Praga, sobredosis de belleza

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La llaman el corazón de Europa. Praga es una ciudad única, es arte por dentro y fuera. Toda rosa y dorada al atardecer. Los viajeros se quedan prendados de ella. Bien cosmopolita, misteriosa y cautivante, es patrimonio de la humanidad y una de las veinte ciudades más visitadas del mundo. Por algo dicen que es la joya histórica de Europa.

Praha, como se dice en checo, tiene leyendas a cada paso, en cada rincón, en cada torre y en cada cúpula. Con más de diez siglos de historia, en ella se confunden los más variados estilos que ostentan sus iglesias, palacios y jardines que se levantaron desde la Edad Media hasta el Renacimiento y el Art Nouveau.

El Puente de Carlos IV es el monumento más famoso de la ciudad y fue construido en 1357. Une dos partes importantes intercomunicando entre sí todo el centro histórico, que a su vez comprende el Castillo de Praga del siglo IX, la Ciudad Vieja, el Barrio Judío y la Ciudad Nueva, que data nada menos que del año 1348. Carlos IV fue uno de los gobernantes más brillantes que tuvo el reino de Bohemia y el Sacro Imperio Romano Germánico en el siglo XIV. Gobernó de 1355 a 1378, época en que el país experimentó un florecimiento en todos los sentidos.

Bello por donde se lo mire. Al trasponer la imponente torre gótica del puente, se observa una treintena de esculturas barrocas a ambos lados. En medio del aluvión de turistas provenientes del mundo entero, se puede observar que todos los pasos conducen a un punto. “Seguir a la multitud” es la mejor brújula para llegar al lugar del martirio de San Juan Nepomuceno, donde hay una cruz con un halo de cinco estrellas, las que brillaban sobre el río Moldava aquella noche del año 1393, en la que lo arrojaron desde el puente.

La cruz se ve gastada, no tanto por el paso del tiempo, como los efectos de las manos que la frotan pidiendo un deseo. Siendo vicario general de la arquidiócesis de Praga, Juan Nepomuceno era el confesor de la reina consorte, Sofía de Bavaria. En un arrebato de celos, el rey Wenceslao IV de Bohemia quería estar enterado de los pecados de la emperatriz, pero el obispo se negó rotundamente a revelárselos, despertando su ira. El clérigo se mantuvo fiel a guardar el secreto de confesión y a no romperlo.

La fidelidad al voto de silencio la pagó con la vida. Fue canonizado en 1729 y es el santo protector contra las calumnias y las inundaciones que tantas veces golpearon a la ciudad. Su imponente tumba se puede visitar en la Catedral de San Vito.

Las otras esculturas más visitadas –entre una treintena– son las de Santa Lutgarda, la monja ciega que había recuperado la vista cuando besó las llagas de Cristo en una aparición; la de San Vito, el mártir del siglo III a quien habían arrojado a los leones para que lo devoraran, pero las fieras se rindieron a sus pies y le lamieron las manos. La conmovedora escultura de la Crucifixión ocupa el centro en un entorno rodeado de querubines, ángeles y mártires que conduce hacia el Castillo.

Praga produce la sensación de volver a su vida imperial y de trasladarse a otra dimensión, a través de distintas épocas de la historia de la civilización. Puede maravillar y agobiar a la vez. Obnubilar ante los monumentos y apremiar cuando el tiempo no alcanza para recorrer todo. Dormir es lo de menos y andar es la consigna. “Tiene muchos misterios; lo que más me ha gustado es pasear por las noches sobre el Puente de Carlos y ver el río”, dice Celita Fernández, una exestudiante paraguaya en República Checa.

Conocida como la “ciudad de las mil torres”, ninguna otra urbe europea tiene tantos monumentos ni torres como Praga. Barrios enteros están intactos. Pese a la ocupación alemana durante la Segunda Guerra Mundial, la ciudad nunca fue bombardeada, por fortuna.

En la Ciudad Vieja

Llegué a Praga a fines de la primavera boreal en un bus que salió de Viena, luego de unas cinco horas de viaje. Gabriella Onofre, una médica boliviana que realiza una especialización y trabaja a la vez en Praga, me hizo de guía.

En la terminal de Florence cambiamos dinero de euros a coronas para comprar un mapa de la ciudad y tique para el metro. No es una ciudad cara.

