Margarita Durán Estragó
Recién en 1842 se contó con el Cementerio General de la Recoleta, cuyo primer antecedente fue una Cédula Real de 1805, en la que el rey envió al gobernador Lázaro de Ribera el plano de lo que podría ser un cementerio en los extramuros de la ciudad.
Al ser consultado el Cabildo de Asunción, dicha corporación manifestó que se le debía dar "puntual cumplimiento por el decoro de la religión y templos, sino también por el interés de la salud pública, pues la experiencia persuade que siendo el aire uno de los principales agentes de la vitalidad y debiendo este inficionarse con los vapores que exhalan los cuerpos sepultados, no puede dejar de padecer la humanidad cuando respira casi en el mismo centro de la pestilencia, debiendo atribuirse a estos tantas enfermedades" (sic).
El Cabildo decidió publicar por bando la real cédula "para que se destierre decía el fanatismo de los que están imbuidos en el pernicioso principio de que la religión se interesa en la sepultación de los cadáveres dentro de las iglesias".
El entusiasmo de los cabildantes por poner en ejecución aquella cédula fue grande. Se habló de ceder un espacio cuadrilongo amurallado por los cuatro ángulos con palos a pique y sin techumbre alguna, colocándose una cruz para que ese instrumento de nuestra reparación denote la religiosidad del lugar. Se estudió también la posibilidad de conseguir fondos para la fabricación de una capilla y un cuarto para el sepulturero.
Pese a todas las disposiciones, incluso a la instalación de un camposanto en las afueras de la ciudad, el sitio no llegó a utilizarse. Las iglesias y conventos siguieron recibiendo en su seno a sus "feligreses" difuntos, como lo venían haciendo desde antaño.
Durante el consulado de Carlos Antonio López y Mariano Roque Alonso se creó el Cementerio General de la Recoleta (1842); el lugar elegido fue el predio del antiguo convento de los franciscanos recoletos, extinguido por orden del Doctor Francia, como todos los demás claustros del Paraguay, en 1824. Aquella medida respondía a la necesidad de contar con un cementerio en las afueras de la ciudad. La orden de los cónsules se extendió a todos los pueblos del Paraguay, que en poco tiempo contaron con cementerios alejados de los templos.
En tiempos de la independencia, los lugares de enterramientos dependían, por lo general, de la jurisdicción eclesiástica donde vivía la familia del difunto, aunque algunos lo prevenían y dejaban consignada su voluntad en testamentos. Los posibles sitios en Asunción eran la iglesia Catedral, la parroquia de la Encarnación, San Roque, y las iglesias conventuales de dominicos, franciscanos y mercedarios; en algunos casos se destinaba un "lance" de tierra para cementerio, anexo al recinto sagrado, como el de la Encarnación (actual calle 15 de Agosto y Avenida de la República).
En el interior del país se hallaba la iglesia conventual de los franciscanos en Villa Rica, los templos parroquiales de cada pueblo y las capillas de estancias de religiosos, donde toda la población que trabajaba en ellas era afrodescendiente, tal el caso de Areguá, propiedad de los mercedarios, y Tabapy (Roque González de Santa Cruz), de los dominicos.
En las reducciones guaraníticas, más precisamente las que habían sido fundadas por jesuitas, junto a la iglesia había un cementerio de buena extensión y otro en las afueras del pueblo para las inhumaciones de apestados. Un ejemplo claro de ello es el cementerio de la ciudad de Encarnación, creado en 1844; el sitio escogido fue el mismo que usaban los jesuitas, y tras su expulsión los franciscanos, en casos de epidemias, y que "se hallaba bendito señalaron entonces algunos indígenas del lugar debido a que el día de la conmemoración de los difuntos concurrían allí los curas a hacer sufragios por las almas".
Antes de contestar a la pregunta que nos hicimos de entrada, conviene conocer las costumbres y tradiciones que en torno a la muerte y sepelio estaban en uso, en tiempos de la Independencia Nacional.
Nada más pertinente que los comentarios de Rengger, contenidos en su libro "Viajes al Paraguay 1818-1826", época en la que fueron fusilados algunos de los Próceres; unos en la plaza pública y otros en los cuarteles que servían de cárceles a los reos del Estado, además del suicidio de uno de ellos.
