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Una fuerza desconocida pero viva, sin duda, caracteriza a la adolescencia; de ahí que es una fase fecunda. Época de las grandes causas, como de imponer nuevos modos de vivir los espacios afectivos. Tiene los medios, de pronto, para seducir y trastornar. No es amigo de la línea recta, pero es un trabajador encarnizado no conformista y rebelde. Conquistar el espacio social más allá del familiar es un llamado que tiene; busca implantar en la vida un orden nuevo. Es una fase en que se busca hacer un corte, en establecer algún cambio, en algún punto, de paradigmas.
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La sociedad posmoderna, de consumo, de producción en serie de gran variedad de artículos que pronto se vuelven obsoletos; es una sociedad de las decisiones rápidas, de actualizaciones constantes y en eso el joven adolecente entra en conflicto, pues lo rápido y vertiginoso no es parte de su programa. No es simpatizante del tiro directo. Necesita tiempo. De hecho, la adolescencia implica un tiempo que tiene que pasar. Pero el presente de la adolescencia consiste en que la temporalidad misma se ha modificado. El instante y el momento son exaltados en esta sociedad, llamada del espectáculo, en que la eficiencia y el consumo es la orientación.
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Se participa en esta sociedad del espectáculo como sujeto del exceso, de la acción y del exceso; por eso, al joven adolescente, a quien no le es fácil participar con las palabras porque muchas veces no identifica lo que siente o quiere decir, le seduce esta sociedad frívola sin freno en su rueda, en tanto no exige mucho el intercambio verbal en serio.
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Responder a exigencias del cuerpo, exigencias llamadas libidinales y, a la vez, a exigencias de la sociedad, en especial de la sociedad de los valores volátiles, es un problema para el joven actual. Es un problema porque no tiene por dónde hacer conciliar dado que un polo, el de la sociedad volátil en valores, no ejerce presión alguna aparentemente, salvo la exigencia del consumir, que es una exigencia que no limita, que requiere no límite. De este modo, el todo se puede, más el siempre se puede, más el se debe hacer, más el necesito hacer conforman una turbulencia difícil de manejar y difícil que pueda manejarse, en parte por encontrarse desarmado estructural y transitoriamente, y en parte por este presente cultural del adolescente de diversión y posibilidades de goce que si no es divertido no es cultural.
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El adolescente en grupo de amigos no se masifica, no se desindividualiza; a pesar de la época de masificación y desinvidualizacion, esta fase de la vida precisamente tiene la caracteriza de oponerse a esa marcha. No es la adolescencia la que busca las adicciones nuevas como, por ejemplo, la ciberdependencia; es el sistema el que propone la frivolidad, la búsqueda de placeres fáciles y rápidos. Se trata de vivir inmunes a las responsabilidades y preocupaciones. Sostener decisiones sobre qué hacer con uno mismo, hacia dónde ir y qué hacer, algo que empuja en el adolescente, es obstaculizado por el medio social presente que incita precisamente a huir, a no pensar, a entregarse a la novedad. Lo más importante, como valor, es lo novedoso y lo espectacular. Cuando desaparece en la vida cotidiana con el adolescente la paciencia, la flexibilidad y la visión crítica social, que no es difícil en la época en que se ama las propias adoraciones, es visible el horror de la convivencia.
Ágape Psicoanalítico Paraguayo