lo llamase ‘pensión de artistes’”. Las pupilas eran de las más diversas nacionalidades, y la madama demandaba de los parroquianos la más caballeresca conducta.

Pero la “pensión de artistes” de madame Bertha no era el único burdel de categoría del paisaje asunceño. También estaba el prostíbulo de madame Paulette, con sus prostitutas con melena a lo garzón y atuendos de colores Tutankamón, muy en boga luego del descubrimiento de la tumba de dicho faraón en 1922. Primeramente se instaló en la calle General Díaz, la zona de los prostíbulos vips de antaño, y luego se trasladó un poco más allá del manicomio, sobre la calle Venezuela. Rivarola Matto cuenta que madame Paulette “regenteaba una muy exclusiva casa de divertimento en las afueras de la ciudad. Solo iban allí personas distinguidas que sabían comportarse y gustar de lo mejor. Con una vitrola, valses y tangos de mi flor, champagne del muy bueno y la compañía de Frufrú, Lilí, Rirí, Bibí, Dodó, se evocaba Pigalle, el Foliés Bergére...”.

Los primeros colonos de San Bernardino

En abril de 1881 zarpó de Hamburgo, Alemania, con destino a nuestro país, el barco que trajo a las cinco primeras familias que se establecieron a orillas del lago Ypacaraí.

Esas familias fueron los primeros pobladores de la colonia San Bernardino, llamada así en homenaje al presidente Bernardino Caballero.

Esas cinco primeras familias fueron las de Schoenfeld, Siedow, Stanzel, Degennard y Wache. Para la elección del lugar en el que debía establecerse la nueva colonia, fue comisionado por el Gobierno el señor Otoniel Peña.

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