Si la industria de la tecnología puede jactarse de tener un auténtico hombre del Renacimiento, ese hombre es Jaron Lanier. Científico de la computación, compositor y escritor, famoso por sus rastas, se hizo célebre por popularizar la expresión “realidad virtual” (RV) a inicios de los 80, cuando fundó VPL Research para desarrollar productos de RV. Lideró el equipo que creó los primeros mundos virtuales de múltiples personas con visores montados en la cabeza, los primeros avatares de RV y la primera plataforma de software para aplicaciones de RV. Luego vendió a Sun Microsystems la cartera de patentes de la compañía.
Entre 1997 y 2001 fue director científico de Advanced Network and Services y científico invitado de la Iniciativa de Teleinmersión, coalición de universidades dedicadas a la investigación que en 2000 probó los primeros prototipos de teleinmersión. Entre 2001 y 2004 fue científico invitado en Silicon Graphics, y desde 2006 es consultor de Microsoft Research.
Hoy es conocido por sus dos influyentes libros sobre el futuro del mundo digital: You are not a Gadget, elegido por The New York Times como uno de los 10 mejores de 2010, y Who Owns the Future? (Simon & Schuster, 2013). Ambos, con elogiosas críticas, dieron a Lanier el prestigio de ser considerado “la conciencia de la industria de la tecnología”, rol en el que hizo amigos y enemigos.
Durante los últimos años lo absorbió una preocupación: en el futuro digital que avizora, un pequeño número de empresas e individuos se enriquecen, mientras que la economía en su conjunto se achica, con la consiguiente pérdida de puestos de trabajo, la declinación de la clase media y el fin de lo que llama “dignidad económica”. Asegura que esto se evitaría si se remunerara a la gente por los activos digitales (desde datos personales hasta diseños para impresoras 3D) regalados por nada. Es deseable que la información sea gratis, pero Lanier dice que, si tuviera un precio accesible, el mundo sería mejor.
Sentó las bases de Who Owns the Future? en You Are Not a Gadget. ¿Qué lo convenció de la necesidad de un segundo libro? La discordancia entre lo que veo empíricamente y las ideas sobre política a las que todos parecen volver como si no hubiera alternativa. Estamos anclados en la creencia de que invertir en un tipo especial de emprendimiento informático es bueno para la sociedad, cuando en realidad crea desigualdades de ingresos cada vez más extremas. Sentí que necesitaba dar un paso más para tratar de interpretar cómo las tendencias digitales impactan en la economía, la sociedad y la política, pero, como en el libro anterior, creo que planteé más interrogantes.
¿Por qué parecemos dispuestos a entregar nuestros datos personales gratuitamente o a cambio de algo trivial? Las personas están dispuestas a aceptar sugerencias mientras lo que se les pida que hagan sea relativamente fácil y placentero. El problema es que aún no entienden el valor de sus datos. Se les inculcó la idea de que recibir servicios gratuitos a cambio de sus datos personales es justo, pero no lo es, pues carecen del mismo poder de negociación que tiene la otra parte; están en inferioridad de condiciones y, por eso, deben aceptar lo que se les ofrece. Estoy planificando un proyecto de investigación para entender mejor el valor de los datos. Una de las formas de hacerlo es analizar las tarjetas de lealtad o los programas de viajero frecuente, por ejemplo. Puede argumentarse que hay diferencia entre reunir información sobre los clientes vs. tenerlos cautivos, pero creo que ambos beneficios son similares. Para una persona, el diferencial entre usar una tarjeta de lealtad y no usarla durante un año es indicador de una pequeña porción del valor de la información de aquella. Sospecho que, una vez que midamos el valor acumulativo de los datos personales con este tipo de técnicas, veremos que aumenta con el paso de los años. No tengo certeza; es mi hipótesis. Si estoy en lo correcto, una pregunta interesante sería: ¿el valor de la información de una persona común superará alguna vez la línea de pobreza? Creo que nos encaminamos a eso y, si sucediera, tendríamos todo el potencial para un nuevo tipo de sociedad que trascienda el viejo debate entre “derecha” e “izquierda”. En su lugar podría haber un tipo de mercado enteramente nuevo, capaz de crear un sistema de seguridad social estable de forma orgánica.
