Breve semblanza de Louis Pauwels

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Hace unos años, llamó mi atención la raída tapa de un libro de bolsillo; se trataba de El retorno de los brujos, expuesto en una librería asuncena. La tapa mostraba una caricatura vudú o algo así. Lo compré, por supuesto, lo leí –tengo que admitirlo, no sin cierto recelo a la concepción de ideas que antes no se habían presentado a mi mente– y terminé considerándolo en su sitio de honor, como una de las grandes obras del pensamiento humano que decora atiborrada, junto con unos escasos volúmenes, mi biblioteca. Así conocí las letras y, a la postre, las ideas, de dos grandes pensadores franceses. Me referiré a uno de ellos.

El 29 de enero de 1997, el diario Clarín, así como otros medios de prensa se hacían eco de la noticia del deceso del escritor y filósofo francés. En su momento había dictado una charla magistral acerca del Humanismo del tercer milenio, en la sede mismísima de la Facultad de Derecho y Ciencias Sociales de la Universidad de Buenos Aires. Pauwels, desde joven, se dedicó al análisis político, y lo siguió haciendo en la dirección de la revista del diario Le Figaro. Se autodefinía como “un hombre de derecha”. En diciembre de 1964 llegó a Buenos Aires, donde recordó a la prensa esa famosa frase nazi: “Cuando oigo la palabra cultura saco el revólver” y explicó que la había modificado: “Cuando oigo la palabra revólver saco la cultura”.

Su obra coronada en 1960, El retorno de los brujos, en coautoría con Bergier, resultó un best-seller que se discutió acaloradamente en todo el mundo.

La pluma luminosa de Pauwels se advierte desde las primeras páginas del libro: “Este libro resume cinco años de búsqueda, en todos los sectores del conocimiento, en las fronteras de la ciencia y la tradición… Es posible que no haya perdido todo mi tiempo marchando hasta el final de mi propio camino. Los hombres no encuentran lo que se merecen, sino lo que se les asemeja. Durante largo tiempo, busqué, como quería el Rimbaud de mi adolescencia, ‘la Verdad es un alma y un cuerpo’. Y no lo logré. En la persecución de esta Verdad, perdí el contacto con las verdades pequeñas que hubiesen hecho de mí, no ya el superhombre al que llamaba con todo mi anhelo, sino un hombre mejor y más unificado de lo que soy. Sin embargo, aprendí cosas preciosas sobre el comportamiento profundo del espíritu, sobre los diferentes estados posibles de la conciencia, sobre la memoria y la intuición, que no hubiese aprendido de otra manera y que debían permitirme, más tarde, ver lo que hay de grandioso, de esencialmente revolucionario en la cumbre del espíritu moderno: la interrogación sobre la naturaleza del conocimiento y la necesidad apremiante de una especie de transmutación de la inteligencia… Me había impedido también aceptar este mundo como una cosa natural y, simplemente porque era el mío, aceptarlo en un estado de conciencia adormecida, como hacen la mayoría de las gentes… Vi las cosas antiguas con ojos nuevos, y mis ojos eran también nuevos para ver las cosas
nuevas”. (Sic).

Al parecer, Pauwels tenía cifradas esperanzas en el Ser Humano. En la obra, los autores se zambullen en lo más profundo del origen del hombre y su devenir. Tratan temas de toda índole que le permiten tejer una red de conocimiento que al final resulta muy efectiva a los fines de la obra.

Cobra actualidad el legado de Pauwels/Bergier, ya que es a los sistemas económicos y políticos actuales de todo el mundo a los que interesa que el hombre esté en plena conciencia de sus facultades; aunque los regímenes de corte dictatorial sostengan, en una posición cínica, el “cuanto más estúpido, mejor”. Es decir, los autores no se quedan simplemente en la autocomplaciente idea del Ser Humano, sino más bien nos han dejado un admirable puente, para que nuestro entendimiento comprenda que el universo es mucho mayor de lo que parece, y que tenemos facultades aún por desarrollar en un futuro venidero.

Ponen de manifiesto a la ciencia denominada por muchos como “maldita”, la alquimia, afirmando que ella podría ser uno de los más importantes residuos de una ciencia, de una técnica y de una filosofía perteneciente a una civilización desaparecida, a lo que añaden: “… el alquimista, al final de su ‘trabajo’ sobre la materia advierte, según la leyenda, que se opera en él mismo una especie de transmutación. Lo que ocurre en su crisol ocurre también en su conciencia o en su alma. Hay un cambio de estado. Todos los textos tradicionales insisten en ello y evocan el momento en que se cumple la ‘Gran Obra’ y en el que el alquimista se convierte en ‘hombre despierto’. Nos parece que estos viejos textos describen de esta manera el término de todo conocimiento real de las leyes de la materia y de la energía, comprendido el conocimiento técnico… No nos parece absurdo pensar que los hombres están llamados, en un porvenir relativamente próximo, a ‘cambiar de estado’, como el alquimista legendario, a sufrir alguna transmutación”. (Sic).

En realidad, vemos que Pauwels sostiene en forma implícita la importancia de que el hombre sea educado bajo la égida de los valores universales. Esto, al decir de Pauwels en varias expresiones públicas, ya fuera de la obra, permitirá tener gobernantes del perfil de Marco Aurelio, y ciudadanos íntegros como Sócrates. Para Pauwels, la verdad jamás triunfa en forma inmediata, pero termina haciéndolo. Esto ocurre porque sus adversarios han salido de escena y las nuevas generaciones, gradualmente, vienen a la vida con mentes más abiertas y con menor grado de prejuicios para las verdades anteriores.

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