No hace mucho, a raíz de los acontecimientos de Villa Soldati, Buenos Aires, donde en un violento desalojo de ocupantes de espacio público fueron muertos un paraguayo y un boliviano, me vino a la memoria un viejo poema de Tuñón titulado “Villa Amargura”, y me pareció un subterfugio válido para, a la par del poema, conocer un poco más sobre este ser asombroso y excelente poeta que se manifestó, en más de una ocasión amigo, del Paraguay.
Raúl González Tuñón nació en Buenos Aires el 29 de marzo de 1905 y partió hacia la inmortalidad el 14 de agosto de 1974. A los 17 años de edad publica sus primeras poesías en la revista Caras y Caretas, y poco después en Inicial, Proa y Martín Fierro, órganos principales de los escritores de vanguardia que surgen entonces. Sus principales obras, resultado de 40 años de ininterrumpida labor, son: El violín del diablo, Miércoles de cenizas, La calle del agujero en la media, El otro lado de las estrellas, Todos bailan, La rosa blindada, La muerte en Madrid, Canciones del tercer frente, A nosotros la poesía y Los caprichos de Juancito caminador; también, Himno de pólvora, Primer canto argentino, Hay alguien que está esperando, Todos los hombres del mundo son hermanos, A la sombra de los barrios amados, Demanda contra el olvido, Poemas para el atril de una pianola, El rumbo de las islas perdidas y La veleta y la antena.
En sus cantos de adiós, Walt Whitman escribió: “Camarada, esto no es un libro. Quien vuelve sus páginas toca un hombre”. Eso mismo pudo haber dicho, sin pedantería, González Tuñón de sus obras; sus poemas están impregnados de fervor y de ternura humanizante.
Ningún poeta ha ejercido tanta influencia en la poesía de la argentina y del Río de la Plata como él. Si Walt Whitman fue el poeta de la democracia, de las diminutas hierbas y de las azules constelaciones; González Tuñón fue el poeta de las revoluciones libertarias, de las cosas perdidas que juntan los desposeídos y de los oscuros zaguanes populares. “Herido de todo los dolores, no has desaprendido a reír con optimismo y la íntima facultad de amar de tus versos”, le escribió alguna vez Ricardo Güiraldes.
González Tuñón, siempre hambriento de justicia, recorrió el mundo, así a principios de la década del treinta del siglo pasado estuvo en el Paraguay, sufriendo aquel monstruo de fuego y viento que se alimentaba de la sangre y vida de jóvenes bolivianos y paraguayos durante la contienda chaqueña. De aquí fue a España hablando del aire de fuego chaqueño, de los verdes árboles quemados por el calor, de las cigarras en los mediodías violentos, de las mariposas con alas pintadas por relámpagos…, fue a enrolarse en las brigadas internacionales.
En su incansable búsqueda de justicia y pan recorrió Europa residiendo en Madrid y en París, recorriendo ciudades como Moscú, Praga, Pekín, Estocolmo, Ginebra, Leningrado, Shangái…, estuvo en Chile y en Cuba, siempre buscando encontrar alivio a su angustia de hombre con hambre de justicia.
Afiliado al Partido Comunista de la Argentina, se mantuvo siempre leal a sus credos estéticos, respetando la autonomía de los demás creadores, lo que le llevó a polemizar muchas veces dentro de la organización con otros artistas o eventuales funcionarios. En líneas generales —nunca compartió las vulgarizaciones efectuadas en nombre del “realismo socialista”—, fue un hombre fraterno, tolerante y solidario.
De rostro duro y sonrisa suave, como tallado a golpe de martillo y de aurora; cantaba como un ave a las sutiles cosas amorosas y rugía como un tigre ante la injusticia, sin importar si esta es producto de una incomprensión particular, del egoísmo humano o de intereses imperiales creados allende los mares. Sentía que el mundo era su casa y la humanidad entera su familia, por eso, aun estando en su casa, en su barrio, sufría constantemente de las vorágines de las añoranzas.
Aunque discretísimo en su vida privada, conoció a profundidad toda la intimidad de la condición humana. Por eso, nadie como González Tuñón supo captar el alma de los pueblos, sus sueños, sus esperanzas, sus tristezas, sus ansiedades de amaneceres y, por eso, sus poesías están llenas de fulgurantes matices que honran a las pequeñas cosas de la vida cotidiana. Más que poeta fue un agente, un soldado de la igualdad y un paradigma de fraternidad.
Tuñón fue uno de los precursores de la poesía social y combativa en la Argentina, sus “poemas civiles” referidos a acontecimientos políticos y sociales, influyeron sobre muchos escritores de la generación de los años 60, como Juan Gelman, Roberto Santero, Francisco Urondo y otros. Nuestro compatriota, el también poeta, Elvio Romero colaboró con él para elaborar y publicar, poco antes de su fallecimiento, (Losada-1974) su antología poética; de allí rescatamos este poema para los amable lectores de este suplemento.
“El pueblo no quiere pan… Está harto” (Palabras de Ezequiel Martínez Estrada, ensayista de tono mesiánico)
Villas, villas miseria, increíbles y oscuras,
donde sopló el olvido sobre la última lámpara.
Villa Jardín, Villa Cartón, Villa Basura,
de calles que trazaron los azares del hambre,
la súbita marea de los desposeídos
y los desocupados forzosos: los ilusos
del patético éxodo de provincias lejanas,
que avergüenzan la frente pálida de la patria.
Barrios de un Buenos Aires ignorado en la guía
para el turismo; barrios sin árboles, de ahumados
horizontes sin agua, sin ayer, sin ventana.
Atroces ciudadelas sucias y derramadas,
de viviendas como hongos; latones, bolsas zanjas
hundidas por las lluvias, mordidas por los vientos.
Barrios de soles turbios y lunas oxidadas,
de noches enemigas y de hoscas madrugadas,
y la insólita fuga de los perros sedientos.
Villa Jardín es un nombre que suena
con largo sonido de impiadosa ironía.
Un nombre que golpea como un aldabazo
en el límite mismo de la ciudad gigante.
Una oficial y fría indiferencia
puso cerco de yuyos a su triste abandono.
y aquel aldabonazo
debería sonar en la conciencia
de los que han olvidado que Jesús era pobre
y de insolentes lujos abruman sus iglesias;
de los que se levantan sobre la espalda de otros.
Y el Jesús que hoy invocan decía que su reino
(donde no existirían ricos ni desalojos,
ni pobres, ni prejuicios de raza, ni linchados,
ni la peste y la guerra)
“vendrá cuando los hombres vuelvan a andar desnudos,
y no sientan vergüenza”…
Villa Jardín, un breve nombre
que oculta una miseria vasta.
Villas que habitan densas familias, el llamado
bajo fondo social, que no es la resaca,
y que mantiene intacto su decoro y su fe,
el altivo rencor dentro del pecho
y la esperanza.