I- Ciencia, seudociencia y el mito de la confirmación

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 Seguramente el filósofo de la ciencia más influyente del siglo XX fue Karl Popper. Sin piedad desafió el autoritarismo de corrientes filosóficas o ideologías con pretensiones científicas. Su racionalismo crítico es distintivo al explicar que los modos del aprendizaje y producción de conocimientos se realizan cometiendo y corrigiendo errores, con imaginación para proponer nuevas arriesgadas teorías o soluciones y el uso de la razón para exponerlos, testarlos y refutarlos si es posible. La visión del científico de Popper es diferente del estereotipo, que perdura, del cuidadoso artesano que diligentemente colecciona datos para luego esbozar una hipótesis cautelosa. La ciencia, dice Popper, es revolucionaria y no resulta de una acumulación de datos cuidadosamente identificados. Va más allá que la organización de lo observable. Es una arriesgada empresa del intelecto motivada por una profunda búsqueda de las explicaciones y comprensión de la realidad (Who rules in science, J.N. Brown, 2001).

Las ideas de Popper pertenecen a la tradición helénica presocrática. Como Sócrates, decía que “se debe comprender que el hombre tiene límites, especialmente límites en su saber. Pues la sabiduría consiste en la realización de sus límites, en la comprensión de sus propios límites, y especialmente en su falta de sabiduría” (Popper, Sociedad abierta, universo abierto. Entrevista con Franz Kreuzer, 1984).

Pocos filósofos de la ciencia son más discutidos y cuestionados por otros filósofos y críticos culturales que Karl Popper (1902-1997). Nacido de una familia judía vienesa, ardiente marxista, obrero manual en su juventud, socialista tras la decepción staliniana, físico, investigador ligado inicialmente al Círculo de Viena de positivistas lógicos, fue luego crítico y rival de esta corriente y del socialismo. Popper se volvió un defensor de ideas libertarias desde la Segunda Guerra Mundial dedicándose a la filosofía de la ciencia, como profesor y mentor en la London School of Economics.

Pero en la medida que es cuestionado en círculos filosóficos y culturales, sus ideas, que son simples, claras y contundentes, se han arraigado en el imaginario y quehacer científico, y es el más leído y comprendido de los estudiosos de la ciencia por los propios científicos. Esta aceptación, especialmente por aquellos del área biológica (Burnet, Medawar, Eccles, todos nobeles en Medicina), sin dudas se debe a la claridad de su exposición hablada o escrita y porque sus ideas son las que mejor reflejan la manera como los científicos creen que descubren o producen un conocimiento. Su primer libro, La lógica del descubrimiento científico (Viena, 1934), fue escrito cuando el autor tenía 33 años. No se crea que trata de una fórmula o receta de cocina para el descubrimiento. Su lectura, excepto en algunas páginas, es densa y abundan ecuaciones matemáticas para resolver problemas de las ciencias físicas, formales o naturales. Este libro fundamental formaba parte de la exigua pero exigente biblioteca de la cátedra de Anatomía Patológica de la FCM, donde, en la década de los 60, los profesores Pedro Aníbal Rolón y Juan Carlos Franco, eximios mentores, se pasaban horas discutiendo temas filosóficos relacionados con la investigación científica en general y la filosofía de la biología en particular, cuando esta última disciplina aún no existía. Enseñaban a profundizar el conocimiento con las ideas de Popper, que han impactado en la práctica profesional.

Crítico del lenguaje oscuro

Luego de su contacto con los creadores de la lógica positivista-empiricista e inductivista, inició Popper una crítica de este modelo, que lo lleva a diseñar su visión epistemológica. La escuela de Viena desarrolló su teoría de la ciencia como parte de una teoría general del lenguaje, el significado y el conocimiento (Godfrey-Smith, Theory and Reality, Standford University, 2003). A Popper no le interesó, por lo menos al comienzo, esta visión tan amplia, sino que deseaba focalizar y entender cómo funciona la ciencia, un poco aislada de aquel contexto general pretencioso en encontrar verdades totales. También fue duro crítico de filósofos de lenguaje oscuro, “esa palabrería ficticia de Hegel”. A diferencia de otros colegas de su disciplina, el proceso de su razonamiento simula el trabajo de los científicos, que ante un problema surgido, un error, una anomalía, una serendipia, lo primario es reflexionar, hipotetizar, aislar, crear las condiciones experimentales u observacionales y atacar su meollo, ya sea en forma teórica y racional, o de manera empírica.

Ciencia y seudociencia

El primer interés de Popper fue separar las actividades, ideas o teorías científicas de las no científicas, es decir, la ciencia de la seudociencia. Es importante para nuestro país, que dificultosamente está intentando abrirse al mundo de la ciencia, atender a razonamientos que expliquen estas diferencias. Porque con la explosión y accesibilidad de los conocimientos, se olvida que existen límites bastante determinados que diferencian la ciencia de la seudo- o de la protociencia (Kuhn, The structure of scientific revolutions). Esto se da principalmente en el manejo de las ideas y los datos biotecnológicos y la ingeniería genética, donde existe gran confusión. Es que existe una falta de conocimientos no solamente en la disciplina, sino epistemológicos y ausencia de profundización reflexiva sobre la propia actividad.

