Un buen estadista
Es aquel que tiene mucho de hombre y poco de bestia; tiene un gran espíritu de padre y mucho de hijo agradecido. Agradecido por una tierra ubérrima, por un clima benigno, por la abundancia de energía, por una población homogénea, sin racismos; una geografía sin volcanes, terremotos, maremotos; en fin, una tierra donde mana leche y miel.
Pero ese estadista debe rodearse de valientes y sabios, así como lo hicieron los grandes de la antigüedad, el rey David por ejemplo, quien escogió a sus 600 valientes en las ciudades de refugio donde iban los afligidos, los desposeídos, los quebrantados, los “congelados”, pero que eran valerosos para una causa nacional. David los lideró con valentía, los convenció de la necesidad de conquistar la tierra prometida y de que el único camino era el temor a Dios.
En esta cuestión de las páginas sociales a veces uno encuentra un ambiente propicio para pensar en voz alta. Días pasados me llenó de satisfacción que un rector de una prestigiosa universidad me haya brindado tanto tiempo sobre dos temas, uno político y otro teológico. Es un honor que no merezco, a pesar de ser fundador de la misma, y la satisfacción es doble cuando profesamos la misma fe. Sin embargo, esta cuestión de fe es algo que responde solamente al fuero personal, ligado en última instancia a la mente y al alma de un ser humano. Nadie puede practicar una disección del “corazón” para saber sus penas y alegrías.
Dicen que la fe es la certeza en lo desconocido, es la convicción de lo esperado, es interna y no una cuestión externa y masificada; y, aprovechando la proximidad de la Semana Santa y el entronado del nuevo Papa, es bueno recordar siempre que la masa que recibió con palmas a Jesús en Jerusalén fue la misma que lo crucificó ocho días después. La “masa” es algo engañosa y traicionera.
La protesta de Martín Lutero, execrada por el catolicismo y exaltada por los protestantes, fue justamente contra la masificación de la fe, la venta de indulgencias, contra las degeneraciones del papado y otras de índole teológica que están perfectamente explicadas en sus 95 tesis clavadas en las puertas de la Catedral de Witemberg, donde profesaba su liderazgo espiritual. De cualquier manera, cuando ya todos duden de nuestra fe, nos restan, en última instancia, los frutos. No puede un árbol malo dar frutos buenos y viceversa.
En fin, los que opinamos en forma pública no pretendemos repartir culpas a mansalva, solo intentamos repartir esperanza, sea esta de índole social o económica; incluso a veces, a pesar de ser impenitentes pecadores, un anhelo espiritual. Pero vayamos al último objetivo de este artículo, la búsqueda de un buen estadista.
Legado de un signo partidario
Durante 70 años tuvimos la supremacía de un signo partidario que nos legó lo que hoy tenemos: una crisis energética, tratados entreguistas y claudicantes, una administración pública corrompida, una justicia totalmente prostituida, niveles ínfimos de desarrollo, índices de analfabetismo y analfabetismo funcional de lo más bajo en Latinoamérica, una educación paupérrima (incluye la universitaria); un narcotráfico creciente y floreciente, una política prebendaria y clientelista. Nadie podía entrar en la policía, ejército, las binacionales y la administración pública en general, sin la famosa afiliación a la ANR.
La gente, en su miedo a la soledad y a lo desconocido, se junta en barrios y ciudades; es el momento que se inician los problemas: falta de seguridad física, alimenticia, energética, jurídica; y como el producto del hacinamiento son las plagas y enfermedades, vienen los problemas de salud, de abastecimiento de agua, comida, combustibles, etc. En ese tiempo, en lugar de los servidores públicos y defensores de la ley, aparecen los buitres, los comedores de carroña, las hienas sociales; es por ello que acostumbro usar este pequeño cuento: Después de una cruel batalla, dos buitres sobrevuelan el campo y ven comida en abundancia, de dos colores distintos; el más joven pregunta al más viejo: no entiendo, ¿qué pasó allá abajo?, a lo que el viejo buitre responde: los hombres son raros, se matan y no se comen, además se matan sin sentido y en abundancia.
Por último, me despido con una definición: “La guerra y la guerrilla son la continuación de la política, pero por otros medios, la brutalidad y la intolerancia”.
El pueblo que no proyecta su cultura tiende a desaparecer (Nicolas Spykman).
Raros
En una conversación de buitres, uno decía que los hombres son raros, se matan y no se comen, además, se matan sin sentido.
Sociedad de Ingenieros Liberales