El 2019 fue un año altamente complicado para el sector de alimentos, la fiebre porcina africana eliminó a más de un cuarto de la población mundial de cerdos. Este evento provocó en China un importante aumento interanual en los precios de alimentos, entre 15-20% en el transcurso del 2020. Sumado a este impacto, África del Este sufrió la peor plaga de langostas en más de setenta años, destruyendo los cultivos en países altamente vulnerables.
El covid-19 amplifica el riesgo sistemático de una escalada mundial de precios de los alimentos, posiblemente desestabilizando muchas economías emergentes. En los países de menor desarrollo relativo, los alimentos suponen entre el 40% y el 60% de la canasta de consumo, unas cinco veces más que en las economías desarrolladas. Paraguay no se encuentra muy expuesto a experimentar estos fenómenos, al menos en el corto plazo.
Según el Foro Económico Mundial, por el lado de la oferta las reservas mundiales de granos están en buenos niveles, pero las alteraciones a la producción y distribuciones provocadas por el virus pueden llevar a que se agoten en poco tiempo. De hecho, la escasez de forrajes, fertilizantes y pesticidas han aumentado los costos de la producción agrícola y el riesgo de las malas cosechas.
Muchos países han respondido con medidas de proteccionismo alimentario, imponiendo cuotas o restricciones a la exportación de alimentos, tal es el caso de Rusia con los granos e India y Vietnam para el arroz. Otros países, por ejemplo, han acelerado importaciones para garantizar la acumulación de reservas de alimentos, por ejemplo, las Filipinas (arroz) y Egipto (trigo).
Sistema agrario paraguayo
Paraguay presenta una estructura agraria profundamente instalada en la economía y en la sociedad. Poco más del 35% de la población reside y produce en la zona rural, es decir 2,4 millones de personas. Su perfil, históricamente productor agropecuario, se mantiene hasta hoy, aunque con evoluciones y particularidades resultantes de la sofisticación de los sistemas productivos, de la demanda de commodities y de procesos sociodemográficos, donde prevalece la emigración hacia zonas urbanas, especialmente de los miembros más jóvenes de las familias rurales.
Durante las últimas dos décadas, las condiciones sociales y económicas han evolucionado positivamente, con una reducción significativa en los niveles de pobreza y pobreza extrema. La pobreza total en el país, pasó de 57,7% a 23,5%.
De igual forma, al observar el comportamiento por zonas geográficas, se aprecia avances muy significativos en la reducción de la pobreza, aunque la disminución de la pobreza en las zonas rurales es más lenta, aunque sostenida.
El mejoramiento de las condiciones sociales se explica en gran parte por el incremento de los ingresos laborales, en los diferentes sectores, donde las cadenas de valor agrícolas y ganaderas tuvieron una alta participación en la última década.
El estudio de la FAO también menciona que en Paraguay el sector primario representa el 10,1% del Producto Interno Bruto (PIB), y para el año 2019 el monto ascendió a 3.844 millones de dólares corrientes. Dentro del mismo, la agricultura representa el 7,0%, la ganadería 2,2% y la explotación forestal, pesca y minería, el 0,9%. El rol social del sector primario es muy importante, ya que más del 35% de la población vive y produce en las zonas rurales, remarca el documento.
La campaña agrícola de la soja, el cultivo más importante del periodo 2019-2020, concluyó justo antes que se inicie la pandemia, con una producción de más de 10 millones de toneladas. Este sistema productivo se asocia a la seguridad alimentaria paraguaya por distintos productos, específicamente aceites, huevos y carnes.
Cadena en rubros de exportación y mercado local
Para dimensionar el funcionamiento de la cadena en los rubros de exportación de la agricultura familiar campesina, el trabajo presenta una ilustración esquemática del mundo productivo paraguayo. En la misma se observa que para los productos destinados al mercado interno, se elimina el eslabón industrial y se accede al mercado por la vía de intermediarios, Mercados de abastos urbanos y, últimamente, por medio de ferias en la gran mayoría de los centros urbanos del país. Este último mecanismo facilita el acceso geográfico a los alimentos a la población. Desde el año 2019, el Ministerio de Agricultura y Ganadería (MAG) ha apoyado la realización sistemática de ferias agropecuarias como estrategia de comercialización de las familias asistidas.
