El interludio epidémico o el día que abolieron el tereré

Crónica de una Asunción vacía por fuera y llena por dentro

El interludio epidémico o el día que abolieron el tereré
El interludio epidémico o el día que abolieron el tereréJuanjo Pereira

...Ahora debo dictar/escribir; anotarlo en alguna parte. Es el único modo que tengo de comprobar que existo aún. Aunque estar enterrado en las letras ¿no es acaso la más completa manera de morir? ¿No? ¿Sí? ¿Y entonces? No. Rotundamente no. Demacrada voluntad de la chochez… Se escribe cuando ya no se puede obrar. Escribir fementiras verdades. Renunciar al beneficio del olvido. Cavar el pozo que uno mismo es. Arrancar del fondo lo que a fuerza de tanto tiempo allí está sepultado. Sí, pero ¿estoy seguro de arrancar lo que es o lo que no es? No sé, no sé. Hacer titánicamente lo insignificante es también una manera de obrar. Aunque sea al revés. De lo único que estoy seguro es que estos Apuntes no tienen destinatario.

Augusto Roa Bastos, Yo el supremo, 1974.

Salgo de mi casa, me pongo los auriculares para caminar en soledad, a unos pocos minutos de haber salido me doy cuenta de que todo se escucha más fuerte de lo normal y estos sonidos electrónicos me empiezan a molestar. Decido escuchar el silencio. Voy caminando al supermercado más cercano, a unas 12 cuadras aproximadamente, en busca de pan para mi abuela. Que, por otro lado, no se enteró de que hay una pandemia mundial.

Recorro las calles de mi barrio en Asunción, pasan las cuadras y no veo a nadie, paso por muchas casas con guardias de seguridad privada, nos saludamos extrañamente, observo que ninguno tiene un termo de tereré. A mi caminar empiezo a escuchar el sonido proveniente de las radios y las televisiones desde el interior de los hogares, escucho muchos pájaros, no pasan motos, no pasan autos, no pasan personas, ni siquiera perros que me ladren. Me desvío del camino directo al supermercado para ir por una avenida, en busca de movimientos, en busca de sonidos. Llego a la avenida. Aparecen las olas sonoras de motores chocando contra el asfalto, que ya empieza a sentir su ausencia. Ésta solía ser una avenida de encuentros y desencuentros, de fricciones y de tensiones. Camino solo, nadie aparece en mi horizonte. Aquí sí aparecen motos, pero no llevan cascos, sí tapabocas.

Sigo caminando, siguen sin aparecer personas, bajo la mirada y encuentro guantes de plástico en el piso, hago unas cuadras más, encuentro más guantes, paso al costado de un basurero, muchas mascarillas y guantes, y el último guante que veo está doblado como un preservativo cuando es arrojado tras ser usado, ahora los guantes cubren las calles y los preservativos están encerrados en las cajas de las farmacias o en las habitaciones de las casas asuncenas, ya que además bajó casi un 70% el acceso a moteles en la ciudad.

Ahora en esta ciudad funcionan las máquinas, solo las máquinas suenan.

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No hay pánico, no hay miedo, sino silencio.

El humano moderno ya no conoce el silencio.

No sabe qué hacer con él.

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–¡Ojoikutupaitéta lo mitã hína, nderasóre, señora, hendy la situación! («¡La gente está a punto de acuchillarse, está difícil la situación, señora!»).

Una señora le dice esto a otra en la esquina de su casa. Le comenta que en la parada del colectivo con dirección a la capital es donde más tensión se siente.

–Y tenemos que llegar a tiempo a nuestro trabajo. Hace 3 horas que estoy en la parada. Y el chofer dice: «¡Shh…! No podemos llenar el colectivo». Y la gente ya no aguanta más.

La tensión se siente, las calles están vacías de personas, pocos autos pero desbordada de una energía que nos abraza a todos y todas, emerge desde el interior de las casas, aposentos, oficinas, asentamientos, mansiones, pedazos de madera, pedazos de cartón, y cubre el aire de la ciudad, es como el respirar lento y con arritmia de un cuerpo social que respira en conjunto después de mucho tiempo.

¿En qué se transformará este respirar en conjunto?

Según Byung-Chul Han hay dos caminos: o salimos de esta más «solos, agresivos o competitivos» o «con un gran deseo de abrazar, (de) solidaridad social, contacto, igualdad». Aquí, en esta parte del mundo, se está empezando a abolir el tereré, ya nadie lo comparte y son ciertos valientes los que enfrentan a la costumbre en soledad.

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Las aves de la ciudad se mueven libremente, se escuchan entre ellas, cantan y disfrutan; mientras los zorros y los lobos deambulan en momentos que escasea la hiperestimulación y sobran las especulaciones.

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En las situaciones desalentadoras la verdad exige tanto apoyo como el error.

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Estados Unidos ya tiene más víctimas que el 11-S de 2001. Una nota en un periódico extranjero. Y cito a Jean Baudrillard: «Hemos caído en el pánico inmoral de la indiferenciación, de la confusión de todos los criterios». En estos momentos cuando la cara más salvaje de los mass media empieza a salir a la luz y donde ya cada comparación por mínima que sea desencadena en la cuantitatividad del terror.

