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La órbita virulenta familiar consiste en un juzgamiento cruzado: padres juzgadores-padres juzgados y no importa cuán cerca o lejano estén. Más juzgado equivale al sentimiento de menos amado, en ambos, que no se salvan, por otro lado, de esperar que llegue el día en que supuestamente se le permitirá pasar de largo al sentimiento de culpa que corroe a padres e hijos. Desmartirizarse es lo que más conviene, lo opuesto no tiene que ver con ninguna verdad sobre el amor y el deseo en la vida. Esta depresión (desaparición del deseo) familiar –nombre contemporáneo al malestar insoportable– tiene que ver con la pérdida. Con la pérdida de lo que envuelve a la falta del objeto. Uno de los nombres de ese envoltorio se puede llamar ideal del yo. El amor es uno de los recursos más conocidos de realizar esa función, aunque hoy se encuentra desprestigiado. Está desacreditado porque es más fácil consumir cuerpos, psicoterapia, productos dietéticos, drogas, forma de morir en éxtasis, etc., que arreglarse con los deseos y sentimientos del otro como sujeto que elabora, que quiere o no quiere y que nos presenta numerosas dificultades en nuestra búsqueda de satisfacción. La ciencia y la tecnología prometen así un saber y una producción del objeto adecuado que se presenta mucho más confiable que cualquier otro ideal sobre el asunto de la falta. Por eso tiene un poder superior de seducción.
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La ordinariez, de cultura plana y de facha, entendida como la desaparición de las conformidades no significa un progreso, más bien implica un retroceso a la libertad conquistada. La defensa por la libertad, vale decir por el deseo, consiste justamente en no reducirse a un sujeto de pura necesidad. La transmisión de esta posición en los vínculos del adolescente colabora de seguro en mayor escala con la realización de este en su vida presente que es, por otro lado, su centro de gravedad; una especie de luz verde, unos minutos de soledad brillante. Cuando el adolescente cuenta con un ideal que lo representa, él se adhiere como un caballo sediento a la corriente del río. Al decir de Mario Goldember, el rasgo de subjetividad anterior era soñar el deseo insatisfecho. Sin embargo, el rasgo de hoy se asemeja más a dormir, dejando al deseo anoréxico, bulímico o adicto… y, por lo tanto, el taponamiento de la causa del deseo por los productos del mercado. El tapón son los objetos que se ofertan en el mercado como causa de goce, es decir, la oferta de los objetos adecuados al goce pulsional y, si estos fallan, se sabe que pronto vendrá uno mejor. No se vuelve más necesario –como diría Freud– imaginar, fantasear.
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La decepción como la susceptibilidad rebelde del adolescente nos enseñan algo. Nos enseñan que existe alguna razón enferma oculta, desconocida, pero activa en la insistencia por desaparecer como sujeto del deseo. Vivir en huelga de la vitalidad es vaciar el escenario del adolescente. Es contribuir a una autodesvalorizacion excesiva. La vida no tiene impurezas para vivir con guantes y, más, cuando no se es canalla.
Ágape Psicoanalítico Paraguayo