Científico, político, escritor
Su biografía sucinta podría ser esta que comprende estas etapas: la infancia en el pueblo natal, desde el 24 de junio de 1911, hasta marcharse para La Plata en 1924. Su pueblo natal se llama Rojas. Está situado al noroeste de Buenos Aires, allí comienza la otra cara de la Argentina, la Pampa. Es un pueblo viejo y pequeño (lo era). Primero fortín, luego un pago que entra en la novela de Ricardo Güiraldes, Don Segundo Sombra, con el nombre de "el pago de Areco"; se transforma en Capitán Olmos en Sobre Héroes y Tumbas. El escritor es, pues, un provinciano, con fuertes recuerdos de la aldea: el molino paterno, el almacén, los cereales, los chacareros, las estancias, la plaza, la iglesia, los coches, las calles, la tierra de que están hechas las calles, y las gentes que allí viven, los paisanos, incluida la maestra de escuela llamada María. "Ernesto aprendió sus primeras letras en la escuelita de Rojas y de entre todas sus maestras, el escritor aún recuerda con admiración a la estupenda señorita Ozán", dice su panegirista Ángela Dellepiane.
Del pueblo se va a la capital de la Provincia. En el Colegio Nacional, dependiente de la Universidad Nacional de La Plata, estudia la secundaria entre 1924 y 1928. Estas son palabras de Sábato: "Vi por primera vez a (Pedro) Henríquez Ureña en 1924. Cursaba yo el primer año en el Colegio Secundario de la Universidad, colegio excepcional en que un grupo de hombres realizaba un experimento pedagógico. La Universidad de La Plata, organizada por Joaquín V. González, había nacido con una inspiración distinta: grandes institutos científicos, organizados por extranjeros de jerarquía, como el astrónomo Hartmann, daban a sus claustros el tono de la investigación que caracterizaba a los centros de Heidelberg o Goettingen; parte de ese espíritu originario se fue perdiendo luego, en la avalancha de la profesionalización y la demagogia electoral. A lado de aquellos grandes institutos de ciencias físicas y naturales, la universidad llegaba, verticalmente, hasta la enseñanza secundaria y la primaria: un colegio nacional y una escuela de primeros estudios, donde los chicos tenían hasta su imprenta propia, dieron a nuestra universidad un carácter insólito en la vida argentina. Baste decir que en aquel colegio secundario tuvimos profesores como Rafael Alberto Arrieta, Henríquez Ureña y Martínez Estrada".
Una buena maestra de escuela y un colegio secundario donde los profesores son humanistas de alto relieve, pueden asegurar las bases para un científico o para un escritor, o un hombre de letras. La casa de Ernesto Sábato, por otra parte, estaba fundada sobre el trabajo, cuando el trabajo y la honradez puertas adentro eran, todavía, virtudes bíblicas. Dice la biógrafo: "Su padre era italiano, montañés; un hombre muy lírico y romántico, nada comerciante. De él heredó Ernesto su afición por la jardinería y su iracundia a la par que su buen corazón. La madre, Juana Ferrari, en cambio, proveniente de una importante y antigua familia italiana, fue una mujer inteligente, pero inflexible, e inculcó en sus once hijos un hondo sentido de responsabilidad, de amor por el trabajo y el estudio como única forma de abrirse paso en el mundo, sentido que marcó para siempre el carácter de los hijos y que los hizo robustecer su voluntad sin ayuda externa. El hogar de los Sábato estaba lleno de afecto, pero, sobre todo, de rigidez, de disciplina, de obediencia".
El mestizaje argentino
No hay que olvidar, como trasfondo de esta casa dura, campesina, voluntariosa como parece indicarlo la noticia anterior que toda la Argentina se estaba rehaciendo a base de esas familias de inmigrantes. En 1910, un año antes de nacer Sábato, el proceso inmigratorio llega a su apogeo, hasta el extremo de alcanzar la población a contener el 40 % de extranjeros. El mestizaje argentino se realiza sobre la base de nuevos europeos, completado el ciclo de la argentinidad españoles del siglo XVI con indígenas y cien años de nacionalidad (1810-1910). "La clase media en la Argentina se rige fundamentalmente por esquemas europeos", dice la investigadora Jean Franco (La cultura moderna en América Latina, México, Joaquín Mortiz, 1971, pág. 276). Es por eso que los intelectuales argentinos del siglo XX buscan desesperadamente una identidad. En el caso de Sábato una identidad del hombre. Antes de Sábato y antes de Borges un curioso filósofo, socrático, que gustaba deambular y conversar, llamado Macedonio Fernández (1874-1952). Así como en la pampa busca las raíces Ricardo Güiraldes (1886-1927), no solo con su novela mayor Don Segundo Sombra (1926), sino con los Cuentos de Muerte y de Sangre (1915) y con novelas como Raucho (1917) y Rosaura (1922), está ese libro moderno como desesperado de Leopoldo Marechal (1900-1970) llamado Adán Buenosaires (1948), un intento por fijarle los orígenes y los límites a la ciudad que es todo el país, toda la humanidad argentina y una de las moradas del ser humano.
