Un inquilino más de tu cuerpo

La vigilancia policíaca, la pandemia comunicacional y la exacerbación de la xenofobia, alimentada por los medios de comunicación y los chauvinistas de las redes sociales que celebran los cierres de fronteras, son algunos de los efectos sociales de la presente crisis. Sobre esto y más reflexiona el escritor Damián Cabrera.

Un inquilino más de tu cuerpo
Un inquilino más de tu cuerpoArchivo, ABC Color

Acerca del virus, su política y algunas poéticas.

1

Anochece. La ciudad parece desierta. No es una sensación inocua esta, ya que tuviste que caminar cuadras y cuadras y te erizó el vacío. Aunque vacío no es solo cuando algo se ausenta. Tratás en el brillante de acusar agrupaciones de personas, o animales desobedientes que rodeen un charco. Pero esta noche, incluso para aquello que se intuye resistente a la muerte, existe algo ante lo cual ser débil.

Insectos y perros conservan apetitos ruidosos que sobresalen ante el silencio de motores, pero eso habitual del sonido, que viaja ahora a través de las murallas, sin obstáculos, ve su estridencia potenciada, y puede ser incómoda. En lo deleitable de encontrar una ciudad tan solitaria la irrupción de elementos aún más extraños modifica las percepciones y el tiempo. Una alarma entró en nuestros hogares e hizo que de pronto viviéramos momentos importantes. Qué más da si sus significados han sido arbitrariamente amplificados, con desmesura. Vivimos momentos que sobresalen entre otros, como árboles de las galerías superiores en el bosque, y queremos identificar sus follajes.

La preocupación en torno al SARS-CoV-2 comenzó con una anécdota distante. Proveniente de lo más remoto para las posibilidades imaginadas en Paraguay —en términos geográficos—, tras la notificación del brote en Wuhan, China, el germen de su amenaza se instaló de inmediato en los medios de comunicación, en Paraguay, en el mundo, y proliferó. Primero ahí, bajo la forma de nombres: toponímicos, denominaciones víricas y siglas. Ha sido raro, sin embargo, que la patología no haya circulado con gentilicio, pero aunque éste no sea nombrado está ahí.

En su ensayo ¿Integrarse o subordinarse? Nuevos cruces entre política y cultura, Martín Hopenhayn sugiere que los países con mayor poder son los más audibles internacionalmente. Si ese poder es verificado en el creciente capital económico de China, y en sus redes tecnológicas, políticas y aun militares, dramatizadas a veces como un alegre e irrefrenable movimiento en dirección hacia las hegemonías de Occidente, no es de extrañar que la comunicabilidad del brote epidémico haya anticipado su potencia global. Y, sin embargo, hasta hace algunas semanas, su llegada parecía lo suficientemente antojadiza para permear las corazas de distancia e invisibilidad que constituyen el mejor escudo del Paraguay contra cualquier acecho de presente.

Claro que alguien mencionó calendarios: el retorno al país de inmigrantes asiáticos tras la conmemoración del año nuevo chino, sin que se precisara que el festival de primavera pudiera celebrarse en China, en Hong Kong o en Taiwán. No importó. Para las narrativas orientalistas, racistas y aun anticomunistas no son necesarias esas puntualidades; y argumentos calzaron de pronto y de pleno —fortuitamente quizás— en el símbolo oportuno de un patógeno. Patologizar la diferencia no es un ardid infrecuente, y sus mañas implican impugnaciones de hábitos, apariencias y hasta olores. No obstante, a pesar de una ideología hemisférica predominante que se beneficia del accidente del virus —cuya enfermedad, el Covid-19, ya ha sido oficializada como pandémica—, éste avanza concreto sobre los mapas.

Importa menos que el foco haya sido el mercado de una ciudad china, y más la velocidad. Porque lo que se infecta es el globo, o el sustantivo de una de sus dinámicas tanto celebrada como cuestionada: la globalización. Por tanto, a partir de una ecuación —que no es ley—es posible inferir que a mayor integración a los sistemas económicos globales, mayores probabilidades de infección en las primeras fechas. Y, salvo los accidentes migratorios, la insólita trazabilidad de las infecciones y las vulnerabilidades geopolíticas enunciadas ante el riesgo sanitario parecen guardar cierta correspondencia —al menos en el caso de Paraguay, en función de sus vecinos gigantes— con históricas relaciones sub-metropolitanas, e implican cierres de frontera más dramáticos que reales. Y, asimismo, si el Paraguay ha estado en una posición relativamente privilegiada ante el avance del virus, se habrá debido menos a las medidas de mitigación desplegadas de forma insólita por el Estado que a su escasa integración a la velocidad y el volumen de los mercados globales.

La celeridad de las decisiones políticas también es sintomática de la exacta constatación de que el sistema de salud pública es incompetente ante esta epidemia; lo fue ante la del dengue, que deprimió inmunológicamente a un gran sector de la población, ciertamente subcontabilizado, y al que no se le proveyó más insumos que la no recomendación de tratarse con el uso empírico de hojas de mamón.

Uno de los efectos ante los cuales hay que estar alertas en esta situación, en el abanico de medidas adoptadas por el gobierno ante la epidemia, guarda relación con la restricción de la circulación de las personas. Con seguridad comprensible desde un punto de vista epidemiológico, en tanto permite postergar lo más posible la epidemia ante la calamidad de la salud pública, pero que se enlaza a un deseo autoritario de control de los cuerpos. Así, los sectores que nos gobiernan parecen bastante cómodos en este estado de excepción, fueron hechos para eso.

