Asiduo visitante
Una persona que frecuentemente visitaba nuestro país hace unas décadas fue el héroe de guerra alemán Hans Ulrich Rudel.
Había nacido en Konradswaldau, Alta Silecia, en 1916. Se adhirió al nazismo e ingresó a la Luftwaffe en 1936. Peleó en la aviación alemana y tuvo más de 1500 misiones, derribando aviones, hundiendo un acorazado y otras embarcaciones menores. Destruyó más de 500 tanques aliados. Si bien fue derribado unas 30 veces, siempre volvía a las acciones.
Su heroica actuación en la II Guerra Mundial le llevó a ganarse numerosas condecoraciones, así como la Cruz de Caballero en oro con hojas de roble, espadas y diamantes, la más alta condecoración de la Alemania nazi, impuéstale personalmente por Adolf Hitler, siendo el único en recibir dicha condecoración.
Al final de la guerra se entregó a los norteamericanos. No se le encontró responsabilidades en los crímenes de guerra y fue liberado en 1948, y regresó a Alemania. Escribió Piloto Stuka - 2500 vuelos contra el bolchevismo.
Entre 1948 y 1956 vivió en la Argentina. Fue representante de la compañía Mengele y cultivó una estrecha amistad con el presidente Alfredo Stroessner. A finales de la década de 1950 advirtió e, inclusive, ayudó al escape de Josef Mengele hacia el Paraguay. Fue asesor de la Fuerza Aérea Argentina y muy amigo del presidente Perón, lo que le dio la posibilidad de acercar a los exjerarcas nazis a las altas esferas del poder en la Argentina, el Paraguay y el Brasil.
Rudel, pese a tener amputada una pierna y usar ortopedia, también se destacó como andinista y, en 1953, descubrió el Santuario de Altura Inca, donde varios antropólogos desenterraron las momias de Llullaillaco. Regresó a Alemania e intentó, sin éxitos, resucitar el nazismo. Falleció en Rosenhein, Alemania, en 1982.
La masacre del fortín
Uno de los ingratos sucesos que fueron los prolegómenos de la guerra con Bolivia en el siglo pasado fue la masacre de soldados en el lejano fortín Coronel Martínez, en abril de 1931.
En ese paraje chaqueño cumplían su servicio militar decenas de conscriptos en medio del olvido de sus superiores.
Ya llevaban más de un año pasado del tiempo que les correspondía de servicio, sin paga, abrigos, ropas ni alimentos.
Los pobres soldados, pertenecientes al RI 4 “Curupayty”, confinados en ese inhóspito lugar, con un clima insoportable –en invierno y verano–, en medio de sabandijas de todo tipo… Parte del año bajo agua y otra parte sin tener qué beber.
Aparte de todo eso, no tenían vestuario suficiente, armamento adecuado, comida ni menajes. Para tomar su rancho, los soldados debían comer por turno, o dos o tres en el mismo plato.
Ante esta penosa situación, las tropas, cansadas de pedir respetuosamente alguna solución a su estado, se sublevaron el 12 de abril de 1931 contra sus superiores, quienes repelieron el motín con ametralladoras, para, por un lado, evitar ser asesinados y, por otra parte, mantener la disciplina.
El resultado de la tragedia fue: seis soldados muertos, dos amputados y nueve heridos.
Conocido el hecho en Asunción y otras ciudades, levantó una ola de indignación y protesta, las que después tuvieron como corolario la masacre de estudiantes, en octubre de ese año, en la capital paraguaya.
Mariposas chaqueñas
El doctor Carlos de Sanctis, médico rosarino que actuó en la Guerra del Chaco, escribió sobre estos llamativos insectos, muy común en aquel inmenso territorio.
“Mariposas del Chaco. Un recuerdo de la guerra. Era una noche en campamento en el corazón de la selva. El Comando de la División había reunido a varios cantores y guitarristas, escogiéndolos entre la tropa de los regimientos.
El aburrimiento del bosque, el tedio de la guerra, la inseguridad de la existencia requieren que un poco de música sacuda los espíritus y eleve los corazones. En idioma guaraní, cantos sentimentales con música que deleita, entona un mocetón vivaz y apuesto. En uno de ellos, con mucho sentimiento, se refiere a las mariposas blancas, que durante la larga travesía del Chaco hacia el frente de batalla acompañaban al soldado, siguiendo la dirección de la carretera. Ellas son, dice, las que velarán nuestros cadáveres revoloteando en su derredor y que, al posarse en los cuerpos, depositarán el beso de la madre que llora al hijo muerto por la patria.
Al día siguiente, en un encuentro entre patrullas, un soldado cae herido; en nuestro puesto de socorro fallece a los pocos minutos. Es el mocetón apuesto y vivaz que cantaba a las mariposas la noche anterior. Entre los árboles, a un costado de la picada, un foso poco profundo lo cobija en el Chaco. Las mariposas blancas posan sobre el montículo de tierra que indica el sitio de su tumba”.
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