La irrupción del covid-19 ha causado disrupciones en las cadenas alimentarias de todo el mundo, afectando a la demanda y a toda la cadena de suministros. Paraguay no ha quedado al margen de los procesos de reorganización y adaptación de los distintos actores y eslabones de la producción, comercialización e industrialización de alimentos.
El principal problema se ha observado en la demanda, ya que esta se vio afectada sustancialmente por la disminución y pérdida de empleos e ingresos, lo que a su vez se tradujo en una modificación sensible de las prácticas sociales, debido a las medidas de aislamiento social y sobre todo a la modificación de las pautas de consumo. En este sentido los alimentos no han experimentado modificaciones mayores en términos de producción, acceso, disponibilidad o precios.
La cuarentena redujo sustancialmente varias ramas de la actividad económica que involucraban a empleados que habían migrado de las zonas rurales. A partir de evidencia empírica (observaciones y entrevistas a informantes calificados como técnicos regionales del MAG), se estima, ante la ausencia de mecanismos de captura estadística del fenómeno, que este segmento de población urbana joven y soltera, al perder sus empleos, cancelaron sus contratos de alquiler en las ciudades y retornaron a las zonas rurales, a los hogares familiares.
En efecto, si la pérdida acumulada de empleos en los últimos meses fue de poco más de 217.000, se estima que una parte de estas personas que perdieron su trabajo optaron por volver a las zonas rurales. Se precisan estudios complementarios que permitan confirmar estas percepciones, así como identificar y caracterizar el fenómeno de retorno. Se estima que una vez que las zonas urbanas recuperen cierto nivel de dinamismo las zonas rurales cederán población a las urbanas y que el retorno rural no sería definitivo.
Las zonas rurales como un seguro de desempleo
De acuerdo con el estudio de la FAO, el reconfigurado escenario se da por una reducción de los salarios, el desempleo que se fue incrementando durante la implementación de la cuarentena estricta y los gastos que fueron más difíciles de pagar, como, por ejemplo, los alquileres. Es así, como las zonas rurales estarían funcionando como un seguro de desempleo, en donde existen menores probabilidades de contagio y, sobre todo, una menor necesidad de gasto cotidiano y, además, existe disponibilidad de alimentos.
Zona rural: espacio de contención
De esta forma, las zonas rurales funcionan como espacios de contención socioeconómica, por la vía del retorno a los hogares familiares, ante la cuarentena urbana. Aunque no se conozca la envergadura de este fenómeno, se asume que sirvió como una suerte de “seguro de desempleo” de los trabajadores urbanos sin seguro social y de aquellos informales.
Conforme con datos de la Dirección General de Estadística, Encuestas y Censos (DGEEC), a las 500.000 personas que tradicionalmente estaban en situación de desempleo y subocupación, se suman 217.000 más en la categoría de inactivos circunstanciales. Así, unas 718.000 personas se encuentran con dificultades de empleo y por ende de ingresos. Se estima que una parte de esta población se refugió en hogares rurales de parientes y familiares.
Los resultados de la Encuesta Permanente de Hogares Continua (EPHC) también reflejan los impactos de la pandemia en el país, donde puede apreciarse que, en la mayoría de las variables, el desempeño de las zonas rurales fue mejor que el de las zonas urbanas, es decir, que el impacto económico fue menor, pero igualmente significativo, con disminuciones en ingresos y empleos.
Los resultados dan evidencia a este efecto, donde se observa una mayor disminución de los ingresos en las ciudades que en las zonas rurales, con una reducción del 73% contra el 61% respectivamente de los hogares.
Asimismo, con respecto a la situación laboral, la pérdida de trabajo fue más pronunciada en los hogares del área urbana (42%) con respecto a la rural (30%). Al mismo tiempo, las personas tienen mayores inconvenientes para conseguir trabajo en las ciudades (41%) que la gente viviendo en el campo (27%).
