La horda democrática en ebullición

Sobre la democracia como tótem y tabú escribe hoy Francisco Tomás González Cabañas desde Argentina en exclusiva para los lectores del Suplemento Cultural.

Sigmund Freud (1856-1939).
Sigmund Freud (1856-1939).

Sobrevivimos en un presente continuo que solo encuentra una definición precisa en lo que Paco Vidarte llama «horda». Los índices de pobreza, marginalidad y deshumanización nos arrojan a los archipiélagos de excepción que habitamos y para los que aún mantenemos, solo en las formas, la semántica de lo democrático. Una zoociedad, vinculada a tal precepto de lo animal, que privilegia lo instintivo, requiere una política integrada por políticos que tengan como único fin el aprovechar la oportunidad. Esta perspectiva individual ante el mundo expresa lo manifiestamente venal. Es, ni más ni menos, una reacción natural y darwiniana a la que responden los cuerpos en la trama sin razón que propone la horda.

Escribió Freud: «Se da, en efecto, el hecho singular de que los hombres, no obstante serles imposible existir en el aislamiento, sienten como un peso intolerable los sacrificios que la civilización les impone para hacer posible la vida común» (1). Conjeturando que somos los herederos de los parricidas que describió el vienés en Tótem y tabú, venimos de aquella horda primitiva que funda nuestra cultura y que estableció –como elemento totémico– que pensar por fuera de lo democrático sería tabú. El totemismo se inscribe como institución de un lazo más fuerte que el lazo de sangre o familiar, al decir de Frazer (citado por Freud). El «tabú», que se traduciría como «horror sagrado», determina prohibiciones carentes de fundamentos. Es «el código legal no escrito más antiguo de la humanidad», como refiere Wundt, citado también en dicha obra de Freud.

Escribe el sicoanalista Enrique Carpintero que «desde que el mundo es mundo, a excepción de breves períodos históricos y en determinados países, existe una empresa dirigida desde el poder para organizar el sometimiento de los pobres. Este hecho fue ocasionando contradicciones y tensiones que se han resuelto de diferentes maneras en cada momento histórico, ya que es imposible pretender que los seres humanos vivamos según el orden del hormiguero o del panal» (2).

La democracia se constituye como «significante amo» o «significante extenso» en su doble rol de tótem y tabú, inaugurando un estadio que rompe el espejo de la mismidad para dar curso, cómo síntoma de lo carente, al individuo escindido, mutilado, que luego será sujeto representado en la faz pública o política.

Por más que lo democrático pulule como fantasma en todo momento, estudios estadísticos hablen a las claras de la pérdida de credibilidad del tótem. Pero funge como penalidad el horror sagrado del tabú: se habla de cuán mejor podría ser lo democrático, pero nunca se habla de descartarlo o suprimirlo en un nivel teórico o práctico. Plantearse el imposible de sustituir lo democrático sería matar al otro, liberar la pulsión de muerte en que nos invaginamos como sujetos con una sola forma o manera de organizarnos. En términos políticos, de derecha a izquierda, la democracia solo es entendida y explicada desde conceptos primos o relacionados: sistema, poder, capitalismo, producción y demás epítetos que permiten lo único permitido por el tótem: la crítica solapada o parcial a lo democrático.

Para León Rozitchner, «El orden simbólico que nos organiza, como conciencia moral, tuvo su origen en la forma humana sensible del otro que, por identificación redoblada, nos hizo ser. Éramos todo y parte al mismo tiempo: lo bueno estaba adentro, lo malo afuera. Pero, en realidad, en la forma del otro estaba también organizándonos, desde adentro de nosotros mismos, la forma obligada de toda satisfacción. Quedamos aferrados al otro sensible cuyo orden, sordamente, nos regula con su modelo de ser que delimita, dentro de nosotros mismos, el contorno de nuestra propia carne. El debate, adultos ya, se continúa en este campo interior donde la semejanza germinal con el otro que nos habilito´ a la vida, se abre como diferencia meramente subjetiva en la conciencia del yo. De este modo, la relación adulta individuo-mundo exterior se transforma, regresión mediante, en una relación individuo-individuo» (3).

Desde la Revolución francesa hasta hoy, en la asamblea, en las calles o en las elecciones, a nadie le importó que una facción política prevaleciera sobre otra. Hasta hace unas décadas, la excusa para el desenfrenado deseo de la imposición (nada tan poco democrático como imponer) se discernía por las ideologías de los contendientes en las lides políticas. De un tiempo a esta parte, tal máscara cayó dejando al descubierto rostros de hombres y mujeres que se disputan el poder de forma animalesca, por instinto salvaje de predominio. En la arena electoral, hace tiempo dejamos de ver confrontaciones de ideas o principios; solo quedan luchadores disputándose el dominio para brindar a los suyos los privilegios ganados, prometiéndole al público espectador que alguna vez será parte del ejército de los vencedores si se dedica a aplaudir al terminar la función.

La transgresión del tabú la mayoría de las veces se paga con la muerte. Evitar el cumplimiento irrestricto de la máxima de que la última ratio es la violencia, principio performativo tan poco democrático, tendría que corresponderse con desacralizar lo totémico en que hemos constituido a lo democrático.

La única manera que no implica la ruptura de lo humano (como sinónimo de quien evita la violencia o la agresión concreta) tiene que ver con el mundo de los conceptos y la palabra. Cuando la democracia deje de ser totémica podría significar, lisa y llanamente, pensamiento con emociones, comunicación con prioridades, conversaciones o diálogos.

La irrupción viral de lo incierto exige la participación de hombres y mujeres –de acuerdo a lo que seamos o cómo nos percibamos– dedicados al pensamiento, la filosofía, las artes, todo aquello que no tenga traducción inmediata en el campo de lo político. El principal problema que hace tiempo enfrentamos tiene que ver con la dificultad de entendernos y fijar prioridades. Seguir permaneciendo al margen sería un error.

Notas

(1) Sigmund Freud: «El porvenir de una ilusión», en: Obras completas, tomo VIII, Madrid, Biblioteca Nueva, 1927.

2) Enrique Carpintero: La alegría de lo necesario. Las pasiones del poder en Spinoza y Freud, Buenos Aires, Topia Editorial, 2007.

3) León Rozitchner: Freud y los límites del individualismo burgués, México, Siglo XXI, 1998.

franciscotgc@gmail.com

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