Al esfuerzo intelectual de distinguir la ciencia de la seudociencia, Popper denominó el problema de la demarcación, admitiendo de entrada sus bordes difusos, no muy precisos, y admitiendo la dificultad. Los ejemplos de seudociencia utilizados en la época que esbozó su modelo fueron aquellas ideas prevalentes, como el psicoanálisis y el marxismo. Se pasó buen tiempo y muchos escritos para demostrar que estas disciplinas, por atractivas y meritorias que fueran en la política económica, la medicina o la literatura, no podrían ser consideradas como científicas.

La solución de Popper para demarcar la ciencia de la seudociencia fue lo que él llamó el falsacionismo (o falsificacionismo), es decir, la capacidad de una idea, hipótesis o teoría de ser susceptible de falsificación o refutación mediante un test observacional o experimental. En ese sentido, decía que “una hipótesis es científica si y solamente si muestra un potencial de ser refutada por una posible observación”. Una cuestión fundamental para Popper es que las hipótesis o teorías, para ser científicas, deberían exponerse a un alto riesgo. Si las teorías no asumen un riesgo significativo al ser expuestas, y son compatibles con cada observación o experimento posible, entonces no son científicas. Fue el argumento principal de refutación de las ideas freudianas y marxistas, ya que estas siempre estaban bien paradas y no había manera de ser testadas no estando expuestas entonces al riesgo necesario para que las hipótesis puedan ser consideradas con potencial refutable.

La confirmación como mito

Muchos reconocen más a Popper en su aspecto no filosófico, el político. Porque él incursionó apasionadamente con su compatriota y amigo Friedrich von Hayek, nobel en Economía, en la critica al marxismo y al nazismo, en los cuales ellos veían un origen intelectual común, así como en la promulgación de ideas libertarias (Popper, La sociedad abierta y sus enemigos; Hayek, The road to serfdom). Más crucial que estos escritos fue su crítica a la estabilidad del nuevo conocimiento. Esta idea fue de Popper, y no siempre se lo reconoce, y otros se la acreditan. Fue un neto precursor de Kuhn y de Feyerabend, quienes llevaron esta versión al extremo de que hasta se hicieron simpáticos a críticos culturales, posmodernistas, deconstructores y otros detractores de la ciencia, que, de otras disciplinas no científicas, a excepción de Latour, solo entendían este segmento menos fundamental de la obra de estos grandes explicadores del funcionamiento del saber científico. No es posible confirmar una teoría aunque esté de acuerdo con los datos de la observación, decía Popper en su total apartamiento de las ideas induccionistas de los positivistas lógicos, donde la verdad se iniciaba y terminaba en el dato sensorial. Citaba a Einstein como uno de sus mentores en la construcción de su modelo filosófico, quien expresaba que las teorías se las inventan y no nacen de los datos de observación. Cuantas veces la demostración empírica de las arriesgadas hipótesis einstenianas se cumplieron luego de mucho tiempo al ser inventadas las técnicas o aparatos adecuados.

La confirmación es un mito, decía Popper. Un test observacional o experimental solo puede demostrar que una teoría es falsa y nunca ser confirmada aunque realice muchas y consecutivas predicciones. Máximo se puede lograr una corroboración, es decir, una consistencia, una coherencia entre las ideas y la realidad. Esta idea le valió no pocas críticas, dado que, si no existiera posibilidad de confirmación, entonces toda la actividad científica estaría en dudas. Pero la historia de la ciencia —un área que no interesó mucho a Popper, a diferencia de Kuhn— ha demostrado que sólidas teorías, como alguna de Aristarcos, Copernicus, Galileo y Newton, fueron parcial o totalmente erróneas y sucesivamente corregidas por la aparición de mejores ideas (Popper Selections, “The problem of demarcation”, 1985). Las teorías más aptas sobreviven en esa competencia darwiniana en la analogía popperiana del destino de las teorías con la teoría de la evolución. Porque las nuevas especies animales o vegetales también son ensayos del destino y del azar de la naturaleza; no tienen propósito, no son estables, y serán, incluyendo las humanas, inexorablemente reemplazadas por otras. Es cuestión de tiempo y, como decía Jacques Monod, de chance y necesidad. Así las teorías, como las especies, flotan en el limbo del tiempo y el espacio hasta un nuevo destino.

Pero el encantamiento de los científicos con Popper (ver Peter Medawar, The art of the soluble, y Pérez Tamayo, ¿Existe el método científico?), no se relaciona con la proposición de la vigencia o inestabilidad de las teorías, sino con su contundente visión de cómo funciona el modelo para producir nuevo conocimiento, simbolizado con claridad en el título de su libro fundamental Conjeturas y refutaciones (1963), que será el tema del próximo artículo.

1.º de diciembre 2012

Editor: Alcibiades González Delvalle - alcibiades@abc.com.py

Director Instituto de Patología e Investigación