Los demarcadores llegan a Santa Tecla

La firma del Tratado de 1750, que dispuso el abandono de siete pueblos de las misiones y su traspaso a la corona de Portugal, tuvo enormes consecuencias en esta parte del mundo.

Ruinas de la reducción jesuítica de San Ignacio Miní
Ruinas de la reducción jesuítica de San Ignacio MiníArchivo, ABC Color

El ambiente se iba enrareciendo ante la resistencia que mostraban los indígenas para abandonar sus casas y sus tierras, la presión constante que recibían por parte de los padres misioneros para comenzaran la mudanza y la presión que a su vez ejercían los portugueses y los españoles enviados por la corona sobre los padres comisarios para que obligaran a los nativos a abandonar los siete pueblos que estaban en disputa. Pero además del descontento de los indígenas, a causa de algunos tumultos en aquellos pueblos la vida de algunos padres misioneros parecía correr serio peligro.

En medio de este desconcierto general «Salió finalmente, como dijimos, el padre comisario del Yapeyú para Santa Fe el día 12 de marzo habiéndose el día antes tenido en las Misiones alguna escasa y muy diminuta luz, y confusa noticia de que los demarcadores españoles y portugueses iban al Ybicuy, habían ya llegado a Santa Tecla paraje sito en las cabezadas o hacia las vertientes del río Negro y de que con su llegada se habían algo inquietado lo indos de la estancia de San Miguel; lo que después de ido ya el padre comisario se supo con alguna mayor individuación y últimamente se supo con más todo lo resuelto en dicho sitio, y el no esperado reencuentro de dichos indios y demarcadores» (1).

«Fue el caso que en el ya dicho día 27 de febrero llegaron al mencionado paraje de Santa Tecla los demarcadores (en número, según he oído, de 400, mitad españoles y mitad portugueses) y como eran tantos, no pudieron dejar de causarles algún recelo a los indios, luego que los descubrieron; que más viéndolos tan bien prevenidos de armas, que más parecía que iban a pelear que no a demarcar. Los que así los descubrieron fueron 60 soldados indios miguelistas, que de ordinario estaban en dicho sitio, remudándose de tiempo en tiempo, y ahí defendían la estancia de sus ganados de los robos, que los infieles procuraban hacer de ella, así como los cristianos del Río Grande los hacían de las otras estancias de los otros pueblos vecinos a la de San Miguel, en la cual poco antes varios reencuentros de guerra que los miguelistas querían defender lo que era suyo, y los infieles quitárselo. Encontráronse pues estos 60 soldados con los dichos demarcadores, o se les hicieron encontradizos (que para el caso es lo mismo) habláronles y recibieron de ellos las cartas que don Echeverría, principal cabo de los españoles, don Francisco Bruno Zabala conocido de los indios y un padre de la Compañía que iba por capellán de las tropas les dieron para otro padre misionero, que residía de ordinario en la estancia o puesto principal de ella, llamado San Antonio, distante de Santa Tecla de 25 a treinta leguas; pero a la sazón, no estaba el padre allí, sino en el pueblo de San Miguel distante de San Antonio otras 95 o 100 leguas poco más o menos, según estoy informado de dos que varias veces las anduvieron. Los que le escribían suponían que el dicho padre estaba todavía en la estancia; pero el padre comisario lo había ya sacado de ella por el peligro que había de que los indios le quitasen la vida, según el informe que de este peligro dijimos que le había dado el cura que también quitó de San Miguel» (2).

PUBLICIDAD

«Es verdad que en su lugar había quedado en San Antonio otro padre. Mas como las cartas iban rotuladas no a este sino al otro, los indios las llevaron al pueblo; y como de él tenían sus recelos de que era uno de los culpados en el negocio de las entregas, ni aun en el pueblo le dieron las dichas cartas sino que de allí, sin decir que las llevaban pasaron con ellas a otro pueblo, en que estaba el superior, para enseñárselas y que así viese en ellas por sus mismos ojos la correspondencia que ellos sospechaban que tenía el padre con los que les venían a quitar sus tierras; pues aunque ya sabían que las dichas cartas no eran sino de españoles, pero de españoles tales que traían consigo a los portugueses que habían comprado sus dichas tierras y pueblos. Así aprehende la cabeza del indio lo que una vez se le encasqueta en ella. Oyóles el superior la declaración y los volvió a despachar a su pueblo; y volvió a él las cartas mismas, pero debajo de otra cubierta y rotulada a otro padre para que ocultamente la diese a quien iban, para que respondiese a ellas, y satisficiese en un todo a la tardanza de la respuesta que precisamente habían de extrañar dichos demarcadores quienes suponían en ellas que estaba el padre en la estancia, cuando no estaba, sino en el pueblo por los alborotos de la estancia misma» (3).

«Así lo hizo el padre pero con estas andanzas y extravío de dichas cartas precisamente la respuesta a ellas había de ser tardía, como lo fue, y aun ya totalmente inútil y fuera de tiempo. Porque casi al mismo que en las doctrinas se supo su llegada a Santa Tecla, se supo también su vuelta, a lo menos se supo muy pocos días después que estas cartas llegaron a manos del padre a que iban, y les había de responder. Por lo cual no fue posible precaver ni remediar lo que con dichos demarcadores hicieron los indios, no dejándoles pasar adelante en su viaje al Ybicuy. Y Uruguay; ni se pudo tampoco dar tan pronta respuesta que esta no llegase a la estancia 13 días después que los demarcadores se habían vuelto de Santa Tecla, habiendo al pueblo donde estaba el señor desde Santa Tecla cien leguas que andar y desandar» (4).

«Cuando el padre que estaba en la estancia supo que los demarcadores habían llegado a Santa Tecla quiso pasar a verlos, y cortejarlos. Mas los indios no quisieron permitir que fuese dándole por razón de que no convenía que fuese a verlos, la de que con los españoles iban también los portugueses, y que acaso si ellos querían hacer entonces con el padre lo que algunos años antes habían hecho con el hermano Villodas maltratándole e hiriéndole y finalmente llevándolo prisionero, o (lo que habían hecho antiguamente con el padre Alfaro superior de todas las misiones) quitándole, como a él, la vida con algún balazo. Otras razones, o sospechas acaso tendrían, pero por estas decían que no querían dejar ir al padre. Quiso por lo menos enviarles una carta. Pero aun esto hallaron no sé qué inconveniente, tales que tampoco quisieron llevarla. Y así, sin que tampoco el padre lo pudiera remediar se fueron y retrocedieron dichos demarcadores sin ni antes los saludase siquiera con una carta, ni ellos tampoco se la escribiesen, ni pudiesen ir a donde el padre estaba, si no preso, a lo menos imposibilitado de ir a verlos. Y esto es en suma todo el caso de Santa Tecla por lo que a nosotros toca» (5).

Notas

(1) Legajo 120, 54, Archivo Histórico Nacional de España, Madrid.

(2) Ibid.

(3) Ibid.

(4) Ibid.

(5) Ibid.

jesus.ruiznestosa@gmail.com

PUBLICIDAD

Te puede interesar

PUBLICIDAD
PUBLICIDAD