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La prisa y la velocidad del sujeto hipermoderno, ¿cuánto ayuda a participar en lo político? ¿El deber ser actual es ser simplemente un ser más rápido?
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La fórmula social actual pasa por un imperativo. Esto se expresa en la actualidad como la exigencia de: ¡éxito a cualquier precio! El imperativo es: ¡usted, disfrute, no diga nada, solo haga! El otro está para eso: el trabajo, los hijos, el matrimonio, el partido está para ser gozado y sin espera ni tolerancia o paciencia; es sin dedicación, finalmente, en su consecuencia. Los lazos sociales hoy se diluyen en busca de relaciones que se ajusten al goce pleno instantáneo e inmediatista. Es por eso que nuestra sociedad, en momentos de crisis sociales, puede responder a los excesos de exigencia del tener para gozar plenamente, con un comportamiento evitativo, con aislamiento y distancia como forma de hacer frente a la hiperestimulaciones. Se busca como defensa un aislamiento de los estímulos.
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¡Marchemos y trotemos al ritmo maquinal cibernético! Es esta la consigna en salud, educación y trabajo, sin saber qué salud, educación o trabajo consumimos o procuramos. Los lazos estables y familiares se van perdiendo con el sujeto hipermoderno. Un sujeto apurado, lleno de objetos a su alrededor y que solo busca reparar o consolar sus faltas inmediatas con lo que se le presenta a mano. En nuestro tiempo de la tecnociencia y el capitalismo, los objetos de consumo son algo impuesto. Se los presenta como respuestas y soluciones ya hechas y listas para el uso. No son buscados por nuestro deseo y, al ser objetos impuestos por los imperativos del mercado consumidor, nos obligan a trabajar por ellos. Podemos poner en paralelo, dice la psicoanalista Colette Soler: las palabras impuestas de la psicosis con los objetos impuestos de la civilización. Vivimos divididos entre el trabajo deseado y el obligado, entre la educación deseada y la obligada, la política deseada y la obligada, la que se nos impone, y así pasa con el amor, la familia, la salud, etc. El superyó de nuestra época no corresponde, como diría el psicoanálisis, a una instancia psíquica o ley reguladora del goce y el vínculo social, no impone una restricción al goce inmediato, y si se presenta en función paradojal de imperativo a hacia el gozar en desubjetivación e irresponsabilidad ante el otro del vínculo.
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Una de las consecuencias constatables es esa desubjetivación es lo que se viene manifestando en nuestros días como un dejarse llevar por las imágenes, apatía subjetiva que se expresa como ausencia de debates en la cultura y la desesperanza que apunta a la falta de sueños de cambio, de utopías de sujeto, en relación a sus deseos por lo nuevo. Uno de los efectos más evidentes de ese atropellamiento del deseo, su desubjetivación, es eso que la psiquiatría nombra como “síndrome depresivo” en incremento en la actualidad. Usando ella, ese término “síndrome” por no saber nada, o nada elaborar, sobre las causas que determinan al sujeto de la depresión, a no ser, algo del orden de perturbaciones cerebrales en los neuro-transmisores y sus componentes químicos. La psiquiatría, la de la industria farmacológica, se muestra así, en coherencia con el discurso de la ciencia, que tampoco nada quiere saber del deseo y del sujeto que desde allí se constituye. En contrapartida, desde el psicoanálisis, no hay ninguna duda en afirmar que la depresión es el efecto de que un sujeto no puede contar con su deseo.
Ágape Psicoanalítico Paraguayo.