En el pequeño escenario del 22 actuaron grandes artistas nacionales, como el mismísimo Luis Alberto del Paraná, e internacionales, principalmente de países vecinos. Los amantes del teatro disfrutamos allí de varias presentaciones de la talentosa Compañía Báez-Reisófer-Gómez.
En la otra calle céntrica, Mariscal Estigarribia, desde la Aduana hasta la vía Mariscal López, estaban concentrados los comercios más importantes. Las tiendas con «ropas de marca», las zapaterías, las farmacias «de turno», la sastrería, la ferretería, la casa de electrodomésticos, etc., estaban en dicha arteria, la primera que fue asfaltada por entonces.
En medio de esas tiendas funcionaba un pequeño local gastronómico regentado por don Miguel Hashimoto, descendiente de inmigrantes japoneses: el Bar Tokio. Por la mañana y por la tarde era el lugar de encuentro preferido y casi único de los encarnacenos para tomar un café y solucionar los problemas del mundo. Al caer la noche, don Miguel seguía firme tras el mostrador y el menú cambiaba a cerveza y platos varios, como el famoso bife a la plancha, un clásico del Tokio. El propietario ya nos abandonó y probablemente anda preparando manjares para los ángeles.
En las pocas manzanas del centro de la Villa Baja vivían las familias más tradicionales de Encarnación, las de apellidos más conocidos, como los Bado, los Squeff, los Arrúa, los Miró, los Ramírez, los Soloaga, los Zuccolillo, los Segovia, los Del Puerto, los Sarquis, los Codas, los Schmalko, los Santos, los Jaegger, los Ortiz, los Quintana, los Paredes, los Sténico, los Netto, los Rojas, los Zarza, los Amarilla, etc.
En la calle Mariscal López estaban las vías del tren, que anunciaba su cansino paso con el típico silbido mientras la locomotora echaba humo. Como iba tan despacio, los niños traviesos lo usábamos como tranvía gratuito con solo agarrarnos de las barandillas de hierro y sentarnos en sus escalerillas de acceso. Así, los mitã’i akã hatã daban unos paseítos desde la estación hasta la cabecera del ferry, en Pacú Cua. Mi hermana Dora a veces se colaba con los muchachos porque en su adolescencia le gustaba ir a mirar el río y saltar entre los troncos y las tablas del aserradero administrado por don Germán Ayala.
Frente a las vías del tren estaban los dos únicos cines de la ciudad: el Ideal, regentado por don Foco Fernández, y el Imperial, propiedad de Ña Uly Von Bargen, que competían por presentar las mejores películas de cowboys, las chifladuras de Cantinflas o los chapuzones con senos al aire de Isabel Sarli. Los adolescentes sogue pescábamos los domingos por la tarde que alguien nos comprase la entrada, o nos colábamos sin pagar al menor descuido del controlador. ¡Cómo nos gustaban los filmes spaghetti italianos, los musicales mexicanos, alguna romántica con Catherine Deneuve y algunas argentinas con el Gordo Porcel y el Negro Olmedo! En una película de Tarzán, el león se veía tan cercano y tan real que Ana se desmayó.
En esas tres manzanas entre la calle del tren y la del Correo Central tenían lugar los entonces incipientes corsos encarnacenos. Fuera por Mariscal Estigarribia o por Mallorquín, las comparsas, las murgas y la escasas carrozas tenían que dar dos vueltas a las tres cuadras para que el carnaval no terminase tan pronto. Las niñas más bonitas lucían sus encantos al ritmo carioca, con llamativas vestimentas abundantes en plumas y oropeles. Mis hermanos Luis y Carlos eran adictos a los carnavales, presintiendo tal vez que en el futuro sus hijas también serían bailarinas y reinas del carnaval.
A poca distancia del cine Imperial estaba el estadio de la Liga Encarnacena de Fútbol. Era el lugar preferido de los amantes del fútbol; allí se disputaban los partidos clásicos, como San Juan contra 22 o Nacional contra Universal. Cuando se jugaba el Interligas, el grito de la hinchada: «¡Encarnación, Encarnación!» se escuchaba en toda la ciudad. Tiempos gloriosos en los que la entrada costaba 10 guaraníes y la chipa se vendía a 3 por 5 guaraníes.
Cerca del estadio de la Liga, entre las vías del tren y el río, se encontraban la Delegación de Gobierno y el Club Náutico Encarnaceno. Se recuerda con cariño y nostalgia al Club Náutico, situado a orillas del río, con una buena cantina, espacio para deportes y una limpia y atractiva playa.
