Un país es el resultado de la obra permanente y continua de su pueblo. El que moldea una cultura basada en valores en los que cree, proyecta, presume y los hace suyos. No surgen de casualidad, se forjan en la fragua y en los avatares del destino. El Paraguay celebra sus 200 años enfrentando la triple crisis: de la identidad, del destino, y de los valores requiriendo una reflexión profunda sobre sus capacidades para hacer suyos sus sueños, para llevarlos a la vida práctica, para abandonar la comodidad de antiguas formas de relación que, por repetidas, algunos creen que son parte de nuestro carácter. No es inusual escuchar hoy que la “cultura de la corrupción” es parte del carácter nacional reafirmándose anualmente en cada toma de percepción sobre ella que los paraguayos, no creyendo en los valores opuestos, nos condenamos a creer en la imposibilidad de sobreponer los valores, como la honestidad, la diligencia, la capacidad, la responsabilidad, el coraje, la audacia, la inteligencia, el compromiso que, sin embargo, viven aún en la matriz de este pueblo que ha sabido sobreponerse a las pruebas más trágicas de supervivencia. Es cuestión de excavar, colocarlos en valor, promoverlos y hacerlos nuestros para recobrar la autoestima y la capacidad de vivir en mejores condiciones que las actuales.
Es irritante admitir que un país que puede producir alimentos en granos para 50 millones de seres humanos, sin embargo padezca hambre en una población menor a los 7 millones de habitantes; nos duele comprobar que, en el siglo del conocimiento, la educación tan referenciada en el discurso político no alcance una inversión mínima del 3 % del PIB; irrita observar que, teniendo el per cápita hidroeléctrica más grande del planeta, nuestra matriz energética está basada en el combustible fósil que no producimos y que debemos importar a altos costos en deforestación, recursos financieros e incluso dependencia política.
Tenemos todo para ser independientes en materia energética, pero sin embargo, mendigamos lo que es nuestro o simplemente regalamos, porque no tenemos un programa ni un plan de utilización de la energía eléctrica. Mientras el mundo invierte y promueve los automóviles eléctricos, nosotros seguimos importando vehículos contaminantes sin observar el daño que esta oportunidad perdida genera en el sentimiento de los paraguayos.
El cemento, base fundamental para el desarrollo de la industria de la construcción, tiene en Paraguay una de sus cuencas generadoras más grandes del mundo, pero la ineficacia, la corrupción o la incapacidad hacen que, en tiempos de crecimientos, el país deba pensar en importar el producto de países tan distantes como China. ¿Por qué no pavimentamos todas nuestras calles y rutas con cemento? La pregunta es tan obvia que el simple hecho de enunciarla genera vergüenza y, mayor aún, cuando alguien pretende justificar que es mejor usar el asfalto importado para dichos propósitos.
Una nación es la fuerza innovadora de sus habitantes o el desperdicio de oportunidades por inacción o incapacidad de sus gobiernos. El momento exacto cuando un país tiene instantes de desarrollo o crecimiento constituye uno de los desafíos más trascendentes en las ciencias sociales, es tanto el interés que incluso la provocación del título de algún libro que leí sobre Colombia es más que elocuente del grado de interés en hacer que la sociedad en su conjunto abandone su letargo o su inacción: el título del mismo escrito, por la década los ochenta, en esa conflictiva nación era: ¿Cuándo se jodió Colombia? Siguiendo esa misma línea de provocación quizás podríamos retrotraernos al tiempo final de la Guerra Grande (1865 a 1870), cuando un país orgulloso por algunos avances claves en comunicación y empresas estratégicas tuvo que morder el polvo de la derrota y la humillación de una manera tan dramática en que casi el 80 % de la población había sido aniquilada.
Tal vez los largos silencios cívicos se encuentren en los periodos iniciales del Supremo Dictador Francia, quien dejó huellas profundas sobre el carácter autoritario de los gobernantes pero que también inoculó soberanía y honestidad en el manejo de la cosa pública o, por qué no, en el gobierno del iracundo pero diligente Eligio Ayala, que preparó las arcas del Estado para enfrentar con éxito la Guerra del Chaco contra Bolivia, pero que no pudo huir de ese sino trágico que parece perseguir a todos aquellos que osen dejar algo diferente en una nación donde un pesimista Roa Bastos había afirmado que “el infortunio se había enamorado del Paraguay”.
Somos, sin embargo y a pesar de esos momentos iniciales, una sociedad afectiva tanto que medimos las cosas en relación a esos parámetros más que en cuestiones de racionalidad; somos simples tanto que no nos importa que incluso hablen mal de nosotros aquellos que ya aprendimos a querer con anterioridad. Es tanta la simpleza que parece ingenuidad transformada en espacio fértil para que los pillos y atrevidos se hagan de las cosas de todos en provecho y beneficio de unos pocos.
Los paraguayos hemos crecido hablando una lengua de una tribu que no existe, con lo cual hemos puesto en aprietos a los antropólogos procurando explicar esta rara condición mundial. No nos identificamos con el indígena, tanto que la expresión “indio” tiene características peyorativas e insultantes. Vivimos en una dualidad permanente y constante. Asumimos esas vivencias como parte de nuestra eterna condición de sobrevivientes y raros. A veces tan extraño, incluso a los nuestros.
Un país que repitió muchas veces expresiones de delicadeza y dignidad que hoy, en medio de gobiernos populistas, ha reforzado la idea de que cualquier aporte del Estado, incluso el más bajo, es algo trascendente para dejar a un lado la pobreza. Hemos sido engañados en los antivalores cuando teníamos en la matriz conceptos como: “che mboriahu pero che delicado” o “na motïmo’ãi la che apellido” (‘soy pobre pero digno’ o ‘no avergonzaré a mi apellido’). Todo eso ha quedado sepultado en los últimos años, que pedir un sacrificio colectivo parece poco menos que un insulto chabacano que muestra la urgente necesidad en este Bicentenario de recuperar los conceptos de honestidad y rectitud que formaron el carácter de nuestros abuelos y que fueron vitales para enfrentar el desafío bélico con Bolivia y para generar ese impulso creador de que la educación era un mecanismo de evolución y desarrollo social al que debíamos aspirar a pesar de sus costos y complicaciones.
Los paraguayos éramos un pueblo digno que sabía cómo alimentar a su prole. No requería coartadas embusteras como el vaso de leche, la merienda escolar y otros miles de fórmulas implementadas solo para que la corrupción privilegie a los distribuidores de dádivas miserables mientras mantenían y multiplicaban los pobres por millones.
Un país rico en productividad como el Paraguay ha convertido a su población en mendiga. ¿Dónde ha quedado aquella matriz familiar que conocía que un cocido con leche, un mbeju, un par de huevos duros o fritos, coco pisado eran suficientes para enfrentar las 4 horas de clases en el turno mañana, que generalmente incluía grandes distancias para llegar a las aulas para justificar aún más la necesidad de ser creativos y rigurosos a la hora de ejercer la maternidad o la paternidad con la convicción de que ser educados era abrirse a un país de oportunidades? Los extranjeros convertidos luego en paraguayos se encontraron con terrenos duros y difíciles como el Chaco y lo convirtieron en un vergel; otros hicieron que la Región Oriental se transformara en espacios donde la soja y la ganadería nos colocaron en los primeros lugares de producción a nivel mundial.