Veamos lo que nos dice el autor al respecto: "A partir del momento en que una persona ha expirado, se ubica el cuerpo sobre una mesa o sobre un banco para lavarlo y vestirlo de inmediato. Después de haberlo extendido bien, ligados los dedos gordos de los pies por medio de un hilo negro, y sujetados los brazos en cruz sobre el pecho o el abdomen, se lo envuelve sencillamente en un lienzo blanco o se le viste con una túnica blanca a la que se ha ajustado una capucha. Desde la época en que había conventos en el Paraguay, las personas desahogadas compraban un hábito en desuso, pagando entre 12 y 15 piastras (monedas) y disfrazaban a sus muertos con esta sucia y ridícula vestimenta. Como los monjes supieron ligar las absoluciones a estos hábitos, las personas pobres trabajaban a veces durante años para poder procurarse uno de estos andrajos antes de morir. Una vez que el cuerpo está preparado, se lo ubica en una especie de ataúd de los que cada iglesia posee uno o dos. Se trata de un cajón enrejado a través del cual se ve el cuerpo y que solo se utiliza para transportarlo hasta la iglesia. El ambiente en que se lo expone está lo mejor adornado posible. Un crucifijo con cirios bendecidos se ubica en la cabecera del féretro y otras velas arden a cada lado".
"Después de la exposición que tiene lugar en la habitación del difunto, se recubre el féretro con un paño negro y el cuerpo es transportado a la iglesia. Monaguillos llevando cruces encabezan la marcha, y uno o más sacerdotes lo siguen. Después del féretro siguen los parientes del difunto, primero los hombres y después las mujeres, de dos en dos o de tres en tres. En el camino se hacen estaciones (posas), es decir, se deja el cajón en medio de la calle donde los sacerdotes entonan responsos. El número de sacerdotes, el de los responsos, posas, la cantidad de cruces y la belleza del paño mortuorio dependen de la fortuna del difunto o de sus deudos, porque cada una de estas cosas tiene su tarifa, y un entierro puede costar de 12 a 100 piastras (monedas)
Después del servicio que se hace en la iglesia, se retira el cuerpo del ataúd, y dos hombres lo ubican en la fosa, que es muy raro que tenga más de 4 pies de profundidad. A continuación se arroja tierra encima, aplastándola con grandes pilones. Para que la totalidad de la tierra extraída pueda ser ubicada en la fosa, se arroja agua de tanto en tanto. Esta triste operación se efectúa casi siempre a la vista de los parientes del difunto".
Tal como ya lo señaláramos en su momento, Rengger también hace mención de los lugares de las tumbas que se pagan, como todo lo otro: "Son más caros cuanto más próximos están al altar mayor. En la catedral los más alejados cuestan dos piastras, en tanto que los que se hallan a los pies del altar mayor cuestan 25 piastras".
El hecho de remover constantemente los pisos de los templos para estos sepelios llevó al autor a destacar que el pavimento cubierto con ladrillos siempre era irregular "por el desplazamiento cotidiano del mismo". Agregó aún más: "A menudo se ve enterrar en sitios en los que los cuerpos que han sido inhumados con anterioridad no han terminado aún de descomponerse. Huesos cubiertos de carne y hasta cuerpos enteros semidescarnados son retirados de la tierra para hacer lugar a un nuevo cadáver; y esto al mismo tiempo que se dice la misa en los diferentes altares".
"Aunque las clases superiores empiezan a darse cuenta de que esta costumbre es dañosa señala con cierta esperanza de cambio el pueblo y una parte del clero están tan apegados a ella que nadie osa protestar contra el abuso. Sin embargo, el obispo que precedió al actual había bendecido un campo en las afueras de la ciudad para que sirviera de cementerio, pero como nadie estaba obligado a enterrar allí a los muertos, ninguno quiso comenzar" (1). Comenta el autor al respecto que el único que podría haber conseguido el cambio era el Dictador Francia, pero que en esto no se impuso.
Los sepelios en el interior del país presentaban sus variantes, por encontrarse la casa del fallecido a menudo a una distancia de cinco a seis leguas de la iglesia; en estos casos, se transportaba al muerto en una carreta hasta la entrada del templo. "Dos o tres parientes se meten en el mismo carro, mientras que los otros siguen en diferentes vehículos. Los hombres acompañan este cortejo a caballo. Todos tienen los cabellos desgreñados en signo de duelo. Se acostumbra que durante el camino las mujeres entonen sus lamentos cuando se pasa delante de una casa o cuando el cortejo se aproxima a la iglesia".
Desde los tiempos coloniales, los miembros del Cabildo asistían en forma corporativa a los sepelios de sus pares, esposa o hijos legítimos y cargaban el cuerpo en la primera y última posa, antes de la sepultura.
