ENTÉRESE

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El descubrimiento del tanino chaqueño

El tanino proveniente del quebracho colorado fue descubierto por un estanciero argentino de origen alemán, de nombre Karl Harteneck.

Un hecho casual llevó al descubrimiento del producto que, años después, convirtió al Paraguay en el primer productor de tanino del mundo. Un día de 1885, el señor Harteneck, recorriendo su establecimiento, encontró un ganado muerto al lado de un tronco de quebracho colorado, tronchado, que con el agua de lluvia despedía el líquido curtiente, produciendo sus efectos en el cuero del animal.

Este hallazgo llevó al señor Harteneck a mandar analizar el material en Alemania, donde se encontró un elevado porcentaje de materia curtiente de quebracho colorado o tanino.

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Cuando descubrió al animal muerto y las extrañas circunstancias que le rodeaban, el señor Harteneck mandó a su mayordomo que hiciera desollar al animal y que, al mismo tiempo, hiciera cortar algunos trozos del quebracho colorado, que luego mandó analizar en laboratorios alemanes, como ya dijimos, con el objeto de conocer los orígenes y efectos en que había ocurrido el curtido natural.

Cuando se enteró de que el quebracho colorado solo existía en el Norte argentino y en el Chaco paraguayo, formó una empresa en asociación con un técnico compatriota suyo, de apellido Proske, para explotar el tanino proveniente del quebracho y competir con los producidos por el castaño, el nogal, mirabolán, roble, watle o mimosa, tizerak, hemlok y otros curtientes europeos y africanos.

Conocedor de estas informaciones, poco después, el señor Carlos Casado del Alisal contrató los servicios del técnico francés Jules Doctreleau, quien se ocupó de desmontar la única fábrica de tanino de Europa, ubicada en El Havre, Francia, y trasladarla a Puerto Casado, Chaco paraguayo, en 1889.

La casa de las mulas

Poco antes de llegar al pueblito del doctor Morra, está un antaño hermoso curso de cristalinas aguas, el arroyo Tembetary, en el que, un poco más al Norte, desembocaba otro no menos hermoso y fresco, cuya naciente estaba a unos centenares de metros hacia el Este y que corría paralela a la avenida central de Villa Morra (arteria que se denominaba Doctor Morra y que después formó parte de la avenida Asunción, luego rebautizada, en 1915, avenida Colombia hasta que, allá por 1945, se le denominó avenida Mariscal López).

El camino para llegar a Villa Morra era recorriendo la avenida España hasta la actual Santísimo Sacramento y de allí hasta la Recoleta.

La concesión otorgada al doctor Morra le permitió llevar el itinerario del servicio tranviario por otro camino, más recto, y ayudó a perfilar la actual avenida Mariscal López, hasta el arroyo Tembetary, donde, a falta de un puente para cruzar el profundo cauce del arroyo, el doctor Morra tuvo que instalar en ese sitio su terminal de tranvías, que constaba de unos galpones para guardar los coches y unos corrales para los caballos y mulos, animales, estos últimos, llamados mburika, en guaraní.

La parada tranviaria era llamada por el pueblo “mburikao”, casa de las mulas, y, con el correr del tiempo, pasó a denominar al arroyo, antiguamente conocido como Tembetary, por tener sus nacientes en el lugar así llamado, en la zona de las avenidas Eusebio Ayala y Choferes del Chaco.

Científicos en una comisión de límites

En 1905, se firmó con la Argentina un tratado complementario para definir correctamente los límites entre ambas repúblicas –el Paraguay y la Argentina– en el Chaco, a raíz del laudo del presidente norteamericano Rutherford Hayes.

Para definir sobre el terreno, pues había dudas sobre cuál era el brazo principal del río Pilcomayo que, a partir de las Juntas de Fontana, se bifurcaba en un brazo norte y un brazo sur.

En virtud de ese tratado, se formó una comisión bilateral encabezada por parte de la Argentina, por el ingeniero Domingo Krause, y por parte paraguaya, por el capitán de navío Elías Ayala. Esta comisión determinó, entre abril y agosto de 1906, que el brazo principal era el del sur y que el brazo norte era un desaguadero del estero Patiño.

Integraban esta comisión varios científicos y, entre ellos, Teodoro Rojas, por entonces de 29 años. En esta expedición, el joven botánico demostró que aprendió bien las lecciones de su maestro Emilio Hassler: colectó unas 700 muestras, de 573 especies. De estas, 271 eran citadas por primera vez en la región del Pilcomayo. De ellas, 16 especímenes eran nuevas para la ciencia.

Estas muestras, además de otras propias, sirvieron al doctor Hassler para escribir su libro Contribuciones a la flora del Chaco argentino-paraguayo.

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