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Dejar la escolaridad para trabajar y no para hacer un objetivo o algún sueño (actor por ejemplo) es una voluntad, por lo general, externa al joven adolescente que se paga con un precio de importancia, en especial cuando el joven vive en un entorno que hace culto de idolatría de estar cerca a un punto de presumida verdad absoluta. Abandonar un discurso no es con poco sufrimiento y se espera calmar o consolar con unas actividades más cerca del orden de los deseos fantasiosos, de ahí que se espera sacar del sufrimiento lo mejor de uno mismo y no lo peor que habita. Este abandono de discurso, este desetiquetarse del molde que nos fija al suelo está heteroalimentado por la sociedad, llamada por Vattimo, de la trasparencia, sociedad de la información, que remodela la sociedad y reetiqueta en especial al joven adolescente, aunque, por otro lado, permite que el adolescente corra en una cierta libertad que ayuda a convertir las palabras en instrumentos para comprender la realidad exhibida ya más compleja y más plural.
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Eludir que los fantasmas se encarguen de uno, nos controlen y nos lleven a realizar cosas escabrosas depende del camino de satisfacción, de la sublimación que pueda alcanzar el sujeto y de las circunstancias que puedan apoyar y dar suerte. La sociedad de la trasparencia, en la que rige apariencia y publicidad, en este sentido colabora en descomprimir las tensiones del crecimiento, aunque eso significa en general frivolizarse y hacer culto a la diversión. Los lazos están entonces perezosos con el desinterés consiguiente por el discurso fuerte, dominante, político que quizás también sea porque la lógica del espectáculo, de lo divertido, invade el campo político con una desenfrenada chismografía.
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Descubrir, saber que se puede como descubrir que no se puede, descubrir es un placer para el joven adolescente. Probar como buscar le es más interesante, para vivir la existencia, que suponer, adivinar o conjeturar. Los secretos de cómo se está hecho es algo que llama a su intención. La poesía es un medio para, justamente, poder tocar los puntos que se consideran tabú y no necesitar de la prensa escandalosa y amarilla para aproximarse a las intimidades del ser. También frente a los efectos revolucionarios del discurso científico, que toca por todos lados sin regulación, especialmente en el campo de fecundación asistida, los vínculos se vuelven cada vez más tenues, envueltos en ficciones legales y es entonces cuando la poesía, con su fuerza por rescatar la palabra esencial, se hace recurso, medio para regular una convivencia que permita relaciones humanas. Con la poesía el joven encuentra o supone encontrar alguna organización a cuestiones de la existencia hoy más movilizadas, frágiles, inestables, sorprendentes… El mundo del cuestionamiento está más ancho; cada uno tiene hoy que arreglarse con la droga, la violencia, la sexualidad… hay como un “Padre, ¿porque me has abandonado?” posmoderno, es decir, las esfumaciones o declinaciones de los valores tradicionales caídos permiten que el capitalismo invada todos los aspectos de la vida y así desaparezca el sentido de afirmación o estabilidad del siglo pasado. El aumento de la incertidumbre es, diría, la presencia más clara del principio de incertidumbre de Heidelberg, que se vuelve palpable, es decir, cuando la carencia de saber qué hacer con las relaciones, es la pasión por los objetos la que cumple la función de orientar. A esto es lo que se llama en el psicoanálisis de orientación lacaniana el rebajamiento del nombre del Padre y, creo, es la poesía, en especial para el adolescente, la que cumple esa función que hoy está en decadencia, de ahí su sensibilidad por las letras, que es, a la vez, el camino y el medio para hacer algo.
Ágape Psicoanalítico Paraguayo