¿En qué medida son culpables los medios sociales de la falta de equidad en materia de datos? No creo que los medios sociales sean culpables per se, sino más bien el uso de internet dirigido directamente al consumidor para lograr algún tipo de concentración extrema de ingresos, como viene ocurriendo con las finanzas en los últimos 20 o 25 años. No creo que haya habido un plan maquiavélico en Silicon Valley para ello. Si podemos recopilar la información personal de todos, estaremos en una posición que nos permitirá gravar al mundo por el acceso a transacciones. El esquema básico fue vaticinado al inicio de la era de la computación, cuando se hablaba del potencial de los sistemas de información, para que la gente se manipulara entre sí, con la consiguiente creación de desequilibrios de poder. Silicon Valley redescubrió esos antiguos pensamientos y ahora vemos emerger un patrón similar a lo que pasó con las finanzas: el uso de la computación a gran escala con el fin de recolectar suficientes datos para lograr una ventaja en la información, especialmente sobre quienes tengan una computadora de menor poder. Cuando lanzaba Facebook, Mark Zuckerberg decía que no podía entender por qué la gente le daba toda su información. Una primera reflexión es que la mayoría de las personas suelen ser confiadas, pero lo que pasa con los medios sociales es que, rápidamente, quedan atrapadas en un ciclo algo similar al “chantaje”. Si no interactúan constantemente, sienten que arriesgan su prestigio.
Los primeros años de una transición económica vienen con discontinuidades estructurales. En el caso de las economías impulsadas por datos parecen especialmente profundas. ¿Por qué? Es el famoso “efecto red”; opaca todo lo demás y las externalidades de la red pueden desarrollarse con rapidez. La manía de los tulipanes del siglo XVII se expandió y explotó velozmente, pero en las redes digitales todo sucede mucho más rápido. La diferencia está en que los datos no se marchitan como los tulipanes. El anclaje que causa la red es persistente y, cuando los emprendedores digitales producen una disrupción, los mercados no se equilibran con la misma rapidez o facilidad que antes. Otro problema es que no podemos automatizar el sentido común, pero si alguien tiene muchos datos sobre una red y usa algoritmos estadísticos para procesarlos, creará la ilusión de haber hecho exactamente eso. Aún carecemos de un entendimiento científico cabal sobre cómo funciona el cerebro o el sentido común, pero hablamos como si lo tuviéramos. Siempre hablamos de cómo implementamos la inteligencia artificial o cómo creamos el famoso algoritmo inteligente y nos autoengañamos. Para quienes manejan grandes computadoras, esto es difícil de admitir; creen que llegaron al dominio cósmico de toda la cognición posible y que tienen la bola de cristal porque sus algoritmos de correlación estadística son predictivos, y lo son hasta cierto punto, porque el mundo no es enteramente caótico y aleatorio. Pero, inevitablemente, llegará una etapa en la que los datos estadísticos no lograrán predecir el cambio, pues no representan una estructura causal.
¿Cómo imagina a las economías impulsadas por datos de aquí a 20 años? Podría ser maravilloso, pero para que sea sustentable y creativo falta el principal ingrediente: un registro contable detallado y honesto. Por ejemplo: traducir algo con una herramienta automática como la de Google o Microsoft parece mágico, pero no es así. Lo que realmente pasa es que las empresas que traducen automáticamente recorrieron internet buscando traducciones preexistentes. El resultado es solo un pastiche estadístico de traducciones hechas por personas reales; mucha gente real detrás del telón a la que no se le paga por su trabajo. Podrían decir que si les remitiéramos unos centavos por su contribución, el monto sería insignificante, pero si contamos todas las traducciones automáticas y las ocasiones en que se dan, habría muchos miles de pequeñas transacciones. Todo eso sumaría hasta convertirse en un monto significativo que reflejaría el valor real que aportaron los traductores humanos. De algún modo, iniciaríamos un sistema universal de regalías. Muchos son escépticos respecto a si valdría la pena o sería factible rastrear todas esas cadenas de valor, pero en términos de tecnología no hay duda de que se puede hacer. No me asustan la ingeniería ni su costo. El dilema al que me enfrento es: ¿cuál es el escenario que podría llevarnos del sistema actual, de enorme desequilibrio, a otro más simple y equitativo? Intuyo que el más probable es el del surgimiento de una nueva plataforma para el valor de la red. Podría ser la impresión 3D, pues el número de empresas de esta industria aún es bajo. Quizá podrían unirse y decir: “Veamos qué pasa si se le paga a la gente por sus diseños 3D, en vez de seguir con el modelo Linux”. Si funcionara, el valor de la industria aumentaría y, tal vez, el modelo sería imitado.
