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Curuzú Isabel

Hablando de las Residentas, a unos 10 km de Concepción, sobre el camino Loreto-Bella Vista hay un modesto oratorio que, según los relatos tradicionales, indica el lugar en el que falleció una mujer en los últimos meses de la Guerra contra la Triple Alianza.

El hecho ocurrió en los últimos meses de 1869. Muchas eran las mujeres que seguían a aquel ejército de espectros rumbo al patrio altar de Cerro Corá. Entre ellas iba una que entró a la historia con su nombre de pila: Isabel. De su apellido nada se sabe.

Sobre sus penurias existen varias versiones. Una de ellas dice que iba con una criatura en brazos, debilitada por el cansancio de la larga caminata y el hambre que roía sus entrañas. Como ya no podía seguir avanzando detrás de los restos del heroico ejército, decidió ir hacia Concepción.

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En su caminata, sintiéndose muy cansada, se recostó a la sombra de un árbol, con su bebé en brazos y, poco después, falleció. La criatura, poco después, también murió.

Algunos viajeros encontraron los cadáveres, les dieron cristiana sepultura y clavaron una modesta cruz de madera.

Esa cruz pronto se convirtió en un hito referencial y punto obligado en el que los viajeros paraban a rezar una plegaria, prender una vela o dejar algunas monedas. Si algún viajero no cumplía estos ritos, no podía seguir adelante: los caballos se encabritaban y los bueyes se empacaban. Si era un peatón, se le “aparecían” espectros o escuchaba gemidos, terminando por retroceder.

La fama de la cruz fue creciendo a la par que la cruz disminuía, porque cada viajero sacaba un pedazo de esta para llevar como “relique”. Poco después tuvo que elaborarse una nueva cruz, y después otra, y otra, y otras. Manos piadosas, algún tiempo después, construyeron una capillita.

Fuego en la casa

Una de las primeras tareas cotidianas del tiempo de las abuelas era encender el brasero para el obligado mate mañanero. Para evitar la humareda, la tarea se hacía en el corredor o al aire libre y requería del tiempo suficiente hasta que el carbón se hiciera brasa.

El más modesto de estos braseros estaba hecho de chapa, que si bien eran livianos y portables, tenían la vida útil bastante limitada. Los de hierro fundido, de elegantes y redondeadas formas, sin embargo, duraban una eternidad y constituían, muchas veces, parte de la herencia de varias generaciones. La introducción de cocinas a queroseno, a gas o eléctricas los arrumbó en algún lugar de la casa y la memoria.

Por un tiempo, pues con los prohibitivos precios actuales del gas –y la electricidad– se los ha vuelto a desempolvar para darles nuevamente uso.

Gira, gira la calesita

Un medio de diversión que nunca pasa de moda es la calesita, infaltable en las funciones patronales, especialmente tanto de las parroquias de barrios como de los pueblos del interior.

Movida al ritmo de una balada de moda –aunque últimamente al monótono compás de la cachaca–, arrancado de un vetusto tocadiscos o un moderno equipo minicomponente, antiguamente era tirada por un caballo al que se le vendaba los ojos para que no se mareara.

En las ferias de barrio pronto se suprimió el caballo y era motivo de competencia el privilegio de ayudar a girar la calesita, pues eso redundaba en ganar el derecho de dar unas vueltas gratis en ese maravilloso viaje de fantasía, cabalgando en los caballitos o las calesas; de ahí su nombre. “La calesita –esa flor esquinera– es todavía la cuota poética que la trajinada ciudad puede permitirse”, al decir de un escritor argentino.

Las Residentas

En 1868, temiendo la ocupación de la capital paraguaya por las fuerzas aliadas, el presidente López ordenó el abandono de la ciudad. Ancianos, mujeres y niños tuvieron que abandonar sus casas –los hombres y adolescentes ya habían partido al frente de batalla–.

La orden de abandonar la ciudad no era un hecho insólito, ya que numerosas localidades del interior fueron abandonadas por orden del Gobierno para impedir que sirviesen de alojamiento o punto de apoyo para el enemigo. Fue de esa manera que miles de mujeres se sumaron a la marcha del ejército y constituyeron los grupos de las Residentas, dirigidos por las sargentas.

Estas mujeres, pese a la relativa libertad de su condición, sufrieron grandemente los rigores de la guerra: el hambre, el cansancio, el frío y otras penurias, como ver morir a sus padres, maridos, hermanos, novios e hijos.

Había, sin embargo, otros grupos de mujeres que, si bien estaban sindicadas como traidoras, por no renegar de sus familiares complicados o salpicados por sospechas de conspiración contra el Gobierno, eran confinadas a lejanos e inhóspitos lugares, en los que vivieron relativamente cómodas, pues no sufrieron las penurias de las Residentas y podían cultivar modestas huertas, de las cuales se surtían para su sustento. Pero vivían con la espada de Damocles pendiendo sobre sus cabezas: en cualquier momento podían llegar las órdenes de tortura, fusilamiento o lanceamiento.

surucua@abc.com.py