Tan tradicional es su consumo en nuestro país, que una posible explicación de la presencia de poblaciones silvestres de mbokaja en la región Oriental, en una llamativa larga franja paralela al río Paraguay, es que el mbokaja era un constituyente del avío de la gente que transitaba entre la capital y los pueblos coloniales del sur, especialmente en la época de los jesuitas.
A medida que los iban comiendo, estos viajeros tiraban los cocos mascados al costado de los caminos, y cuyas semillas germinaban en toda esa franja de circulación. De que la zona se haya ensanchado en unos 100 kilómetros, tal vez haya quedado a cargo de los diversos animales, que por allí vivían y que las fueron dispersando de a poco a través del tiempo.
El coco maduro se puede consumir fresco, retirando la cáscara y mascando la parte carnosa y fragante que es la pulpa, que por contener un almidón mucilaginoso se pega al cielo del paladar, pequeña incomodidad que se supera cocinándolo en agua caliente. En unos 10 minutos, la cáscara cambia de color, pasando a una tonalidad de marrón claro, despidiendo un aumentado agradable aroma, muy característico. Así resulta más fácil romper la cáscara y adopta la particularidad de que la pulpa del coco cocinado ya no queda pegado al cielo del paladar, por lo que su mascado se hace más cómodo.
Muy nutritiva
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Esta pulpa cocinada se puede pelar con un cuchillo filoso y se ingiere como desayuno, agregándole al cocido o a la leche caliente. También se recomienda no darle de mascar a los niños, porque en un descuido se pueden atragantar. La pulpa es bastante alimenticia por su contenido de unos 35% de aceite (lípidos), rico en ácido oleico casi como el aceite de oliva. Contiene almidones y azúcares (carbohidratos), de ahí su sabor dulzón, además de unos 7% de proteínas y alrededor de 14% de fibras, que se encarga de colaborar con el tránsito intestinal.
Por otra parte, para consumir la almendra de coco contenida en el fruto, la misma es separada del carozo, material leñoso que la envuelve y protege, quebrándolo con la ayuda de un martillo, o de una piedra. Es muy común romperlo, golpeándolo firmemente con la “cabeza de un hacha sin mango”. Como alimento, esta almendra es aún superior a la pulpa, pues contiene unos 63% de aceite, alrededor de 30% de proteínas, carbohidratos y unos 5% de fibras.
Tradicionalmente, el paraguayo consume la almendra de coco de diversas formas: simplemente quebrado, acompañado de un trozo de mandioca. O, pisado en mortero, como mate dulce, con leche y azúcar quemado. O simplemente agregado a una taza de cocido o leche caliente.
La almendra de coco pisada en mortero con mandioca y sal fina forma una pasta conocida con el nombre de “tuja rendyva”, que se consume como sobre desayuno, y cuyo sabor se aumenta asándola a la punta de un palo, tipo “chipá asador”.
Se puede consumir la almendra de coco tostándola sola o junto con maíz chipá y maní, pisados en mortero. Se la conoce con el nombre de “kishimá”. Igualmente, molido con maní, se prepara un tipo de “chipá mestizo”.
Amplio alcance
El aceite de almendra de coco se usaba en la cocina para la preparación de frituras, porque es resistente al calor, y comienza a quemarse y a humear a más de 320 °C. Pero se solidifica a unos 20 °C, que en el invierno es un inconveniente para las amas de casa, porque la tarea previa de derretirlo es una pérdida de tiempo. Es por eso que el aceite de coco perdió terreno frente al uso de demás aceites de cocina como el de soja, que no solidifica, y su uso es rápido y práctico.
El consumo regular en ayunas de aceite de coco desde los años jóvenes ayuda a prevenir la aparición de algunas enfermedades, como el de alzhéimer, enfermedad esta que es debido a daños progresivos del cerebro, caracterizada por la pérdida gradual de la memoria, de la percepción y del sentido de la orientación, que se manifiesta ordinariamente en la edad senil, pero que comienzan a generarse hasta 10 y 20 años antes.
La acción del aceite de coco sobre las células cerebrales también beneficia al sentido de la vista, puesto que los ojos simplemente actúan como unas cámaras fotográficas, que captan las imágenes, que a través de los nervios ópticos son transmitidas al cerebro, en donde son “reveladas” y es así como se verifica la visión. Y tal vez basado en la realidad de nuestras abuelitas que enhebraban sus agujas y de que nuestros abuelitos, que leían hasta casi sus 90 años sin el uso de anteojos, se sostiene que el consumo del aceite de coco beneficia a la conservación de la visión.
Para terminar, debemos decir que para cocinar estos nutritivos alimentos en los hogares campesinos se dispone de la conocida “raja san lorenzo”, que son las hojas secas (“mbokaja rakã pecué”) o los racimos secos (“mbokaja poty pirú”) del cocotero, Así como del carozo obtenido. Tienen muy alto poder calorífico y casi no producen humo, por lo que su uso en la cocina hogareña es muy práctico y cómodo, a más de ahorrarse la compra de gas.
(*) Químico industrial. Especialista en el cultivo y el aprovechamiento del mbokaja.