A partir de estos datos se refuerza la interpretación de que el impacto de la pandemia sobre los sistemas agroalimentarios se produce más por el lado de la demanda que por el de la oferta. En efecto, las familias urbanas y rurales vieron reducir sus ingresos en más del 60% de los hogares. Esta situación obligó a reestructurar el sistema de compras y reafirmar el esquema de prioridades de las familias, donde se prefirieron los gastos prioritarios, generalmente alimentos, productos y servicios de salud, por sobre otros gastos, que, sin ser suntuarios, pasaron al grupo de gastos secundarios y, por lo tanto, en cierta forma prescindibles.
La producción de alimentos durante la crisis sanitaria
A partir de los datos de MAG se puede observar que los volúmenes de producción de alimentos son elevados, y que, en su mayoría, se destinan fundamentalmente al consumo en los hogares rurales.
Con respecto a los cultivos de renta generados por la agricultura familiar, casi la totalidad de los mismos, salvo el sésamo, son destinados al mercado interno paraguayo, con lo cual se asegura la provisión de estos bienes al sistema agroalimentario nacional. La innovación, en tal sentido, debe jugar un papel fundamental. En palabras del representante de la FAO en Paraguay, Jorge Meza, “en 10 años se incorporarán muchas tecnologías en la agricultura, por lo que hay que apuntar hacia ellas, no dar solo semillas, hay que acompañar a los productores”.
En cuanto al cálculo de la producción de autoconsumo del segmento de la agricultura familiar en términos de disponibilidad calórica y proteica indica niveles aceptables y por lo tanto, con bajo impacto directo de la pandemia sobre la misma.
La producción de autoconsumo tiene a la mandioca y al maíz como rubros principales, tanto en volumen como en dispersión espacial. Los datos estadísticos de producción agrícola y pecuaria a escala distrital del MAG permiten analizar la disponibilidad de calorías en las fincas de la agricultura familiar.
Con la producción obtenida destinada al autoconsumo por cada distrito, cruzada con la cantidad de nutrientes provenientes de estos dos alimentos, específicamente calorías (mandioca y maíz) y proteínas (poroto, leche, huevo, pollo), disponibles por los miembros de los hogares rurales, en promedio cuatro personas, se ha logrado calcular la cantidad diaria de nutrientes disponibles durante el año 2020, sin que esto signifique que todas las personas tengan el mismo acceso.
El resultado principal de este ejercicio indica niveles satisfactorios de acceso a alimentos por parte de la población más vulnerable, la población rural del segmento de la agricultura familiar.
En términos geográficos se observa una correlación entre los distritos de mayor producción y disponibilidad de alimentos y aquellas zonas o departamentos de mayor población rural del segmento de la agricultura familiar. Incluso en los departamentos que muestran los niveles más altos de pobreza, como Caaguazú, San Pedro y Caazapá. Además, puede observarse la menor producción de alimentos en los departamentos de Central, Cordillera y Paraguarí, donde se encuentran los suelos más degradados, así como la migración y movilidad hacia Asunción y su corona metropolitana.
La producción de alimentos para la generación de renta se ha mantenido relativamente estable en la última década, basándose en dos grandes grupos. Los destinados al mercado interno: mandioca, tomate, pimiento, productos hortícolas y poroto, entre los más importantes. Por otro lado, se encuentran los destinados a la industria y exportación como la caña de azúcar para la producción de alcohol y azúcar, la mandioca para la elaboración de almidón y el sésamo para su exportación en estado natural, así como los cítricos que son procesados por las industrias de jugos nacionales.
No se han identificado ningún otro elemento restrictivo o barrera a la producción de renta, como suspensión de créditos ni disminución de insumos productivos como semillas, abonos o alguno otro componente del proceso de producción. La mandioca es el rubro de mayor generación, seguido por el maíz. Caaguazú es la región con más producción de renta de mandioca, y San Pedro, la segunda, en ambos casos impulsados por la industria del almidón.