La vigilancia policíaca que demanda identificación de los cuerpos parece buscar algún tipo de expiación, y aunque la posibilidad de circulación de un nuevo virus importune nuestras ya precarias condiciones sanitarias, su irrupción ha sido eficiente en el desplazamiento de alarmas en torno a virus ya endémicos.

Asimismo, la pandemia comunicacional ha sido un caldo de cultivo para formas exacerbadas de xenofobia, alimentada por los medios corporativos de comunicación y por chauvinistas de redes sociales que celebran los cierres de fronteras o acusan a quienes circulen más allá de ellas. No se trata, pues, de relativizar políticas de consumo, ni políticas de otros países, pero tampoco es menos cierto que ni en nuestras condiciones, ni en nuestra infraestructura pública ni nuestros hábitos no existan elementos censurables. En todo caso, ésta es una oportunidad para profundas revisiones, aunque sospechás de la celebración frente al supuestamente inminente desvanecimiento de las relaciones neoliberales que suscita el virus; según el cual la revolución vendría no del mérito de un esfuerzo de las clases oprimidas sino del accidente de una epidemia. Y, sin, embargo, los virus pueden modificar nuestros deseos, resignificarlos.

Aunque, también es cierto, nunca hemos estado solos. Ya están aquí, entre nosotros, invisibles. Han estado siempre, agazapados a la espera de lo oportuno para infectarnos con el don de ser hogares. Como le diría un infectólogo a su paciente, refiriéndose al cuerpo humano: «Somos muchos en este país, y éste es un habitante más de nuestro cuerpo».

2

El escritor islandés Sjón le dedica su novela El chico que nunca existió a su tío Bosi, muerto de sida en 1993. La novela, ambientada en una Reikiavik de 1918, azotada por la epidemia de gripe española, narra la historia de Mánni Steinn, un joven prostituto, homosexual y cinéfilo, personaje empleado como excusa para describir el modo en que las relaciones sociales y en particular las de los sujetos más marginados se ven modificadas con la irrupción de cada nuevo virus. Mánni Steinn ve sus condiciones de vida particularmente alteradas: cómo no, si el placer del cine es el riesgo de infectarse, levantar la vista y comprobar los rostros lívidos de quienes ya han caído enfermos y respiran el mismo aire de la sala; cómo no, si hasta el contacto físico constituye una posibilidad a ser evitada, e impacta de forma fundamental sobre aquellos cuerpos cuya satisfacción sexual o medios de subsistencia se ven obligados a recurrir a la clandestinidad. Y así lo personal es político: Porque la enunciación del riesgo del contagio cuerpo a cuerpo se traslada a estructuras superiores en que las aglomeraciones son proscritas, y las relaciones internacionales interrumpidas.

Como en Reikiavik, «alguna fuerza incontrolable se ha apoderado del país, algo histórico está sucediendo gracias a ella en Reikiavik [en Asunción, en Ciudad del Este] al mismo tiempo que sucede en el gran mundo de fuera».

Para Susan Sontag, los virus meramente epidémicos, como el de la gripe, resultan poco eficientes para su empleo como metáfora de la peste. No obstante, la epidemia del coronavirus podría modificar este régimen. Las alertas levantadas hicieron posible una transferencia de funciones de vigilancia sanitaria del Estado a la población, encargada en adelante de identificar y denunciar los indicios de enfermedad —ya sean sintomáticos, o indiciales en hábitos, prácticas viajeras y aun percepciones étnicas—. Abundan los linchamientos y exposiciones virtuales de identidad de personas que han realizado viajes internacionales, o sobre los que existe sospecha de infección. Dejar recaer —y alentar— en legos el policiaje de cuerpos permite que un régimen punitivista se ejecute; mientras el Estado, que por razones de Derechos Humanos no puede efectuarlo, puede excusarse de cometer excesos.

Y, sin embargo, policías y militares están en las calles, y su vigilancia policíaca es injertada como demanda, como deseo popular. Al riesgo de culpar indebidamente a quienes por sus condiciones materiales no puedan suscribirse a la consigna de quedarse en sus casas o evitar aglomeraciones para impedir el avance de la epidemia, se suman dos elementos: la transferencia de responsabilidades, según la cual si crecen los números de infectados, y eventualmente el sistema de salud se desborda, no será culpa del Estado inexistente sino de los desobedientes; asimismo, la xenofobia propiciada ya ha denunciado la aglomeración de «chinos» (taiwaneses) en Alto Paraná, ocasión aprovechada, según se denuncia ahora, para que policías puedan robarse fajos de billetes encontrados durante un allanamiento. (Cómo no recordar, pues, el lamentable incidente en que un ciudadano coreano acusado por sus vecinos de «comer perro» vio su casa atropellada, bajo la impávida mirada de los policías, a pesar de que, se comprobó después, los perros rescatados y raptados eran sus mascotas).

Finalmente, nos quedará —¿realmente nos quedará?— la esperanza de una eventual vacuna, nueva panacea ofrecida por las industrias farmacéuticas para el restablecimiento de nuestras libertades de circulación; nuevos condones químicos —como les llamará Paul B. Preciado— que modificarán nuestras ecologías sociales y la mediación de cuerpos.

guyrapu@gmail.com

PUBLICIDAD
PUBLICIDAD
PUBLICIDAD