En cuanto a la vestimenta de duelo de las mujeres, Rengger señala que la misma resultaba de lo más incómoda. Cuando se trataba de parientes próximos, como las viudas, hijas y madres de los Próceres, estas debían usar "un vestido y una manta de bayetilla, que es un lienzo grueso tejido de lana; las vestimentas de los hombres eran de lienzo negro".
Una vez conocidas las costumbres de la época, nos resultará más fácil imaginarnos cómo fueron enterrados los Próceres y para eso necesitamos conocer el lugar donde reposan sus restos. Sabemos que la mayoría de ellos contaba entre 20 y 25 años de edad, por lo tanto, solo una muerte violenta pudo haberlos llevado tan prematuramente.
Los principales jefes de la Revolución de Mayo de 1811 estuvieron implicados en la fallida conspiración contra la vida del Dictador Francia, pensada para el Viernes Santo de 1820, hecho que produjo una dura represión entre los años 1821 y 1823, aunque a otros los confinó en las cárceles durante años para luego pasarlos por las armas.
Recordemos que las Partidas o Libro de las Leyes seguían vigentes desde la Colonia: la Séptima Partida correspondía al Derecho Penal. Esta ley era esencialmente represiva y el crimen más grave era el de lesa majestad; vale decir, el atentado contra la persona del monarca; en este caso, contra la del Dictador Francia. El traidor debía morir de la manera más cruel e infame y perder todos sus bienes a favor del Estado; en sus hijos se les hacía recaer la infamia de sus progenitores. Esta ley estuvo vigente en el Paraguay hasta 1880.
Antes de la prisión, el encausado era conducido a la sala de la verdad. Allí sufría el desdichado cien a doscientos azotes en la espalda para luego seguir con el interrogatorio. "Esta operación se repetía algunas veces cada dos o tres días con un mismo individuo, hasta que sus respuestas satisfacían al Dictador". (Al mismo estilo del dictador Alfredo Stroessner).
Al término de la información sumaria se procedía a la ejecución y eran fusilados hasta ocho hombres a la vez. Un testigo de aquella época dejó escrito cuanto sigue: "Uno solo, don Pedro Juan Caballero, tomó el partido de liberarse del tormento y del último suplicio, dándose la muerte. En una de las paredes de su calabozo (2) se encontraron escritas con carbón estas palabras: Yo sé bien que el suicidio es contrario a las leyes de Dios y de los hombres, pero la sed de sangre del tirano de mi patria no se ha de aplacar con la mía" (3).
Como el suicida no podía recibir sepultura cristiana, es de suponer que lo habrán enterrado en la "reguera de la Catedral", como quedó documentado el entierro de Policarpo Patiño, que también se quitó la vida luego de la muerte de Francia, en 1841. Eso significa que Pedro Juan Caballero fue enterrado fuera de la Catedral, en el sitio donde cae el agua de lluvia del corredor (reguera).
El jefe nato de la Revolución de Mayo, Fulgencio Yegros, fue enterrado en la Catedral. Se conserva, aunque en muy mal estado, el libro de defunciones en que consta su entierro junto con otros ajusticiados: "En diez y ocho de julio de mil ochocientos veinte y uno. Yo, Don José Joaquín Frasquerí, cura interino de la Santa Iglesia Catedral de esta República del Paraguay, dí sepultura en ella, en el segundo lance, el cadáver de Fulgencio Yegros, esposo de Josefa Facunda Esperati; murió ayer pasado por las armas, en la plaza pública por traidor a su Patria; se enterró con cuatro posas y vigilia el día de la fecha, cuyos derechos importan seis pesos reales y para que conste firmo: José Joaquín Frasquerí".
También fueron enterrados en la Catedral, en el mismo día y en igual lance o fosa, otros fusilados en la plaza, también "por alevosos y traidores a la Patria y al Gobierno"; eran ellos: José Mariano Baldovinos, José Aniceto Baldovinos y José Ignacio Gómez Resio.
"Hecha la ejecución, los cuerpos quedaban tendidos delante de la casa del Dictador, en la misma posición en que los había dejado la muerte; y recién a la tarde, cuando la putrefacción ya había empezado a causa del excesivo calor del clima, era permitido a los parientes levantar aquellos cadáveres
".
El deterioro de los libros parroquiales y la pérdida de gran parte de ellos impiden dar con los certificados de defunciones de todos los próceres; todavía quedan muchos de ellos sin noticias de sus últimos años de vida y sepultura.
