Un análisis más profundo sobre la palabra “cesión”

Amables lectores, la honestidad intelectual obliga a cualquier analista que goza de un espacio como este, en el diario que más peleó por nuestra soberanía energética, a actualizar conceptos, hacer revisiones históricas, jurídicas, inclusive técnicas. Nada es tan absoluto como para morir por una idea. Confieso que mi pasión a veces fue mayor que mi razón energética; es que la pasión y la razón son como el timón y el velamen de nuestra alma navegante y libre, al decir de Khalil Gibran.

Luis María Fleitas Vega (*)
Luis María Fleitas Vega (*)

Hoy les presento el desglose de la palabra “cesión” y su aparente contrapunto, el concepto de venta. La palabra ceder tiene varios sinónimos: doblegarse, someterse a, obedecer, transar, replegarse, cejar, aflojar o desistir de un derecho, una propiedad o un bien cualquiera. Normalmente se lo hace en condiciones de inferioridad de poder o por una compensación menor a lo que ganaría con una venta.

La venta, a su vez, está relacionada con la palabra mercado. ¿Dónde vendo un bien? Exacto, en el mercado. Si el bien es algo muy especial como un diamante incrustado en una joya que lo portó la reina de Inglaterra, en el siglo XV, lo hago en un mercado muy especial de coleccionistas o museos muy renombrados.

La cesión, sin embargo, lo hago durante una imposición o negociación entre ineptos, flojos y pusilánimes, por un lado, y oportunistas y pillos, desde el otro lado. Pero Sun Tzu, en su libro “El arte de la guerra”, podría explicarnos cómo anular o hasta vencer a un enemigo mucho más poderoso. Al dictador Stroessner, y a sus acólitos, les faltó la lectura de los clásicos, o quién sabe, tenían otros intereses mayores al Estado que representaban.

¡Nadie cede nada gratis, menos entre dos Estados soberanos! La historia nos demuestra eso; esta verdad es inexorable. Si los países pequeños “ceden” todos sus derechos ante los grandes, probablemente en el planeta solo habría una media docena de países, en lugar de los aproximadamente 180 que hoy pueblan la Tierra.

¿Qué ganó Paraguay por “ceder” su energía durante 36 años de generación conjunta en Itaipú? La analogía común que acostumbramos hacer es el cambio de pieles por espejitos que se hacían entre colonos e indígenas “pieles rojas”, en tiempos de la colonia, especialmente en el hemisferio norte. ¿Qué diría el amable lector si demostramos que en ninguna parte del Tratado, ni de sus anexos, el Paraguay está obligado a “ceder” su parte, sino a vender al Brasil? Veamos en qué sustentamos nuestro parecer.

Analicemos de mayor a menor, es decir, desde el cuerpo principal del Tratado. Vayamos al Art. XIII, “La energía producida por el aprovechamiento hidroeléctrico a que se refiere el Artículo I será dividido en partes iguales entre los dos países, siendo reconocido a cada uno de ellos el derecho de adquisición (la negrita es nuestra), en la forma establecida en el Artículo XIV, de la energía que no sea utilizada por el otro país para su propio consumo”. Parágrafo Único – Las Altas Partes Contratantes se comprometen a adquirir, conjunta o separadamente en la forma que acuerden, el total de la potencia contratada.

Este artículo junto al I.3 del Anexo C establecen que el propietario de la potencia y energía generada es la Itaipú de la que las entidades compradoras de Paraguay y Brasil deben adquirirla mediante títulos traslativos de propiedad, o sea, contratos de compra/venta.

¿A qué precio puede acordarse la adquisición de los excedentes?

Dijimos que cuando se habla de adquisición se habla de venta y no de cesión; he aquí nuestro primer dilema: la venta en un mercado, junto con el mecanismo de venta. ¿Qué impedía a la “Alta Parte del Paraguay” vender en lugar de ceder? ¡Nada! Simplemente debía pagar la cuenta asumida en la construcción de la hidroeléctrica. O sea, en el Tratado está contemplado el hecho de que cada país podía contratar su 50%, junto con la decisión de no ceder, sino vender.

Y aquí, conociendo el mercado de ingenieros de 60 Hertz, aparecerán los que digan que estábamos ante un contexto geopolítico diferente, que Paraguay era muy débil ante una potencia mundial, que solo pusimos el agua, etc, etc. Los argumentos de pusilanimidad, de entreguismo y claudicación son invariables en el tiempo, pero variados en su estupidez. Daba la impresión que cada presidente paraguayo que asumía tenía una deuda moral con cada gobierno brasileño. Tal vez era el precio de mantenerse en el poder.

Seamos sinceros. El gobierno de Lugo fue el único que pidió una revisión de la aplicación del Tratado y logró el Acuerdo Lugo-Lula, cajoneado hasta hoy, a pesar de ser aceptado por los congresos de ambos países y tener varias ventajas para el nuestro. En menor grado, el gobierno de Federico Franco, por lo menos, logró la revisión de las cuentas con Jeffrey Sachs.

Muchos hablan de un abuso, de una explotación o una injusticia social por parte de Brasil contra el Paraguay; yo creo simplemente que ellos usaron bien el concepto de “defender sus intereses” contra unos ávidos soldaditos de papel o de inescrupulosos agentes dobles, disfrazados de diplomáticos. Como mínimo, aceptar la cesión fue un acto de cobardía ante la fuerza, la intimidación o la barbarie.

Si la “cesión” no me causara ningún daño moral, ético o económico no habría estas dos corrientes históricas bien definidas. El acto pasaría a ser algo neutral, anecdótico y hasta onírico e hilarante. Pero existió y nos trajo muchas pérdidas y muchos sufrimientos; además del tiempo sacrificado en nuestro desarrollo.

¿Cómo solucionar este dilema de la venta versus cesión?

Sencillo, aplicando el Tratado y, específicamente, el Anexo C, Inciso IV.4: “Cuando no se verificare la hipótesis prevista en el II.5 y teniendo en cuenta lo dispuesto en el Artículo XIII del Tratado y en el IV.2, la responsabilidad de la entidad que contrató la compra será la correspondiente a la totalidad de la potencia contratada. O sea, el Paraguay sencillamente debía contratar su 50% y decidir no ceder, sino venderla.

Por ahora vimos los fundamentos de la cesión y la venta; en entregas posteriores veremos el mecanismo de cómo comercializar nuestros excedentes, sin incurrir en incumplimientos, moras, o cambios radicales del Tratado. Para hacer un buen negocio, sencillamente se requieren de buenos negociadores y patriotas inteligentes.

(*) Ex Asesor del DGP en Itaipú, del 2008 al 2012

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