El terror es una condición en la cual lo imaginario domina completamente la imaginación. Lo imaginario es la energía fósil de la mente colectiva, las imágenes que en ella la experiencia ha depositado, la limitación de lo imaginable. La imaginación es la energía renovable y desprejuiciada. No utopía, sino recombinación de los posibles.

Ñamanombáta («Vamos a morir todos»), escucho en la radio al pasar.

Mientras tanto, en una ciudad a 300 km de Asunción, de nombre Ayolas, frontera con Argentina, se ha decidido cerrar la entrada a la ciudad con arena y un ataúd para persuadir a las personas de la peligrosidad de violar la cuarentena. Encerrados con la muerte de portero.

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Un día, algún otro día, otro día más, un día positivo, un día negativo, un día me di cuenta, un día va a terminar y un día va a empezar.

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Nos sentimos de vuelta en la época de la soberanía. El soberano es quien decide sobre el estado de excepción. Una historia bastante conocida en estas tierras.

Lorena, una vecina amiga de la familia, viene a visitarnos. Sufre trastornos hemorrágicos, necesita hacerse una intervención quirúrgica con inmediatez. Tenía un turno en un centro de salud público, aquí en Asunción. Es sabido que las instituciones públicas están plagadas de mitos y de leyendas, y una es la dificultad de obtener un turno para una operación. A Lorena le otorgaron un turno a finales del año pasado, para el 22 de abril del 2020. Estuvo viviendo como pudo estos últimos meses, esperando esta operación para poder detener su hemorragia. Llegó el coronavirus, se cerraron las fronteras, se cancelaron los turnos en los hospitales.

–Cuando se resuelva este tema vamos a ver si te podemos dar un turno para diciembre.

Ella sigue sangrando, ella sigue esperando.

«La limitación de la libertad impuesta por los gobiernos es aceptada en nombre de un deseo de seguridad que ha sido inducido por los mismos gobiernos que ahora intervienen para satisfacerlo», dice Giorgio Agamben. Así se aceptan cambios radicales impulsados por los mismos gobiernos que lucen su soberanía vendiendo paranoia como producto, y legitimidades como falta de constitucionalidad. Dejando a Lorena como a miles de otras y otros a la espera. Sangrando.

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Prendo la televisión, veo Hormigas, película de animación sobre una colonia de hormigas. En la escena final el personaje principal dice: «Pensar que somos parte de un mundo más grande que no podemos ver», la cámara se aleja cada vez más de la colonia hasta mostrar los rascacielos de una ciudad, llegando a hacer ínfimas a las hormigas. El encuentro con el virus es nuestro encuentro íntimo con una forma de vida no humana, un encuentro con otro reino, específicamente en lo que tiene que ver con nuestra relación con la vida invisible.

En la historia de la humanidad han existido pestes anteriores en ocasión de encuentros de lo humano con lo no humano que han puesto en la cuerda floja creencias y han transformado formas de sociabilidad. Pero esta vez no se atribuye a una ira divina, sino a la agencia del hombre –virus cepa de laboratorio, arma del imperialismo o instrumento de gestión de crisis del sistema. Aunque no atribuimos la aparición del coronavirus a un castigo divino, Dios nos sigue vigilando desde las alturas, y esta vez, desde un helicóptero de la Fuerza Militar, monseñor Edmundo Valenzuela recorrió la ciudad de Asunción impartiendo su oración para el coronavirus, oró por médicos y enfermos, por una pronta recuperación de la crisis.

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Salgo del supermercado, giro la cabeza a ambos lados, no veo a nadie, detengo la mirada y veo a un hombre sentado en la parada de colectivo. Me mira, tiene una sonrisa muy particular, está tomando tereré y tiene una canasta de chipas al costado. Me acerco. Es un vendedor de chipa. Me sonríe.

–¡Mba’etéko la porte, don! («¿Cómo anda, señor?»).

–¡Tranquilo!

Me mira con una sonrisa, mientras toma su tereré.

–Ko asunto kóako ohasáta che amigo, no te preocupes («Este problema va a terminar, amigo, no te preocupes»).

Mueve la cabeza con gesto amical, como dándome un consejo con confianza de amigo muy cercano. Nos miramos unos segundos, yo asiento con la cabeza y me despido, doy media vuelta y me retiro. Pasan unos segundos, freno, voy junto al chipero y le pregunto la hora, a lo que él me responde: 14:15.

Llego a mi casa, veo la hora y son las 13:35; me parece raro. En Paraguay se atrasó la hora el 22 de marzo. El chipero nunca cambió su hora, él vive una hora antes que el resto y no lo sabe; capaz su desconocimiento, su pertenencia a un tiempo pasado es lo que alimenta su calma. Al igual que mi abuela, que lleva más de 20 días sin saber que vivimos en una sociedad enferma que espera curarse de sus propias enfermedades y miedos. Ella y el chipero comparten un sentimiento que muchos estamos lejos de experimentar.

juanjopereira45@gmail.com

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