Dos excelentes novelas

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La distancia con Paraguay me resulta cada vez más ancha. Pero ya vuelve a estrecharse de nuevo. Sin embargo, mantengo mi conocimiento diario de sus novedades editoriales gracias a ese mágico Internet que tanto me ayuda a seguir dándome cuenta de los cambios continuos sucedidos en mi segundo país.

Y también mantengo amigas y amigos que me recuerdan y que de vez en cuando editan y son conscientes de que a diecisiete mil kilómetros de distancia hay una persona dedicada al estudio de las obras literarias producidas por Paraguay. Porque silencio no es sinónimo de abandono o de pereza. Incluso, adelantaría que ya tengo mis teorías con pruebas bien listas para desmontar la casi completa ausencia del género narrativo en la literatura paraguaya en el primer tercio del siglo XX. Pero ya hablaremos de esta cuestión y, si puede ser, en Asunción.

Entre estas amigas hay dos escritoras que se han acordado de mí recientemente: Lourdes Talavera y Susana Gertopán. Me han enviado sus obras recientes. Hace meses que las leí, pero las circunstancias me han retrasado el comentario crítico que merece su esfuerzo por permitirme conocer sus trabajos.

Precisamente uno de mis trabajos recientes ha venido derivado por la irrupción de varias novelas sobre la dictadura de Stroessner en los últimos años. Lourdes Talavera nos ofrece en Sombras sin sosiego precisamente su aportación a la visión de la noche oscura de la dictadura. Autora reflectora de problemáticas individuales dentro de un universo urbano asunceno en sus obras de cuentos Zoológico urbano y Afinidades furtivas, es una autora que camina progresivamente hacia adelante hasta el punto de que ha dado un impulso a la narrativa de su país con sus trabajos, demostrando una especial habilidad para entrar en la psicología profunda de sus personajes, y mostrar que su degradación viene motivada por factores externos. Dibuja muy bien seres introducidos en un camino, que llegan a un punto donde han de salir del mismo sin saber si regresarán a él.

En ese sentido, Sombras sin sosiego es la obra del camino roto. El vitalismo de sus personajes viene desmembrado por las circunstancias políticas y, a partir de ellas, las consecuencias van viéndose a los ojos del lector, el cual quedará asombrado por la crueldad del retrato de una época feroz. Es la novela de las secuelas: una novela que certifica la imposibilidad del olvido de lo negativo; de los acontecimientos que subrayan la degradación humana como son la tortura y la represión.

¿Novela política? ¿Novela de la historia reciente? ¿Novela psicológica? De todo un poco. Para mí, novela testimonial. Es obvio que estamos ante una novela con un argumento político claro. Una denuncia de la virulencia de la represión y de la cárcel estronista. Estamos ante una novela histórica, porque aunque se ubique en el pasado reciente de los años setenta del siglo XX, ya es historia, afortunadamente, y esperamos que nunca se repita. La narración permite conjugar todas las circunstancias intrahistóricas de la dictadura. Sin embargo, hay una penetración en la psicología de los personajes ejemplar, y eso es quizá algo de lo más llamativo. La narración es en un testimonio distanciado desde el presente pero implicado con el pasado, de unas vidas truncadas por los acontecimientos.

La estructura en paralelo da una fortaleza ejemplar a los cuarenta y seis capítulos de la novela. Estructura heredera de Hijo de hombre de Augusto Roa Bastos, los impares nos narran en tercera persona el pasado que el narrador-protagonista va descubriendo a medida que penetra en las circunstancias de la represión en la que se vio envuelta su familia, así como otras de su alrededor. En los capítulos pares se inscribe la narración en primera persona de este narrador-protagonista que busca reconstruir un pasado y restituirlo gracias a la verdad. No sólo se narra en la novela la historia de la represión a las familias, sino de forma metaliteraria su propia gestación, además de la misma vida personal de quien tuvo la suerte, por decirlo de algún modo benévolo, de que su familia se exiliara y huyera de Asunción en la época de la mayor represión más intensa.

Narración muy culta, muy bien trabajada, con referencias a todo tipo de ámbitos culturales, los más profundos (García Márquez, los poemas de Emily Dickinson que le permiten a Verónica sentir en sus carnes los dramas del desarraigo), y los pertenecientes a la cultura pop, como las musicales de Ray Charles o Louis Armstrong y su letra de “What a Wonderful World”, con reminiscencias a Proust, como la ignición del recuerdo al llegar la noticia de la muerte de Ana Paula, o a novelas que se sustentan en el flash-back, que las hay por doquier.

Es importante la indagación en el lenguaje de la dictadura. De esta forma, la autora incluye continuamente el informe policial o el periodístico propagandístico de la versión oficial de los represores, cayendo en la ironía incluso a la hora de formularlo. Subrayando su ridiculez es la mejor manera de desmontar el discurso de una dictadura. También es interesante la inclusión de elementos derivados de la novela romántica, pero introducidos con bastante racionalidad y un punto de vista cerebral, sobre todo en el tratamiento de héroes y villanos. Es por ello que la autora subraya la lucha de la familia, como núcleo, frente a los poderes políticos: lo íntimo frente a lo público.

