Tierna edad
Así, entre los 18 y los 22 años, la mayoría de los jóvenes decide, con mucha esperanza e innumerables dudas, la actividad o profesión a la que se dedicará y en muchos casos esta decisión es como tirarse a una piscina de cabeza sin haber probado si el agua estaba templada o helada.
Algunos afortunados optan por una profesión que aman pues les apasiona la práctica de la misma; otros simplemente estudian una cosa y terminan trabajando en cualquier otra que nada tiene que ver con el bagaje teórico que adquirieron; los más terminan odiando la carrera que eligieron pues culpan a la misma por su propia mala decisión, pero resignados se amargan diariamente realizando tareas que no les proporcionan emoción ninguna.
Entonces, si resultan insuficientes los test de aptitud, si el consejo de padres y amigos tampoco puede asegurar el éxito de sus decisiones, ¿cómo ayudamos a nuestros jóvenes a escoger una profesión que amen, pero que a la vez resulte económicamente viable?
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Para tomar decisiones es preciso conocernos a nosotros mismos, ¿cómo sabré qué quiero desayunar si no conozco mis propios gustos? así, para todo en la vida se requiere conocimiento para poder formar un criterio, solo después podemos dar una opinión fundada y luego podremos accionar para ponerla en práctica. Defender nuestra postura y corregir las desviaciones son los últimos pasos de una decisión.
Pero, ¿qué significa conocernos? quizás sea la más difícil de las tareas; pretender que un joven de 18 años se conozca a sí mismo lo suficiente es casi como una utopía, usualmente los padres estamos seguros de conocerlos mejor que ellos y desde luego de saber lo que es mejor para ellos. Esto genera conflictos evidentes en algunas ocasiones, en otras, el joven más sumiso acepta lo que indican los padres, dejando para más adelante el planteamiento que debería de haberse hecho a sí mismo, pues forma parte del proceso de crecimiento que nos ayuda a madurar y a definir nuestra personalidad.
Definiendo el futuro
Cada uno de nosotros tiene su propio repertorio conductual, el cual nos caracteriza, donde se distinguen nuestras actitudes, pensamientos, hábitos y sentimientos, los cuales forman nuestra personalidad y tienen cierta persistencia y estabilidad a lo largo de nuestra vida. Estas diferencias de los demás, nos hace independientes y diferentes a cualquier otro.
Nuestros hijos son personas únicas, independientes e irrepetibles, los padres debemos entender que su felicidad depende de los pasos que puedan dar ellos solos asumiendo los riesgos que la experiencia implica. Podemos apoyarlos, guiarlos, acompañarlos, pero la decisión debe ser de ellos y lo ideal es que esté basada en un profundo conocimiento de “quiénes son y quiénes quieren ser”.
Es decir, los jóvenes deberán conocerse, aceptarse y valorarse. El desarrollo de habilidades será clave para tener las herramientas necesarias a ser utilizadas en ese prometedor futuro, pero no solo se requieren de habilidades técnicas pues hay profesionales exitosos, promedios y mediocres. La diferencia entre ellos no está en las notas académicas, sino en sus habilidades interpersonales y en las habilidades conceptuales, las primeras le permiten relacionarse correctamente con colegas, jefes, clientes, colaboradores, proveedores, etc.; las segundas les permiten visualizar el bosque, para no quedarse pegado al primer árbol que encuentren en su camino.
Pero claro, conocerse a uno mismo es una ardua tarea, los seres humanos somos complejos y nos esforzamos diariamente por construir el “yo” que queremos ser, por lo tanto somos cambiantes en un entorno variable. A esa tierna edad, tener que definir en quién nos queremos convertir, parece un desafío colosal y es natural que los jóvenes busquen a alguien que los oriente o incluso, de ser posible, les entregue la respuesta a tan complicada situación.
Por otro lado, nunca en la historia de la humanidad ha sido tan difícil estar solo y en silencio a fin de poder meditar y conocernos mejor. La tecnología de la comunicación, tan maravillosa para miles de cosas, debe ser utilizada con moderación, pues su consumo en exceso daña la relación personal e íntima que debemos tener con nosotros mismos. Parecería que siempre estamos solos, sin embargo, vivimos conectados a un computador o a un teléfono.
El quién queremos ser se construye a partir de quiénes somos en este momento y solo conociendo dónde nos encontramos podemos fijarnos metas a corto, mediano y largo plazo. Luego deberemos planificar cómo alcanzaremos dichas metas, es decir, definir acciones concretas en base a un cronograma para poder chequear los avances y retrocesos.
No podemos cambiar el pasado, pero lo bueno del presente es que depende exclusivamente de nuestras propias decisiones definir cómo queremos que sea nuestro futuro. Las oportunidades pueden ser aprovechadas cuando estamos preparados para ellas, de lo contrario nos convertimos en simples observadores de la vida que pasa frente nuestro.
Esta colaboración tendrá una segunda parte en la cual los jóvenes podrán encontrar una guía sobre cómo encontrar las respuestas a quiénes son y, a partir de allí podrán evaluar qué carrera técnica o profesional va más de la mano con la persona en la que se quieren convertir en el futuro.
La decisión no es simple, no hay que tomarla a la ligera pues de ella dependerá en gran medida la manera en la que ganaremos dinero, el círculo de personas con quienes compartiremos diariamente y, como dice el refrán, “dime con quién andas y te diré quién eres”; por lo tanto sea cual sea nuestra decisión de carrera, la misma influirá en quienes seremos. Sigamos hablando de dinero, así aprendemos a manejarlo mejor.
Clave
El desarrollo de habilidades será clave para tener las herramientas a ser utilizadas en busca de un prometedor futuro.
Metas
Deberemos planificar cómo alcanzaremos nuestras metas, es decir, definir acciones concretas con base en un cronograma.
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