La tierra

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También la lucha con la naturaleza es interminable y cruel. Mas la tenebrosa enemiga, lenta en sus venganzas, sabe ofrecer al hombre una pérfida seguridad.

El tremendo obstáculo nos define violentamente; el dolor nos hace retroceder sobre nosotros mismos, y buscar en nuestra pobre carne ensangrentada la energía indispensable a la salvación. Energía quizá poca, pero al menos bien nuestra.   

Entonces nos acordamos de los precipicios siniestros en cuyos bordes ásperos no crece la hierba, y en cuyo fondo negro se perdía nuestra mirada de turistas despreocupados. Esos abismos no son una decoración inocente, que es por lo que solemos tomar, con tan escaso juicio, la configuración del planeta. Se abrieron en convulsión espantosa, posible a cualquier momento. Y pensamos en los cráteres en ruinas, cenizas errantes del fuego jamás apagado, que acá y allá, sobre las villas y los olivos clásicos, entre las nieves inaccesibles de las cumbres o a través de las aguas del océano asoman de repente sus cabelleras fulgurantes. Y atendemos a la palpitación secular de la corteza terrestre: orillas que se van hundiendo, ciudades muertas bajo las olas, montes que llevan en su antiquísimo lomo el osario curioso de los animales marinos, continentes dislocados poco a poco, islas que surgen y lagos que se ensanchan, toda la respiración enorme del monstruo dormido. Y sentimos, tocamos la verdad, es decir, la voluntad poderosa que se opone a la nuestra, la barrera, la amenaza, el riesgo. Una leve alteración en los gases de la atmósfera, un desplazamiento del globo algo más impaciente que de costumbre, y la humanidad, ¡oh, acontecimiento insignificante!, será envenenada, barrida, sepultada viva, aniquilada, olvidada. ¡Qué débiles entre el infinito glacial del espacio astronómico y el misterio insondable de la tierra traidora! ¡Qué débiles y solos!   

No. Estamos solos porque somos más fuertes. Hemos aceptado la plena responsabilidad de nuestro destino. Hemos rasgado el cielo raso mitológico que nos separaba del firmamento vacío, y por fin miramos el universo cara a cara. Hemos rechazado la ayuda de los Dioses. Mucho les debíamos, pero les hemos despedido bien pagados. Por nuestra cuenta pelearemos. La guerra es ahora absolutamente nuestra, y nuestro el amor que es otra forma de guerra. No nos alquilarán un paraíso: intentaremos fabricarlo con nuestras propias manos. Solo nosotros fecundaremos a nuestras vírgenes; nosotros solos nos redimiremos. Abrazados a la tierra, la desgarraremos para que se críe; enterraremos en ella la simiente de nuestros cuerpos. Agujerearemos sus montañas, tenderemos puentes por encima de sus más hondos tajos, uniremos los hemisferios y mezclaremos los mares. Y si el horror de un cataclismo nos detiene un instante, no por eso nos abandonará la noble esperanza. No sufriremos el golpe como castigo de nuestros pecados y como maldición de nuestro origen, sino como episodio natural del eterno combate. Detrás de la tierra rebelde no estará ya la terquedad invulnerable y estúpida de un tirano todopoderoso, sino el desorden pasajero de fuerzas destinadas a espiritualizarse tarde o temprano bajo nuestra acción y genio.

 

Rafael Barrett (1876 - 1910)