El monocultivo

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Hoy en día, el monocultivo se ha convertido en la práctica de cultivar grandes superficies, en las cuales, con frecuencia, se procede previamente a la implacable deforestación de superficies forestales incluso protegidas por ley y al desecamiento de humedales y cursos de agua, en el caso del cultivo de arroz. Lo que ocurre además con la soja, tal vez el trigo y maíz son ejemplos en este sentido. Si bien desde el punto de vista económico, el monocultivo resulta exitoso y muy rentable para quienes se dedican al mismo, desde la perspectiva ecológica tiene consecuencias desastrosas para el ambiente, la biodiversidad de los campos, los ecosistemas adyacentes; el suelo y el agua, principalmente. (Ing. Agr. Fernando Díaz Shenker)*

No se trata de rechazar u oponerse a este sistema agrícola-empresarial-industrial e intensivo, que apunta lógicamente a obtener rentabilidad en base a una producción a gran escala mediante el uso prácticas tecnológicas de avanzada, con insumos adecuados a este modelo, sean fertilizantes químicos, semillas genéticamente modificadas, plaguicidas selectivos y no selectivos que, incluso, afectan a las abejas como principales polinizadores y, en consecuencia, productores de alimentos vegetales para el hombre.

DESAFÍOS

Sí se trata de evitar o al menos minimizar los problemas ambientales y de riesgos para el bienestar humano debidos a la contaminación e intoxicación que el monocultivo puede acarrear, inclusive a los animales y plantas. Y esto no resulta fácil por varias razones: la posibilidad real de ganancias a corto plazo para los países con modelo agroexportador como Paraguay, a expensas de un alto deterioro ambiental, fragilidad de las instituciones encargadas de velar por el cuidado del medio y el cumplimiento de las legislación respectiva, la globalización de los mercados y del comercio agrícola internacional, la demanda de granos como insumos para elaborar alimentos para consumo del hombre y de balanceados para el ganado estabulado, entre otras.

ALGUNAS CONSECUENCIAS

Los impactos ambientales y agronómicos del monocultivo no son nuevos. Por ejemplo, se comprobó la alta vulnerabilidad de estos entornos o ecosistemas modificados a los efectos del cambio climático y su mayor susceptibilidad al ataque de plagas y enfermedades (Altieri y Nicholls, 2004). La explicación es la siguiente: con el monocultivo disminuyen la diversidad biológica y los enemigos naturales de ciertas plagas, lo cual reduce la eficacia del control biológico de una determinada plaga, y por el contrario eleva su proliferación. Ante esto, se hace necesario aplicar plaguicidas más o menos selectivos, elevando así los riesgos de contaminación del aire, agua, suelos. Además, al desaparecer los entornos forestales, plantas, arbustos; especies animales y otros, los monocultivos se vuelven más vulnerables a los eventos climáticos extremos que provoca el cambio climático (sequías). Los insectos y animales que se alimentaban de otras especies como integrantes de una cadena trófica o alimentaria, desaparecen y por ende también sus depredadores. De este modo, se propagan las plagas que afectan al monocultivo y que obliga a utilizar insecticidas u otros plaguicidas de toxicidad y poder residual variables. Y este es un círculo vicioso que por lo visto y salvo excepciones no se logra interrumpir. Una investigación del Instituto Nacional de Tecnología Agropecuaria (INTA) Coronel Suárez, junto a la Universidad Nacional del Sur de Buenos Aires, Argentina, concluyó que el monocultivo de soja, reduce entre 20 y 30% el carbono del suelo; también en porcentajes variables los nutrientes y materia orgánica, lo que impacta a largo plazo en su rendimiento. Como el monocultivo requiere la aplicación de fertilizantes químicos, se eleva el riesgo de contaminación por ejemplo con nitratos, que pueden llegar a las fuentes de agua y volverlas peligrosas. Otro impacto pero éste de carácter social, es la expulsión de las poblaciones rurales y originarias de las zonas con cambio de uso, lo cual acarrea además una pérdida de la cultura ancestral, una reducción del nivel de seguridad alimentaria de los pobladores; incluso más miseria y migración. Sumado a lo anterior, ocurre un daño o deterioro turístico por cuanto se afectan paisajes con más o menos potencial para esta actividad.

CONCLUSIÓN

Se debe apostar a una visión y gestión productiva agropecuaria más ecológica, más amigable con el entorno que contribuya a restablecer equilibrios ambientales y con un uso más sostenible del agua, del suelo, preservando los bosques nativos e introduciendo la agroforestería como estrategia válida para implementar formas de agricultura y de ganadería tanto empresarial como de pequeña escala. Así se podrá hacer frente a la pobreza, el hambre, la migración rural de los jóvenes, la degradación ambiental y, en definitiva, mejorar la calidad de vida del hombre rural y urbano. Y aquí cabe una reflexión de Stephen Hawking: “El peligro radica en que nuestro poder para dañar o destruir el ambiente, aumenta a mucha mayor velocidad que nuestra sabiduría en el uso de ese poder”.

(*) Especialista en Comunicación Rural