Indígenas, Nemur y Ticio Escobar

Con la publicación de La maldición de Nemur. Acerca del arte, el mito y el ritual de los indígenas ishir del Gran Chaco Paraguayo, la Universidad Nacional de General Sarmiento concreta la primera edición argentina de uno de los mejores trabajos de Ticio Escobar. Un libro único en su especie y que lleva inscritas las finuras de las gestualidades de la lengua de Ticio Escobar, una de las figuras más prominentes de la crítica latinoamericana contemporánea.

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Nemur-personaje: este nombre remite a un hecho fundacional de la cultura ishir del Gran Chaco. Es un ser sobrenatural –un anábsoro: un héroe cultural– que irrumpe en la vida de los indígenas en tiempos míticos. ¿Y para qué sirve el mito si no para contar la historia de otra manera? Mito que debe ser rememorado a través de una representación ceremonial. Una vez por año, y por tres meses, los ishir deben recordar a los anábsoro, a Ashnuwerta –diosa del resplandor rojo, señora de los anábsoro, cuyo nombre no conviene pronunciar–, a su subjetividad complementaria e inversa, Nemur –el administrador del castigo, casi un símbolo de la tristeza, guardián del tobich, círculo ritual de la cultura ishir, centro iniciático, sede del mito–, a Syr, guerrero legendario, a los dioses. Y estos deben ser representados por los hombres usando pinturas corporales y adornos plumarios.

Nemur-libro: sería complicado, si no imposible, encorsetarlo genéricamente: es texto etnográfico –que recupera la observación directa de ceremonias, si no secretas, al menos de difícil acceso–, pero también diario de campo; es interrogación sobre la historia del arte, pero también crítica visual; es análisis antropológico que se engarza con el relato mítico y la teoría del color pero también, en la sincronía léxica de los ishir (chamacoco), novela-testimonio que rearticula relatos orales de chamanes-informantes, que conectan a su vez religión y magia chamánica.

Nemur: libro deleuziano-warburgriano. Deleuziano por ser quizás la materialización más vivida de lo que Deleuze trazó como programa para la crítica: dejar de dirigirse a un pueblo supuesto, desde siempre ahí, para contribuir a la invención de un pueblo: «el pueblo que falta». Algo que Ticio ya había esbozado tal vez en El mito del arte y el mito del pueblo, libro cuyo análisis de lo popular se alejaba de toda búsqueda de cualquier tipo de pureza originaria o de la supuesta autenticidad de lo popular. El pueblo que falta, decía Deleuze, es un devenir y se inventa, y es allí donde el arte, la crítica y la política pueden intervenir. En este sentido, el autor no debe ser un etnólogo de su pueblo, ni inventar una ficción que sea una historia privada: lo que puede el crítico es trabajar con personajes reales, pero poniéndolos en estado de «ficcionar»-«legendar»-fabular. El autor da un paso hacia sus personajes y los personajes dan también un paso hacia el autor. Doble devenir.

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Desde esta perspectiva, no resulta extraño que el libro se inicie con las biografías de los informantes o amigos de Ticio, ni que intercale un diario de campo y la observación de las ceremonias, pero también trace puentes entre la sensibilidad del observador y la belleza de lo observado. Una suerte de fabulación etnográfica que escribe, desde el arte, la palabra que conecta lo privado y lo político y que consigue producir enunciados colectivos. Recordemos que Ticio, desde hace años, no deja de denunciar la violación de los derechos indígenas, como ya lo había escrito, por ejemplo, en el marco de la Comisión de Solidaridad con los Pueblos Indígenas en Misión: etnocidio.

Reminiscencia warburgriana, también. En La Maldición de Nemur no se trata de pensar sobre lo verdadero y lo falso, sino de las pinturas corporales, de la obsesión por los colores, de los mitos y rituales como formas artísticas. Es conocida la historia de Warburg, que, con poco menos de treinta años, decide separarse de su medio, de su disciplina académica y de la charlatanería estéril producto de la contemplación formal de la imagen, parte por cinco meses a América con los hopis y observa, fotografía y dibuja sus rituales para después poner ese momento entre paréntesis, retomar su vida de investigador, producir una obra magnífica y devenir inventor de un método exegético que quizás domina hoy la historia del arte: la iconología. Para seguir, también, construyendo una de las bibliotecas más extraordinarias del mundo hasta que lo sorprendieron la locura y el encierro en una clínica suiza de Belle-Vue. Una clínica en la cual, ante los médicos y los internos, el 21 de abril de 1923, pronunció su famosa conferencia «El ritual de la serpiente». Con esa conferencia (¿gracias a ella?), Warburg se cura y enuncia ese «wargburgrismo» que más tarde relatará su hijo Max: «El símbolo es la mejor de las curas».

Warburgriano, pues, en este sentido, ya no tal vez para su autor sino para sus lectores, La maldición de Nemur es también un proceso de liberación. De imágenes: imágenes que pueden ser aprehendidas como pruebas en acto de un sentimiento utópico, que reclaman líneas de fuga y que enuncian problemas todavía irresueltos. Imágenes que tal vez no han perdido su capacidad redentora. Y que Ticio nos hace descubrir.

Profesores de la Universidad Nacional de General Sarmiento

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