Muy interesante es la historia de Verónica y su embarazo. Hasta el punto de que podemos estar hablando de una novela saga que relata la división de una familia por motivos políticos. La sencillez del discurso mezclada con la variedad de registros da una riqueza ejemplar a esta novela, que más que buena o mala, es un completo testimonio de una época y una recreación de los dramas familiares de la política de una dictadura, la estronista, que tampoco elevó al Paraguay al paraíso de los países de prestigio. Pero su sombra, la sombra de sus brazos, quedó en esas memorias individuales que en conjunto conforman la memoria colectiva. Como consta de forma notarial en la novela de Lourdes Talavera, una autora que siempre nos cuenta, y muy bien, la realidad del mundo de su alrededor. Sombras sin sosiego merece la pena, a pesar del desasosiego que provoca en el lector… o quizá por ello.

La otra novela que trato es El equilibrista de Susana Gertopán, autora que reseñé por primera vez hace ya más de diez años, cuando dediqué unos folios a su primera novela, Barrio Palestina (1998). Desde entonces, Susana se ha convertido en la creadora del exilio judío en Paraguay. Sus restantes novelas (El nombre prestado, que para mí es su mejor trabajo, una obra ejemplar, El retorno de Eva y El otro exilio) han dado durante una década un testimonio de las dificultades de reemprender nuevas vidas fuera del hábitat natural donde crece y desarrolla su actividad una persona, sobre todo cuando sus costumbres y su educación son completamente distintas a las establecidas. Las dificultades para mantener una vida en un ámbito donde se vive de otra forma tan alejada es el denominador común de todas estas novelas: una producción novelística ejemplar y de una coherencia singular. Susana Gertopán es, por ello, una de las grandes autoras latinoamericanas de la novela del exilio judío en América, aquella vertiente temática que iniciara en Argentina en 1910 Los gauchos judíos de Alberto Gerchunoff.

Pero esta vez nuestra autora se ausenta de su temática habitual. Se escapa de una novela de estructura tradicional, cargada de mayor narratividad y objetivismo, para adentrarse en campos experimentales que, sin embargo, no tienen nada que ver con la extravagancia o el ejercicio literario lúdico de calidad. El equilibrista nos sitúa en el París de la ocupación alemana durante la Segunda Guerra Mundial, un escenario de pavor y de miseria humana degenerativa, que hace desvanecerse el encanto de la capital europea de la cultura y la civilización. Dice Osvaldo González Real en la contraportada del libro que “el equilibrista es el vértice de ese triángulo de amor y de angustia y el catalizador de las terribles experiencias por las que la supervivencia se manifiesta”. Y así es: el ser humano es un equilibrista, en efecto. La diferencia entre los protagonistas, cuyo nexo de unión es precisamente la contemplación del hombre en la cuerda en la plaza pública, y ese equilibrista es pura y llanamente un hecho: el equilibrista es un profesional que vive al borde del peligro, pero sobrevive siempre, y el ser humano suele caer varias veces, hasta que, finalmente, cae definitivamente y ya no se repone. Por ello, esta novela es una metáfora de la vida, y una suerte de proyección de los sentimientos individuales.

La autora pone en duda desde el primer momento incluso la veracidad de la historia a narrar cuando titula las tres partes de su libro como “La dudosa existencia…” seguido de los tres personajes: fotógrafa, escritor y pintora. De esta forma también se une verosimilitud y subjetividad: es posible contar una visión de los acontecimientos sin necesidad de contradecirse en la novela. El encuentro fortuito con el funambulista provoca el despliegue de las imágenes (¿de nuevo Proust?). El alivio de París que siente la fotógrafa es, en realidad, una búsqueda que se detiene ante una imagen, que al día siguiente ya no encontrará de nuevo. Jeanette, la mujer fotografiada, no existe, es un reactivador de la memoria y una espoleta que desata temas de la represión nacionalsocialista sobre los judíos. Hasta que aparece la fotografiada y se establece la conexión entre ambas mujeres, implícitamente fantasmagórica. Al final, no queda nada. Todo es evanescente porque así es la vida.

Como escribe el escritor narrador de la segunda parte para finalizar su relato, “la vida se nos fue. La vida se me fue. El final pudo con todos”. La errancia supone acabar encontrando un libreto sin contenido, sin personajes y, como metáfora humana, una cuerda sin equilibrista. Imágenes, encuentros personales y azares no son más que puntos efímeros del camino emprendido por cada persona. La tercera parte, con esa dudosa existencia de la pintora, se inicia con el paseo, la visión del funámbulo vestido de arlequín y se desencadena toda la historia narrada por la pintora.

Esta estructura tripartita se encuentra también en cada uno de los tres capítulos: el encuentro con el equilibrista, el despliegue de la memoria y la resolución final con el descubrimiento del sentido fantasmal de la existencia. Un denominador común: la separación de las familias con los campos de concentración. Nuestros narradores-protagonistas de cada apartado se esconden en el París ocupado, pero han perdido su arraigo familiar.

Una novela sensacional, muy bien estructurada y una prosa densa, puntiaguda, que indaga con brevedad y sencillez en el pensamiento de los narradores. Y lo que es mejor: que nos muestra a una novelista potente, coherente, ágil y regular en la escritura.