En todos los departamentos, a excepción de Amambay y de Presidente Hayes, la producción para consumo es superior a la de renta. Anualmente, la producción total alcanza 203,4 mil toneladas. Las fábricas de almidón de mandioca, concentradas en Caaguazú y San Pedro, facilitan la comercialización de una parte importante, la que no es vendida en los mercados regionales para el consumo interno.
En cuanto al maíz, la producción para renta es de relevancia en ciertas zonas; en este sentido, San Pedro y Caaguazú son los de mayor producción, con 9,2 mil y 5,9 mil toneladas respectivamente. La producción de maíz para renta es de 36,4 mil toneladas anuales. En comunidades de Caaguazú y San Pedro, iniciativas de integración productiva entre agricultores familiares y tecnificados, permitió que los primeros logren mecanizar su producción e insertarse a cadenas de valor cultivando soja y maíz, con mayores ingresos monetarios.
Por otro lado, el sésamo es un rubro importante en los departamentos de Concepción, San Pedro y Canindeyú. Este cultivo ha permitido una inyección financiera considerable a las familias campesinas, incluso con una expansión casi nula del área sembrada en los últimos años, así como al escaso incremento de la productividad.
Bajo nivel de productividad
Un factor que restringe los ingresos por venta de productos agrícolas es el bajo nivel de productividad en casi todos los rubros de la agricultura familiar campesina. Estas condiciones productivas son ya prepandémicas y no parecen existir incentivos o factores que alteren este desempeño.
El análisis de los datos e informaciones hacen deducir a la FAO que la producción de alimentos no se ha visto afectada directamente por la pandemia debido a que los sistemas productivos se rigen principalmente por eventos naturales. Tampoco, de acuerdo con el estudio, se han observado fenómenos sociales ni tecnológicos que hubiesen modificado el proceso de producción, salvo el retorno de población a las zonas rurales que debe ser confirmado.
El documento remarca que la matriz productiva agrícola y pecuaria no se ha resentido por la cuarentena puesto que se rige mayormente por el ritmo climático. Al mismo tiempo, se presume con base en entrevistas con diversos puntos de referencias en organizaciones rurales, que las familias rurales del segmento de la agricultura familiar incrementaron sus miembros por retorno de miembros que antes trabajaban en las zonas urbanas en el área de comercio y servicios. Esto podría poner presión adicional a los recursos familiares, pero al mismo tiempo también ofrecer la mayor cantidad de mano de obra familiar que, eventualmente, se utilizaría en los cultivos para la campaña 2020-2021.
A diferencia de otras regiones, en Paraguay no se precisan de trabajadores rurales no familiares, salvo en los cultivos de caña de azúcar. Sin embargo, el documento refiere que una escalada global de precios de alimentos parecería ser inevitable, ya que el contexto global profundiza e incentiva a posturas proteccionistas, aunque esta sea un modo de dar alivio a su población vulnerable.
Reducciones históricas del crecimiento
El estudio de la FAO agrega que, de hecho, la irrupción del covid-19 ya ha provocado reducciones históricas del crecimiento y aumento del desempleo, del déficit fiscal y de la deuda a todas las economías, tanto avanzadas como emergentes. Al mismo tiempo, el organismo advierte que la aparición de nuevos focos de contagio en países en desarrollo agudizará el dilema entre salvar vidas y proteger los medios de subsistencia de la gente.
Por tanto, garantizar la seguridad alimentaria en un contexto de posible encarecimiento de los precios de alimentos es absolutamente primordial. Mas aún, en un contexto donde tal incremento ampliaría las desigualdades preexistentes incentivando a mayores niveles de crispación y agitación social.
De esta manera, el aporte de la ONU mediante el estudio analítico “Impacto del covid-19 en el sistema alimentario paraguayo” es una herramienta fundamental para el diseño de políticas públicas mejor focalizadas y con resultados que contribuirán al fortalecimiento del esquema productivo del país. Esto, anclado en el objetivo de la seguridad y soberanía alimentarias.