De la casa disciplinada a la escuela, de la escuela al colegio, no ha pasado Ernesto Sábato del ámbito provincial. Allí mismo, en la universidad de la capital provinciana, realiza sus estudios de Física, hasta obtener el doctorado (1929-1937). Al año de graduarse, el Premio Nobel Bernardo Houssay de la raza inmigrante que conforma a la nueva Argentina lo envía a París, a trabajar en el mismísimo laboratorio de Joliot-Curie. Va luego al Instituto Tecnológico de Massachussets, en los Estados Unidos, a completar su formación (radiación cósmica), para incorporarse luego a la capital de su cultura y de su país, Buenos Aires; aquí enseña su ciencia en el Instituto Nacional del Profesorado Secundario y en La Plata al mismo tiemporegentea la Cátedra de Física Teórica (1940-1945). Un científico, en el lúcido campo de las Matemáticas, se formó por las vías naturales.
La condición humana
Sábato es nervioso, tenso, un poco arbitrario y con un corazón muy ancho. Pero quizá la palabra que mejor le define es "inconforme": no se doblega jamás ante lo que pueda traicionar su vocación y su autenticidad.
Cada libro de Ernesto Sábato es una apelación a la conciencia de los hombres. Se trata como él mismo ha dicho de una literatura de situaciones-límite, de aquellas situaciones en que, según la definición de Jaspers, el ser humano se enfrenta con las fronteras últimas de su condición: "Solo en esos momentos, como en los terremotos en que afloran los estratos profundos, el hombre puede echar una mirada a lo más recóndito de su ser".
A Sábato le preocupa el hombre. Es un novelista universal. Pero los temas universales solo pueden tratarse dentro de la "circunstancia". En el caso de Sábato, la circunstancia es "argentina". Lo que le preocupa es el hombre argentino. Él es un escritor nacional. En sus escritos busca "quizá sólo una cosa: indagar a fondo la condición del hombre en un momento y en un lugar determinado de su existencia. En este caso, la condición humana del único hombre que conozco a fondo: el de Río de la Plata. Aunque la expresión conozco a fondo es una tontería. ¿A quién conocemos a fondo realmente? Habrá que decir la condición del hombre que menos mal conozco".
En el transcurso de los años hemos tenido la suerte de entrevistarlo en varias oportunidades. A veces, íbamos a visitarlo a su casa de Santos Lugares en compañía de Elvio Romero y Augusto Roa Bastos, amigos entrañables del escritor. Fuimos testigos privilegiados de las conversaciones más increíbles e insólitas, como algunas de estas aseveraciones o sentencias: "La verdadera justicia solo se recibe de seres excepcionales, dotados de modestia y sensibilidad, de lucidez y generosa comprensión. Cuando aquel resentido de Sainte-Beuve afirmó que jamás ese payaso de Stendhal podría hacer una obra maestra, Balzac dijo lo contrario. Pero es natural: Balzac había escrito La Comedia Humana y ese caballero una novelita cuyo nombre no recuerdo. De Brahms, se acuerdan, se rieron personas semejantes a Sainte-Beuve: ¿cómo el gordo iba a hacer algo importante? Hugo Wolf sentenció en el estreno de la cuarta sinfonía: "Nunca antes en una obra lo trivial, lo vacuo y engañoso estuvieron más presentes. El arte de componer sin ideas ni inspiración ha encontrado en Brahms su digno representante". Mientras que Schumann, el maravilloso Schumann, el desdichadísimo Schumann, afirmó que había surgido el músico del siglo. Es que para admirar se necesita grandeza, aunque parezca paradójico. Y por eso tan pocas veces el creador es reconocido por sus contemporáneos: lo hace casi siempre la posteridad, o al menos esa especie de posteridad contemporánea que es el extranjero. La gente que está lejos".
Abaddón el exterminador
A los sesenta y tres años de incontables experiencias vividas pudiera ser tiempo sobrado para haberse forjado una amplia imagen de nuestro mundo y para llegar a ofrecerla con plena madurez en acertada elaboración artística; ello fue en definitiva lo que nos entregaba Ernesto Sábato en su tercera novela. En la misma, a pesar de que confesara que "a esta altura no sé casi nada de nada", vierte sus dudas y sus convicciones, las tinieblas sondeadas y la luz obtenida en su incansable búsqueda por las cavernas del espíritu humano y por los laberintos intrincados de nuestra caótica sociedad. Y en efecto, el novelista puede saber muy pocas cosas, tal vez ninguna con absoluta certeza, pero el afán por investigar la verdad parece haber sido un acicate permanente en su vida, y eso mismo fue lo que le llevó a recurrir a la creación novelística como método o vía de conocimiento, de modo similar a lo que le aconteció muchos años atrás a su admirado Unamuno.
