Los impuestos, la nueva clase y la nueva servidumbre

Fue probablemente el economista y escritor francés Fréderic Bastiat, en su obra La Ley, el que mejor expresó el sentido de los nuevos tiempos cuando dijo que el Estado es una gran ficción de la que unos pocos viven a costa de los demás. Para profundizar sobre esto, es necesario hurgar en la historia. Con el advenimiento del republicanismo liberal en el mundo, a inicios del siglo XVIII, que proclamó el valor del individuo dotado de derechos inalienables a la vida, la libertad y la propiedad, los países empezaron a salir de un círculo vicioso de pobreza, enfermedades y gobiernos despóticos, y fue así que, como nunca antes, se inició el progreso no solo en términos políticos y económicos, sino también cultural.

IMPUESTOS
IMPUESTOS

La función de los gobiernos fue y sigue siendo necesaria hasta tanto garantice los derechos de propiedad, de libertad y seguridad. El Estado debe limitarse a normas predecibles y duraderas porque, de lo contrario, desde los propios gobiernos se inicia el avance del poder sometiendo a los ciudadanos mediante legislaciones que han perdido su razón de ser. Lo que hoy tenemos es que, a diferencia de los principios del liberalismo republicano que concibió la democracia constitucional, la mayor amenaza en el presente está en la idea de que el poder estatal carece de límite alguno porque su propósito es consolidar la nueva clase conformada de políticos y burócratas –la nueva monarquía– tan detestable, corrupta e ineficiente como antaño.

La economía, en cualquier lugar y época, para que funcione y rinda sus frutos a través del intercambio voluntario de individuos y empresas en la creación, comercialización y distribución de bienes y servicios no puede funcionar sin instituciones de libertad y orden. La idea de que el Estado puede endeudarse, elevar los impuestos y hasta crear inflación (porque solo el Estado puede hacer estas tres cosas e incluso juntas) está pasando desapercibida, al punto que se está creyendo a ciegas que el Estado puede y debe hacer algo para resolver los problemas de los grupos de presión y a costa de otros, hecho constatable en la tributación.

Sin embargo, es una falacia creer que el Estado pueda crear riqueza. No es su función puesto que cada guaraní que utiliza es un guaraní menos en los bolsillos de la gente. El sector estatal es improductivo porque no hacen inversiones, pues solo invierte el ahorro de las personas a quienes se les sacó mediante la fuerza parte de sus ahorros. En tal sentido, se viene subestimando el efecto de la tributación como si los impuestos fueran inocuos en la economía. Resulta lamentable que los “estudiosos” sigan insistiendo en la equidad tributaria mediante la implementación de más impuestos y sobre todo directos. Lo que pasa es que estos “estudiosos” creen que la equidad es una forma de justicia (que no la es) mediante la tan mentada y equivocada “redistribución” de la riqueza, lo que significa sacar al que más tiene para repartirlo a otros, eufemismo que termina por sacar a los más pobres para dárselos a los privilegiados en el poder. Cabe al respecto decir ¿qué se ha hecho con los diversos Presupuestos de Gastos en todos estos años? Pues se aprueban y se sigue contando con gastos que están por encima de la recaudación siendo prebendario, ineficiente y sin calidad, con el agravante de que a los técnicos y legisladores les tienen sin cuidado todo aquello porque total pueden hipotecar a las generaciones futuras (endeudamiento) aumentar y crear nuevos tributos y hasta llegar a aquello de que no es tan malo un “poco” de inflación.

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Sumado a ello –que ya es suficiente– está el denominado peso muerto de los impuestos, esto es, lo que inevitablemente se deja de producir a causa de la administración costosa, ineficiente y corrupta que incentiva a los grupos de presión. En Paraguay el peso de la ineficiencia estatal en materia tributaria se ha vuelto insoportable para el pueblo en general y, todavía más, sobre no más de 800 mil personas del sector formal que mantienen con sus impuestos las calles, la seguridad, la salud, la educación, etc. –por cierto sin contraprestación– y sobre los cuales cualquier “reforma” vuelve a caer sobre ellos mismos. ¡Y esto sí que es una injusticia! Mientras tanto, la nueva clase tira con fuerza hacia sus intereses y privilegios los recursos producidos por productores, emprendedores, individuos y empresas que se constituyen en la nueva servidumbre de pagadores de impuestos. Esto solo puede terminar mal y muy mal, como se puede notar en el gráfico donde se muestra que son las regiones más pobres las que más sufren el peso del Leviatán el Estado por medio del embate de aquella nueva clase, la emergente monarquía que tiene a sus pies a la nueva servidumbre.

* Decano de Currículum UniNorte. Autor de los libros “Gobierno, justicia y libre mercado”, “Cartas sobre el liberalismo”, entre varios otros.

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