El prócer Fernando de la Mora fue miembro de la Junta Superior Gubernativa y expulsado de la misma por el Dictador Francia. Este lo había arrojado a la cárcel durante muchos años donde murió y fue enterrado en la Catedral: "En veinte y cuatro de agosto de 1835 enterré en el tercer lance el cadáver del reo del Estado Fernando de la Mora, conjunta persona de Josefa Antonia Coene, con doce posas y vigilia; murió ayer estando preso en el Cuartel de San Francisco (4), lo que certifico = José Casimiro Ramírez".
Preso tras la conspiración de 1820, el prócer Vicente Ignacio Iturbe vivió en prisión durante largos años hasta su fusilamiento en 1836. No se cuenta con el certificado de su defunción, pero es probable que también haya sido sepultado en la Catedral (5).
Otro prócer fusilado por orden de Francia, meses antes de su muerte, y enterrado en la Catedral como los anteriores, fue Mauricio José Troche; lo sepultaron el mismo día de su fallecimiento: "En veinte y cuatro de marzo de 1840 enterró hoy con mi licencia el presbítero Bravo en el tercer lance, con cuatro posas y vigilia, el cadáver de Mauricio José Troche, casado con Francisca Benítez; murió hoy pasado por las armas en el Cuartel del Hospital (actual Hospital Militar), lo que certifico = José Casimiro Ramírez".
En la iglesia de la Encarnación enterraron al Doctor José Gaspar de Francia. Acerca de su sepelio se sabe que el secretario de Gobierno dispuso el 15 de diciembre de 1840 que se pagara del caudal del Dictador "los cinco pesos al mayordomo Francisco Delvalle y 50 pesos de limosna a la Iglesia de la Encarnación por el sitio que ocupa el sepulcro o mausoleo (fosa) en que reposan las cenizas del Señor Dictador y que se agreguen a los autos principales de sufragio para los músicos" (dicho templo se hallaba en la actual calle 15 de Agosto y Avenida de la República).
El prócer Juan Bautista Rivarola murió en Barrero Grande, en 1864, lo cual está señalado que fue enterrado en el cementerio público de la misma ciudad. Difícilmente se conserve una lápida o señal que indique el sitio donde reposan sus restos.
De Mariano Antonio Molas se cuenta que todavía en 1846 vivía en Caapucú; habría que investigar si quedan libros parroquiales de esa época, o atentos a la tradición, saber si murió en dicho pueblo, lo que revelaría que está en el cementerio del lugar.
Doña Juana María de Lara, patricia de la independencia, murió el 10 de mayo de 1825 y fue enterrada en el tercer lance de la iglesia Catedral.
Esperemos que este intento por dar a conocer los sitios donde fueron enterrados algunos de nuestros Próceres anime a estudiantes, descendientes de aquellos y amigos de la historia, a seguir investigando hasta obtener noticias de todos ellos. Sus cenizas ya están confundidas con la tierra que les recibió y resultará imposible identificarlos y menos aún trasladar sus restos al Oratorio de la Virgen de la Asunción y Panteón de los Héroes, como lo tienen planeado las autoridades municipales de Asunción.
(1) Al hablar Rengger del "obispo que precedió al actual" se refería a Nicolás Videla del Pino (1804-1808); luego de una corta vacancia le sucedió Pedro García de Panés (1809-1838). Tuvo 29 años de episcopado, aunque la mayor parte del tiempo vivió recluido por orden del Dictador Francia, en casa de Alejandro García Diez, quien vivía en la actual Plaza Constitución, delante de la Comandancia de la Policía Nacional.
(2) Se tiene comprobado que el cuarto donde se suicidó Caballero es la primera sala ubicada a la izquierda de la entrada del zaguán del Museo Juan Sinforiano Bogarín (Calle Comuneros, al costado de la Catedral).
(3) Rengger y Longchamp vivieron en casa de Andrés Gómez Rospigliosi, comprador de la propiedad de Pedro Juan Caballero, en 1821, poco antes de caer preso (actual predio de la Universidad Católica). Su obra "La Revolución del Paraguay" publicada en 1883 da cuenta de las experiencias vividas en el Paraguay entre 1818 y 1826.
(4) Exconvento de San Francisco hasta su clausura por orden de Francia en 1824, luego Cuartel de San Francisco. Parte del mismo se halla en ruina, con sus gruesas paredes de adobe al descubierto. Nos referimos a la esquina de México y Eligio Ayala, aunque en su tiempo abarcaba hasta Iturbe y 25 de Mayo).
(5) La Catedral donde fueron sepultados varios de los Próceres de Mayo no es la que tenemos hoy; la anterior se demolió en 1842 y sobre sus cimientos se construyó la actual (1842-1845), por lo tanto, el sitio de los enterramientos es el mismo.