Luego de caminar unas callejuelas llegamos al epicentro de la Ciudad Vieja (Stare Mesto) con su famosa Plaza Central. Para caerse de espaldas. Uno no sabe hacia dónde correr para empezar a sacar las fotografías.

Data del año 1091 y se consolidó en el siglo XIII. Es uno de los espacios públicos más bellos de toda Europa con vestigios de todos los tiempos. Músicos, malabaristas de diversas partes del mundo y gente de todo tipo se confunden sobre sus adoquines. Los restaurantes y cafés ocupan las veredas y las calles para el más placentero momento en que los checos y los turistas saborean la cerveza más auténtica. “Los checos se divierten de una manera muy peculiar, la cual es beber cerveza hasta el último suspiro”, dice Celita Fernández.

Aquí se encuentra la Casa Municipal y el famoso reloj del Ayuntamiento. Data del 1490 y dicen que el relojero que lo reconstruyó, llamado Hanus, fue dejado ciego porque las autoridades de entonces temían que lo replicara en otro lugar.

Se trata de un reloj astronómico en el que la Tierra ocupa el centro y reproduce las órbitas del Sol y la Luna alrededor de nuestro planeta. Reproduce, al mismo tiempo, tres horas diferentes: la antigua hora de Bohemia, la hora actual y la hora babilónica. También muestra el movimiento del Sol y la Luna a través de los signos del Zodiaco, muy importante en el siglo XVI.

La subida a la torre da un panorama de lo que es una pequeña parte de la ciudad y allí arriba se nota un retazo de su cosmopolitismo. Chilenos, argentinos, japoneses, indonesios; en fin, turistas de todas las nacionalidades compiten por tomar las mejores fotografías.

Otra visita es el Castillo de Praga. Este castillo gótico es el más grande del mundo y la mayor fortaleza medieval del mundo. Es el sitio que dio origen a la ciudad de Praga mucho antes, en el siglo IX, cuando se convirtió en el centro del territorio gobernado por los premyslitas. Dentro de sus muros se levantan: el Palacio Real; tres iglesias: la Catedral de San Vito, la basílica de San Jorge y la iglesia del Santo Crucifijo; el Monasterio capuchino, callejones, parques, jardines y torres. Luego de un tremendo incendio que prácticamente destruyó los principales edificios en 1541, todo se reconstruyó en estilo renacentista. Su máximo esplendor lo alcanzó con Rodolfo II de Habsburgo, entre 1575 y 1611.

De este modo, fue sucesivamente residencia oficial de los reyes de Bohemia, emperadores del Sacro Imperio Romano Gemánico, presidentes de Checoslovaquia desde 1918 y de los presidentes de la República Checa tras la caída del comunismo.

Praga también es una ciudad de ensueño para las parejas. Muchos novios la eligen para pasar la luna de miel recorriendo sus callecitas escondidas, sus monumentos, paseando en barco por el río Moldava y contemplando la ciudad en el atardecer desde el Puente de Carlos IV. Es común ver a las parejas de recién casados recorriendo sus calles a pie o paseándose en sus tranvías iniciando una nueva vida iluminada con los colores rosa y dorado que hacen resplandecer a la ciudad al atardecer.

La devoción al Niño de Praga

Una de las iglesias más concurridas por los católicos es la de Santa María de la Victoria, de las Carmelitas Descalzas, donde está entronizado el Niño de Jesús de Praga.

Feligreses de todo el mundo llegan hasta el lugar para pagar una promesa o pedir un milagro. El Niño es especialmente milagroso para las mujeres embarazadas. La imagen está hecha en cera y se cree que perteneció a Santa Teresa de Jesús en Ávila, España, fundadora del convento de las Carmelitas Descalzas.

Según la creencia, fue hecha en España en el siglo XVI y pasaba de generación a generación entre condes y duques, a la vez embajadores perpetuos de la monarquía española en Praga.

La imagen llegó al convento de las Carmelitas de Praga en 1628, gracias a una dama de la aristocracia. Desde entonces ha sido venerada por fieles y papas. Benedicto XVI le donó una corona de oro en el 2009 durante su visita pastoral a la República Checa y la paraguaya Leila Rachid le envió un manto que se exhibe en el Museo de la iglesia.