Sobre Mallorquín, entre las vías del tren y la cuesta arriba que conducía a la Catedral, se encontraba un club pequeño: el Sacachispas, dedicado al básquetbol. En el «Saca» siempre estaban presentes Chepé Zarza y Sapo Amarilla, dueños de hecho del lugar, al que nos escapábamos los alumnos del colegio Beato Roque (luego Pío X, luego Juan XXIII). Posiblemente fue por aquí que los hermanos Silvero, particularmente Óscar, nos volvimos tan fanáticos del básquet, pasión que heredarían los hijos.
Siguiendo la línea cercana al río, se encontraba el Molino Harinero San José, con su fábrica de varios pisos y su enorme silo de cemento. Muchos trabajadores y clientes entraban y salían del lugar, aunque no siempre se tenía la certeza de que la harina allí adquirida fuera producción nacional y no hubiera, tal vez, entrado calladita desde Posadas.
Luego estaba el centro militar donde los muchachos hacían el Cimefor. El local no era grande pero el patio y la playa sí, de modo que temprano por la mañana los estudiantes cimeforistas tenían que hacer sus ejercicios; más de un sargento argel les ordenaba: «¡Carrera mar!», y los perros tenían que correr hasta entrar, en invierno, en el helado río Paraná.
A algunos metros del centro castrense estaba la estación ferroviaria, un edificio antiguo, típico de estos lugares, con una pequeña sala de espera, un andén armado con baldosones rotos y un funcionario que parecía tener cien años pero era diestro en marcar y sellar el pequeño boleto para el viaje. Al menos tres veces por semana, la estación se llenaba de gente, con los pasajeros que iban a Artigas, San Pedro, Maciel, Caazapá, San Salvador, Villarrica, Sapucái o, en la otra dirección, los que emprendían el largo viaje a la capital argentina. A mi hermana Mireya le encantaba viajar en tren, aunque la travesía durase 20 horas, pues corría, jugando, de un vagón a otro, sacando la cabeza por la ventanilla para gozar del viento.
A poca distancia de la estación estaba la capilla Santa Rosa, bajo la orientación del párroco Carlos Bolik. Era un barrio humilde y los fines de semana se congregaba mucha gente en torno a la parroquia Santa Rosa: había torneos de fútbol (después de la misa, claro), los mayores jugaban bingo familiar y un grupo selecto de muchachos practicaba con los instrumentos de la Banda Santa Rosa. ¡Cuántos jóvenes aprendieron a tocar el bombo, el platillo, los instrumentos de viento y se lucieron en fiestas patronales, en las tradicionales marchas del 14 y 15 de mayo y en las celebraciones del 25 de marzo, aniversario de la fundación de la ciudad!
Por supuesto, hubo otros lugares históricos e interesantes, sobre todo comercios e industrias, pero en este vistazo del ayer es imposible recordarlos a todos, no solo porque la memoria ya es traicionera sino también porque la creación literaria tiene como fuente los recuerdos sesgados por el afecto y la experiencia personal.
El lector se habrá dado cuenta de que cité a varios hermanos; en realidad somos diez: tres mujeres y siete varones (el séptimo, Gari, tiene cierta tendencia a gritar en las noches de luna llena).
Todos los lugares mencionados en este breve relato ya no están. Desaparecieron, a excepción del esqueleto de la fábrica y el silo del Molino San José. El hombre construyó una enorme muralla de cemento, piedra y hierro aguas abajo del Paraná y el nivel del río empezó a subir, y a subir, y a subir. Los encarnacenos de la Villa Baja tuvieron que dejar sus hogares y negocios; la zona se convirtió en tierra de nadie y luego los tractores destrozaron los últimos residuos de tanta vida y tanta felicidad realizada en el lugar. Hoy, mucha tierra de relleno y mucha agua cubren por completo los vestigios de la Encarnación que amamos y recordamos tantos hijos de esa tierra colorada bañada por el querido río.
El progreso nos robó media ciudad y nos regaló nuevos barrios y hermosas playas, pero la «Villa Baja» es para muchos como el primer gran amor: es posible que el tiempo se la haya llevado lejos, fuera de nuestras vidas, pero seguirá viviendo en nuestros corazones y en nuestros recuerdos mientras tengamos una brisa de aire que respirar antes de decir el adiós definitivo a esa niñez, a esa adolescencia y a esa juventud de aquella Encarnación amada.
