Los maletines de Itaipú

Un ciudadano que tuvo la oportunidad de estudiar en el sistema terciario del Brasil o la Argentina regresa con una tendencia favorable hacia el país que lo acogió. Es natural, cualquiera que hayamos hecho algún curso en el extranjero venimos con ese cariño especial.

Ing. Luis María Fleitas Vega (*)
Ing. Luis María Fleitas Vega (*)Archivo, ABC Color

El que va a Israel verá su grandiosidad como Estado-nación ante poderosos enemigos que lo rodean.

El que va al Japón probablemente vendrá extasiado con la cultura al trabajo; lo mismo ocurrirá con el que va a Taiwán o Corea.

El que viaja a los EE.UU. vendrá enamorado de la libertad, las patentes y los descubrimientos.

El que lo hace a Europa vendrá satisfecho con el orden, la limpieza y el desarrollo derivado de la revolución industrial. Hasta aquí todo normal.

¿Dónde está el peligro?

El peligro se inicia cuando las simpatías se transforman en lealtades hacia el Estado que nos prestó su conocimiento, por encima de nuestra propia patria.

Es semejante a esos agentes dobles de la guerra fría que ya no sabían a quiénes pertenecía su corazón, al bloque comunista liderado por la URSS, o al bloque occidental, liderado por EE.UU.

Existen algunas vicisitudes notables en torno a las binacionales que se relacionan con los mencionados hechos migratorios o académicos. Ellas transitan entre lo pintoresco y lo patético.

Algunos brillantes paraguayos que estudiaron por el famoso convenio con universidades tecnológicas del Brasil, llegaron extasiados por su “segunda patria”.

Otros más afortunados (o desafortunados) vinieron cazados, perdón casados, desde sus academias energéticas o industriales. De cualquiera manera, mi intención no consiste en hacer un juicio sociológico, sino en tratar de interpretar el por qué algunos cerebros privilegiados, como el de don Enzo Debernardi, sucumbieron ante el poder de extramuros.

En una parte de la Resolución 346 de la Contraloría General de la República, de 1997, que también estaba firmada por los auditores Sonia Scorzara de Kallsen y René A. Riveiro, se asentaba la siguiente afirmación: “Resulta muy llamativo cómo el Ing. Enzo Debernardi, habiendo acompañado desde el inicio el proyecto, la construcción y la operatividad de la Central ... en ningún momento argumentó la inaplicabilidad del Anexo C por el hecho de que las turbinas no estaban funcionando en su totalidad, simplemente se limitó a justificar la mala situación del mercado eléctrico brasileño, para bajar la tarifa”.

Con este hecho nació la “deuda espuria” y una de las injusticias económicas regionales más graves, solo comparable al Canal de Panamá, antes de Omar Torrijos o al gas boliviano, antes de Evo Morales.

Una probable interpretación de esta aberración tan antigua, por cierto, es la famosa “política de los patacones”. Esta estrategia, magistralmente ejecutada por el Vizconde de Mauá, poderoso banquero del imperio, dado a ministro de Relaciones Exteriores de Don Pedro I en sus horas libres, mantuvo por mucho tiempo las extensas fronteras del Brasil, sin cañones ni arcabuces. Relatan los anales que dicho cortesano cargaba en sus misiones “diplomáticas” algunos cofres, antecesores de los actuales maletines.

La diplomacia de la “boa vecindade” era muy dadivosa con los claudicantes de la colonia independentista. Felizmente, ni don Gaspar, en plena emancipación como república, ni los López, en etapa de consolidación como Estado, sucumbieron ante tan poderoso emoliente del imperio.

Eligio y Eusebio Ayala demostraron, con la recuperación del Chaco, que no existe un país demasiado grande como para avasallar voluntades, ni demasiado pequeño para perder la dignidad de todo su pueblo.

Pero es bueno aclarar que existen varios tipos de “maletines”. Están aquellos plateados, que fácilmente guardarían unos 200 mil dólares americanos.

Están aquellos grises, incorpóreos, impalpables, pero astutamente disfrazados de cargos, salarios y finalmente, de jubilaciones fantásticas.

Por encima de todos, están los maletines geopolíticos, aquellos más poderosos y con alcance corporativo nacional y binacional. Entre estos mega-dragones están los más pequeños, los “gastos sociales”, migajas del imperio, pero suficientes para modificar voluntades de varios poderes del Estado paraguayo.

El hecho que el Brasil haya llevado el 90% de la energía de Itaipú a precios de banana, además de fortalecer su desarrollo, favoreció su sistema financiero.

El “Banco de Desarrollo de Itaipú” no solo generó energía limpia, segura y barata, sino que logró magistralmente cubrir sus costos de construcción, montaje y operación por cuatro décadas. ¡Negocio redondo!, diría el fabricante de pelotas.

Descabellado y totalmente entregado, Debernardi y sus herederos económicos, los “barones de Itaipú, siempre argumentaron que Paraguay “solo puso el agua”.

Algunos timoratos que se agrupan entre los ingenieros de 60 Hertz (frecuencia eléctrica brasileña) mencionan hasta la posibilidad de una guerra, de un cierre fronterizo, de presiones económicas.

El miedo a un país hegemónico los hizo perder la dignidad, el patriotismo y finalmente, los paralizó. ¡Como si no existiesen organismos internacionales como las NN.UU. u otras poderosas corporaciones multilaterales que garantizan el orden, la paz y la justicia internacional!

Otros analistas del desarrollo también consideran a la agricultura empresarial como un sutil, pero eficiente maletín de la hegemonía brasileña. Si el 80% de los cultivos de la soja en la Región Oriental no estuviera en poder de los “brasiguayos”, mi análisis estaría sesgado. Nadie, en su sano juicio, sin embargo, puede desconocer este hecho socioeconómico.

Esperemos que nuestro actual canciller, con buena reputación para sepultar partidos, también lo haga con este que lo está conchabando. Tanto mal ya ha hecho al Paraguay en siete décadas.

El peligro

El peligro se inicia cuando las simpatías se transforman en lealtades hacia el Estado que nos prestó su conocimiento, por encima de nuestra propia patria.

(*) Ing. Agr., electricista, jubilado de Itaipú. Exasesor del DGP, de 2008 a 2012.