Pesebres paraguayos

Estamos en los últimos días de Adviento. Días más, horas más, en cada hogar de la geografía cristiana llegará el Niño. Llegará con su cargamento de esperanzas, que ojalá no se marchiten tan rápido como el ka’avove’i del pesebre.

¿Qué regalos le esperan? ¿Incienso, oro, mirra?Oro no tenemos. Mirra tampoco. Incienso... sí, aunque el árbol que lo produce está en franca extinción, por la deforestación y otras calamidades. Definitivamente, no podemos darnos el lujo de emular a los Reyes Magos obsequiando oro, mirra e incienso al Niño del pesebre. Pero no nos desesperemos. Regalos para el Niño sobran. Son auténticos, nuestros y muy sabrosos, y, además, aromáticos y coloridos. En esta época del año, la pródiga naturaleza de nuestro país estalla en una profusión de colores y sabores que hacen la delicia de todos, y qué mejor regalo podemos colocar en el pesebre que las más hermosas y sanas frutas de estación.

Mientras el sol de diciembre calcina las siestas con sus rayos de fuego, escondido bajo las protectoras, amplias y ásperas hojas sostenidas por carnosos tallos y pedúnculos, está el melón. Pese a su esfuerzo, no puede esconderse por mucho tiempo. Su aroma le delata y apenas asomado entre tanto verdor, protegido con virutas que manos pacientes habían colocado antes para evitar los inclementes rayos solares y las curiosas y ambiciosas miradas, el áureo manjar parece protestar tímidamente ante la indiferencia ajena reclamando su lugar en el pesebre.

Desde otros sectores del huerto, una fruta de apariencia agresiva también se hace notar. Con los primeros colores ya despide su aroma, aunque una profusión de espinas la protege mezquinosa. Es la piña, jugosa y rica. Un regalo para ese Niño de Belén, quien, prodigiosamente, nace a la vez en todos los hogares cristianos.

Allí cerca nomás, en el bosquecillo circundante o agazapado en el barbecho, de blanca carnosidad y duras semillas rodeadas de escamosa cáscara, la chirimoya, nuestro rico aratiku, presto se ofrece a formar parte de la sagrada ofrenda. Y ni qué decir de la dulce, fresca, dorada y jugosa naranja, cuyos pesados racimos cuelgan generosos hacia el privilegiado que sorbe sus vitaminosos líquidos.

Menos tímido, hasta agresivo, impertinente, el mango, ese inefable compañero de la vivienda (en todo lugar donde uno encuentra una planta de mango, por más aislado que se halle, significa que allí, alguna vez, estuvo una casa habitada), impaciente, sin esperar que los niños acudan a él, comienza a desparramar sus jugosos frutos, convirtiendo, paradójicamente, su generosidad en fastidio de las barrenderas y en fiesta de moscas y tábanos. También ¿no le parece tanta insolencia mantenerse indiferente ante tan desinteresado ofrecimiento?

¿Acaso no es buena alternativa al oro de los reyes de Oriente, el oro de sus fibras, de su jugo? ¿Acaso el aroma de la flor de coco, del melón o de la piña no reemplazan suficientemente el aroma de la mirra?, ¿o del incienso? En fin, no nos desesperemos. No tenemos oro, ni mirra y casi ni incienso, pero tenemos las frutas de temporada. ¿Qué mejor ofrenda para el pesebre? ¿No le parece?  

La flor de coco estalla en oro y perfume. Exhibiendo los filamentos de su racimo como si fuera un cometa anunciando el Nacimiento, o las rubias crenchas del duendecillo de las caliginosas siestas paraguayas, el Jasy Jatere de nuestra cada vez más lejana niñez, mientras los sabrosos frutos de otros cocoteros tempraneros, esparcidos en el suelo feraz, esperan ser recogidos por pícaros muchachitos para que con el exiguo fruto de su venta pudieran financiar los petardos que perturbarán la llegada del Niño Jesús. ¿Puede haber sincretismo más exacto donde se conjuguen elementos tan expresivos de una y otra forma de fe que en la Navidad paraguaya?
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