Cuántas veces se habrá entregado el novelista a su persistente fantasía ¿es fácil o difícil su realización? de "abandonar la literatura y poner un tallercito en algún barrio desconocido de Buenos Aires". Si no ha llegado a hacerlo tal vez haya sido por estimar que eso sería entregarse a la muerte con el silencio, meterse en un callejón sin salida, y esto aun sospechando que la creación que tenía entre manos fuese "inútil y deprimente", aunque no viese claro cuál sería el sentido de añadir un título más a la inmensa biblioteca de ficciones acumuladas por los hombres a lo largo de los siglos, debatiéndose en insufrible desamparo mayor aún que el de sus criaturas, llevando la difícil vida de escritor cuyo corazón soporta a duras penas los golpes de una turbia y superficial existencia denominada realidad por tantos. Sin embargo, reuniendo fuerzas, sacándolas de su misma flaqueza, desoyendo los cantos enervadores de las sirenas que invitan a la placidez somnolienta al intelectual desengañado de casi todo cuanto ha visto y vivido, decide consumar su trabajo en una novela, Abaddón, en cuyas páginas viene a ofrecernos una especie de testamento literario, un mensaje de absoluta plenitud, la consumación condensada de cuanto antes de ahora ha escrito y pensado, vivido y soñado, gozado, sufrido y esperado, como si hiciese un último, casi desesperado esfuerzo que le agotara para siempre como escritor, que le dejase ya sin voz para poder dirigirse proféticamente a los hombres en lo sucesivo.
Al respecto del progreso de la historia, dice: "No existe tal cosa como el progreso en la historia. Todo termina por volver" y entonces propone tomar ejemplos de los personajes del pasado que intentaron buscar una salida por medio de la prédica pacifista: "Gandhi, con una cabra simbólica, logró derrotar al imperio más poderoso y terrible de su tiempo".
El ataque de Sábato al mundo moderno pasa, básicamente, por lo que denomina la "catástrofe tecnolátrica", el triunfo de la técnica por sobre los valores humanos: "Ya no hay seres humanos sino máquinas que llevan las maletas y las traen por inextricables y misteriosos laberintos", asegura, luego de que su equipaje se le extraviara años atrás en Viena. Ese, dice, es un pequeño ejemplo de una sociedad cientificista que no tiene salvación, de un mundo que hasta para las cosas más triviales necesita de la máquina.
Sábato asegura que su pesimismo se atempera solo por la fuerza y el cariño que le demuestran los jóvenes de Buenos Aires, cuando lo paran para besarlo, darle aliento, demostrarle su respeto y admiración o para gritarle "no se nos muera, Sábato". Esto es lo que mantiene viva la llama del optimismo en Sábato: "La esperanza surge de la desesperación opina. En la perfección no hay necesidad de esperanza.
Cuando en 1996 le hicimos una más de las tantas entrevistas se encontraba escribiendo un libro al que tituló Antes del fin. Él mismo no sabía determinar si la elección de ese título se refería al fin de su propia vida o al del mundo. "No termino de saber a qué corresponde. Hay algo que es terrible y es el fin del planeta en algunas décadas a causa de la contaminación de los ríos y los mares con ácido nítrico y ácido sulfúrico, con plomo, con mercurio, todos mortales para la flora y también para la vida de los propios seres humanos. Por la contaminación también de la atmósfera por el ácido carbónico, sobre todo en las metrópolis. Por el famoso agujero de ozono que no sé por qué se llama así cuando ya sobrepasa la dimensión de África. Por él pasan peligrosísimas radiaciones cósmicas, mortales para la existencia de hombres y animales. Y también, y de qué modo, por la contaminación radiactiva".
Este sentimiento pesimista no es nuevo en Sábato, que recuerda un episodio sucedido hace algunos años como punto de partida de su desesperanza: "Cuando trabajaba en el Laboratoire Curie recordaba, se trabajaba vertiginosamente para producir la ruptura del átomo de uranio, sobre todo en tres grandes laboratorios del mundo. Y cuando llegó el telegrama de que un científico alemán lo había conseguido cayó como una bomba en el Curie, en virtud de esa rivalidad que existe entre esos congéneres, que el pueblo considera como maravillas de la civilización. Ahí sentí que era el comienzo del fin". Ese fin era inminente para Sábato, y estableció un plazo de "algunas décadas" para la desaparición de la vida sobre la Tierra.
