La cornisa, de Esteban Cabañas

Este artículo tiene 16 años de antigüedad

Esteban Cabañas, de quien no hace falta decir qué autor se esconde bajo este seudónimo, siempre ha hecho gala de crear una novelística de ancha expresión, abrumadora escritura y reproducción fidedigna del pensamiento de los personajes.

 

Aquella obra histórica de 1998 titulada De lo dulce y lo turbio ofrecía un narrador explicando su mundo y su visión de los acontecimientos, Domingo Martínez de Irala, inspirador a su vez de nuevas voces acrónicas. Desde ese instante, Cabañas no ha abandonado su tono; el perfil de sus novelas camina por una densa prosa dotada de una morosidad que le da un atractivo añadido.   

En este sentido, su escritura fue muy poderosa en su visita a la Guerra de la Triple Alianza de El dedo trémulo (2002), aunque es más intensa y expresionista a la hora de reproducir el pensamiento de una víctima de la dictadura de Stroessner en Humo sobre humo (2006), su anterior novela a la que ahora comentamos. Todas ellas, en conjunto, son jeroglíficos del pensamiento de un personaje central, protagonista o no, construidos a modo de collage polifónico conformado por las voces intercambiadas de espacio en los capítulos.   

Esto mismo ocurre en La cornisa, su novela recientemente publicada. Estamos ante una honda reflexión sobre la escritura que parte de un argumento sencillo. En él, un anciano taciturno desea dejar escrito el testimonio de su vida. Para ello, contrata a un escribano, un joven al que remunerará por ello. De esa forma, se plantea el dilema de la propiedad de la escritura. ¿Quién será el autor de la obra, el viejo que dicta su vida o el escribiente que la copia hasta tergiversarla si es preciso? ¿Quién es el propietario de las palabras de un relato? Y reflexión absorbida por unos diálogos magistrales donde raya la crueldad del anciano y la imposibilidad de someter la escritura por parte del joven. Sin embargo, la novela es más que un diálogo entre el autor y el joven contratado: se establece un doble juego con un guiño hacia la complicidad del lector que parte de la dura pugna entre ambos personajes en su intercambio de conceptos conversacional. De esta forma, los hechos narrados exploran la realidad del anciano, pero son susceptibles de aparecer reinterpretados a causa del contexto y de la situación del propio escribano.   

Entre esta reflexión sobre la escritura, este combate de boxeo literario entre el escribidor y el anciano, en el capítulo cuarto se indaga en el proceso de creación artística. El joven necesita días para ordenar sus notas y darle una nueva sintaxis. De esa forma, el origen queda alterado y esa desviación degenerará en las dificultades para llegar a un destino. Como se aprecia, la completa reflexión metaliteraria camina más allá de la propia literatura: atañe a todo el ámbito productivo textual e incluso a la recepción de la obra.   

Prestemos atención también al desenlace sorprendente, crucial para el completo entendimiento completo de la novela. Se rebela ante el carácter irracional que ha tomado el discurso convertido en vida y obsesión. El escapismo imaginario de la palabra no puede ser un objetivo, dado que a pesar de la perversidad de la metáfora existe una referencialidad y unas contradicciones. Y es que, como dice el autor en el último capítulo, "el viaje no concluye nunca. Nosotros somos el viaje". Y es la palabra la que es capaz de provocar un incendio y una salida de la realidad, lo cual puede parecer una contradicción con la idea de la referencialidad del discurso, pero no es así porque la palabra sobrepasa cualquier sentido posible, real, artístico o documental.   

Pero quizá, y como conclusión, cabe destacar que Esteban Cabañas es capaz de crear novelas breves a pesar de su densidad expresiva y de la morosidad de su escritura. Ahí radica su mérito: el novelista no tiene por qué escribir muchas páginas, sino estrictamente las necesarias. Posiblemente, La cornisa, como el resto de novelas del autor, con una mayor extensión, perderían la fuerza con la que se inician y se mantiene hasta al final, gracias a su pericia creativa. Es por esta razón por la que se debe recomendar la prosa del autor, dado que resulta complejo el mantener un discurso repleto de ideas y motivador de la reflexión, sin perecer hasta el aburrimiento. Precisamente Esteban Cabañas consigue mantener al lector a base de que éste se recree en la historia narrada y preste atención provocándole la reflexión.   

La cornisa es un gran ejercicio metaliterario con suficiente riqueza textual que quizá no sorprenda a quienes han seguido la trayectoria novelística de Estaban Cabañas, dado que continúa su línea habitual, aunque esta vez ahonde en la reflexión sobre la creación de la escritura en lugar de indagar en la historia o en el pasado reciente vivido. Es una novela que sorprenderá a quien no haya conocido el resto de las obras del autor, hasta el punto de ayudar a entender que la literatura posee sus propios ritmos, sus propias estrategias, como puede ser la morosidad del discurso, y su propia vida, hasta generar incluso un universo argumental como el de esta novela. No me atrevería a valorarla como mejor ni peor que las anteriores: simplemente aventurarme a señalarla como la obra que certifica la coherencia del discurso de Cabañas. Por tanto, a leer y considerar.   

Hay narraciones ajenas al vertiginoso ritmo impuesto por la imagen, sobre todo el cine y la televisión, que impera en los éxitos de ventas, de calidad o editados en serie para su comercialización. Una es La cornisa.   

Y qué mejor que acabar con una de las mejores frases de la novela: "El texto crea la historia y no el escritor". Como esta reseña que usted acaba de leer.   
  
José Vicente Peiró Barco   
Jvpeiro@ono.com