La estatua más antigua
Para conmemorar la jura de la Constitución Nacional, la Junta Económico-Administrativa de Asunción, presidida por don Sinforiano Alcorta erigió el que es el primer monumento estatuario al aire libre de Asunción –y del país.
El monumento a la Constitución es una elegante columna rematada por la escultura de la Libertad y fue inaugurado el 3 de febrero de 1873. Desde entonces, nos señala que la Constitución Nacional rige nuestra vida política –cuando no es pisoteada (la Constitución y nuestra vida política) –. Fue diseñada por el coronel austríaco Francisco Wisner de Morgenstern y construida bajo la dirección del ingeniero polaco Roberto Chodasievich. En su base, rodeada por gruesas cadenas –traídas de Humaitá– y cuatro cañones coloniales de la batería de la Loma San Jerónimo, está depositado un ejemplar de la Carta sancionada en 1870.
Paseo visual e histórico
Las radiantes mañanas domingueras son buenas ocasiones para desintoxicarse de la enmarañada semana que a cada uno nos toca soportar cotidianamente. Un paseo por las tranquilas calles de los domingos asunceños puede ser buena opción para conocer un poquito más de las intimidades de esta ciudad que, pese a su apariencia hostil, es querendona y –cuando uno la busca– es capaz de mostrar sus escondidos encantos. Desde hace siglo y medio, con la llegada de arquitectos, ingenieros, decoradores, técnicos y constructores diversos, el paisaje asunceño fue cambiando paulatinamente. Las galerías y zaguanes fueron dando paso a las fachadas sobre la línea de la calle, a las plantas “chorizo”, a los patios embaldosados, a los balaustres, piñones, cariátides y a un afán colectivo de diferenciación por medio de la ornamentación y de los diseños estilísticos de las casas, especialmente de las fachadas. Desde la presencia en el país de los italianos e ingleses de la época de los López, desfilaron a lo largo de los años numerosos nombres representativos, y de diversa procedencia, que le fueron dando a Asunción su fisonomía ciudadana. Además de los Taylor, Rehnfeldt, Talía y otros, la mayoría de los arquitectos, ingenieros y constructores que trabajaron en la capital –y dejaron su sello estilístico en el paisaje de la ciudad– fueron de nacionalidad italiana, como los Ravizza, Colombo, Perlozzi, Grassi, Hoffer, Talente, Gratarola, Agato, Andreatta, Baradello, Bianchi, Canclini, Clérici, Covelli, De Tone, Giovanelli, Morasi, Movia, Pettirossi, Sachero, Spada, Tamonti, Barbero, Marchesse, Angelino, Buccini, Buongermini, Cacase, Caligaris, Caselli, Colla, Orsi, Orsini, Paván, Petinetti, Savorgnan, Valoriani, Pozzi, Dellavedova, Faitini, Allegri y los Rapetti.
Aguas salutíferas
No era ajena a los médicos de la época colonial las propiedades medicinales de las aguas termales existentes en Suramérica. Muchos fueron los que dedicaron sus estudios a dichas aguas. Uno de aquellos fue el mencionado Pedro Montenegro. Montenegro había compuesto un recetario para enseñar a preparar aguas medicinales. Por ejemplo, una de sus recetas prescribía el agua mineral de tártaro marcial o caliviada, cuyas propiedades eran las de “quitar las obstrucciones de todas las partes del vientre inferior, y en especial del hígado y bazo, remitiendo la destemplanza caliente de otras partes”. El agua de limadura de acero y hierro puro “desopila las partes del vientre inferior y cura la hidropesía”, entre otras propiedades. El agua preparada con vitriolo “cura los ardores del hígado, del bazo, la piedra, etc.”. Según Sánchez Labrador, muchos manantiales y arroyos de la zona misionera eran muy concurridos por los enfermos, inclusive desde otros países, por la calidad de sus aguas para el tratamientos de los achaques. Los baños, como prescripción médica, señala Furlong, “llegaron a ser muy generales a fines del siglo XVIII, y en 1787 se estableció la forma en que los soldados en servicio podían acudir a los mismos ‘en caso de necesitarlos’”.
Señera entidad cultural
“En la ciudad de Asunción, a los veinte y ocho días del mes de julio de mil ochocientos ochenta y tres, reunidos los señores abajo suscriptos en la casahabitación del señor don Adolfo Decoud, acordaron lo siguiente: fundar una sociedad cuyo objeto sea fomentar el espíritu de asociación mediante el cambio de ideas, que se manifestaran en disertaciones escritas según lo que se prevenga en el reglamento, que una comisión nombrada al efecto confeccionará. En seguida se nombró un secretario, cuyo cargo recayó en la persona de don Cecilio Báez. Procedióse después al nombramiento de una comisión que debe redactar el reglamento por el que debe regirse la sociedad, siendo nombrados para componerla los señores: don Adolfo P. Carranza, don Adolfo Decoud y don Antonio Codas, Ramón Zubizarreta, Guillermo Stewart, Benjamín Aceval, Antonio Codas, Adolfo P. Carranza, J. Nicolás González, Alejandro Audivert, Braulio Artecona, S. Cardozo, Abdón Álvarez, Juan Martín Yanis, Gerónimo Pereira Cazal, Cecilio Báez, Adolfo Decoud, Leopoldo Gómez de Terán, José Billordo, Alfredo de Rocha Farías”. Así nació una entidad que, con más luces que sombras, sigue brindando invalorables servicios a la sociedad paraguaya; el Ateneo Paraguayo.
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