¿Cuál es su pensamiento en cuanto a las relaciones del individuo frente a una sociedad "cosificante" y técnica como la actual?, le preguntamos. Y él respondió: "Una sociedad que no concilie el individuo con ella misma es un fracaso y debe ser echada abajo. Particularmente la sociedad contemporánea representa una tremenda alineación del hombre, la peor de las enajenaciones: lo ha convertido en número y en cosa.
"La fórmula ideal no es la colectividad, sino la comunidad: un tipo de convivencia donde el hombre no esté codificado, donde no sea un mero engranaje de un colosal mecanismo societario. Este tipo de colectividad abstracta es la peor de las calamidades que puede caer sobre la raza humana.
"La historia avanza (cuando avanza) por síntesis, y es claro que la síntesis entre la manifestación de la sociedad contemporánea y el individualismo anárquico es la comunidad de hombres concretos".
La muerte viene callando
Cuando le preguntamos que opinión le merece Borges, como escritor y como hombre, él respondió: "Como escritor lo he admirado desde que era un muchacho. No, él no es un mero artífice de las palabras. Constituye un hito en nuestra literatura de habla castellana, y casi todos los que hemos llegado después nos beneficiamos con sus hallazgos estilísticos e idiomáticos. Es una de las prosas más admirables que haya producido el castellano desde que existe. Como hombre, no comparto su posición político-social, pero esa clase de discrepancia es natural y conveniente en la convivencia. Hay que ponerse a temblar cuando los seres humanos piensan o son obligados a pensar de manera idéntica.
"Para esta clase de escritor, lo único digno de una gran literatura es el espíritu puro; cuando lo único digno de una gran literatura es el espíritu impuro, es decir el hombre, el hombre que vive en este confuso universo heracliteano, no el símbolo que reside en el cielo platónico. Puesto que lo característico del ser humano no es su espíritu puro, sino esa oscura y desgarradora región intermedia que podemos llamar alma, en que acontece lo más grave de la existencia: el amor y el odio, el mito, la ficción y el sueño. Nada de lo cual es estrictamente espíritu, sino una vehemente y turbulenta mezcla de ideas y de sangre, de voluntades conscientes y de ciegos impulsos. Ambigua y angustiada, el alma sufre entre la carne y la razón, dominada por las pasiones del cuerpo mortal y aspirando a la eternidad del espíritu, perpetuamente vacilando entre lo relativo y lo absoluto, entre la corrupción y la inmoralidad, entre lo diabólico y lo divino".
-¿Qué actitud guarda usted para las realidades trascendentes?
-Creo que lo más importante para el hombre es sobrenatural e inexplicable desde el terreno de la razón pura y de la mera naturaleza. Si fuéramos simplemente naturalistas, ya que la muerte es inevitable, sería disparatada toda esperanza y toda construcción para el futuro. De algún modo creemos en la inmortalidad. Soy supersticioso, toda mi infancia sufrí alucinaciones y terribles pesadillas, y el tiempo que pasa (con la inevitable muerte) me parece (en noches de insomnio) la más tremenda de las pesadillas.
-En cuanto a su proyecto de vida, ¿se considera plenamente realizado?
-No moriré contento en ningún caso. Me tendrán que llevar a la muerte con el auxilio de fuerza pública, como dicen los periodistas. Y aunque me muera como mi padre, a los ochenta años, lo haré con la sensación de haber apenas realizado un boceto (torpe y apresurado) de algo importante que acaso me habría requerido mil años de vida. Desde el momento en que el animal se paró sobre sus dos patas traseras e inauguró así (física y metafísicamente) la Era del Hombre, se produjo una catástrofe: animalmente seguimos viviendo ochenta años (como nuestro predecesor), pero espiritualmente estamos preparados para vivir mil o cinco mil, dada la índole de la complicación intelectual que trajo la mencionada prueba de las patas.
"No es lo mismo vivir ochenta años subiéndose a los árboles nada más que para comer cocos todos los días, y sin tener otra cosa que hacer, que vivir ochenta años para aprender lo que es la relatividad, el existencialismo, la fenomenología, la política, el arte abstracto y el psicoanálisis. Tal como están las cosas, empezamos a aprender el oficio de vivir justamente cuando tenemos que morir.
"
No estoy seguro de nada. No sé si Dios existe, puede aparecérseme en cualquier momento y en cualquier forma: en un colectivo, en cierto esplendor de un atardecer, en el momento de la muerte de un amigo, en algún significativo rumor
No soy tan arrogante para negar lo que tantos genios ilustres han tenido por cierto: desde San Agustín hasta Schweitzer. No puedo dar respuestas definitivas, ni siquiera con las ideas de mis ensayos, que no corresponden tanto a lo que verdaderamente soy sino a lo querría ser, si no estuviera encarnado en esta carroña podrida o a punto de pudrirse que es mi cuerpo".
Armando Almada-Roche
armandoalmadaroche@yahoo.com.ar
(Desde Buenos Aires, especial para ABC Color)