¿Cree que parte del problema está en que muchos regalamos las joyas de la corona, en términos de datos personales? La transición es, sin duda, más compleja. Hubo muchas transiciones que resultaron mal. El modelo que no me gusta es el de la revolución. Uno sabe que romperá muchas cosas, pero no sabe si el sistema será mejor.
¿Cómo diferenciar nuestras contribuciones cuando tenemos poco control? En el libro propongo un sistema matemático basado en cálculos como: “¿Qué pasaría si…?”. La pregunta es: “Si mis contribuciones no hubieran existido, ¿cuál sería el diferencial de valor para un determinado esquema en la nube?”. Si un emprendedor no halla respuesta a ese tipo de cálculo, significa que el resultado de su algoritmo en la nube es aleatorio o caótico y no debería ganar dinero con él. La economía digital debería organizarse para que si alguien no puede calcular el valor de quienes contribuyen al corpus, tampoco puede ganar dinero con su esquema. En la medida que logre atribuir valor de esos aportantes, ese será el indicador de la ganancia que él mismo debería tener, porque el resto de su ingreso sería una especie de renta anclada que obtiene por efecto red, pero no una creación de valor real. Los emprendedores digitales deberían ganar porcentajes de la riqueza que ayudan a generar para otros.
Vislumbra una “economía orientada a la clase media” en la que los datos no son gratuitos, pero son accesibles. ¿Podría ampliar el concepto? Creo que la clave es si el resultado de que la gente interactúe en un sistema digital es una distribución de ley de potencia o una distribución normal (o curva de Gauss). Al hablar de clase media quiero decir que los resultados se parezcan más a una curva de Gauss, porque una ley de potencia es una torre alta con una cola larga, conectadas mediante un cuello raquítico. En esta distribución hay pocos ganadores y todos los demás son “quiero y no puedo”. Cada vez que pienso en una mejor sociedad, veo que depende de una acumulación fuerte en el medio de una curva de Gauss, la llamemos clase media o de otra manera. Si alguien es fanático del liberalismo económico, admitirá que no hay mercados sin clientes; y los clientes deben venir del medio, porque, si no, el mercado no se sostiene. Asimismo, si alguien es funcionario de un Gobierno, también querrá una clase media sólida. Si no, la concentración del ingreso corromperá al sistema democrático. Todos deberían querer la misma curva. Como señalo en el libro, los diferentes tipos de diseño de la red digital darán curvas de distribución normal o leyes de potencia. Si se eligen diseños que dan la primera forma de distribución, podremos tener una sociedad digital sustentable.
¿Pesimista u optimista sobre el futuro? Pesimistas son quienes no ven margen para una mejora y más pesimistas quienes piensan que ya alcanzamos la perfección. Lo que me impulsó a escribir los libros es que en la industria de la tecnología constantemente se oye que creamos bienestar, pero si observamos la realidad, vemos que se benefician muy pocos, y no puedo aceptar esta desconexión. Es real que hay problemas, pero también señales de soluciones. Esos son los verdaderos optimistas y me cuento entre ellos. Para una civilización sustentable, hace falta una clase media fuerte.
Polifacético
Lanier es mucho más que un científico. Dueño de una de las colecciones más grandes de instrumentos musicales antiguos (que además ejecuta), a menudo se lo ve con ellos durante las conferencias que dicta. Su Sinfonía para Amelia se estrenó en octubre de 2010, ejecutada por la Orquesta del Festival Bach de Winter Park, Florida, uno de sus muchos trabajos de las dos últimas décadas. También fue pionero en el uso de la realidad virtual para las interpretaciones musicales con su banda, Chromatophoria, que tocó en el Festival de Jazz de Montreux. Además, compartió escenario con artistas de la talla de Yoko Ono, Philip Glass, Ornette Coleman, Terry Riley y George Clinton, del grupo Funkadelic. Las pinturas y los dibujos de Lanier se exhibieron en museos y galerías de EE. UU. y, en 1997, presentó su unipersonal en el Museo de Arte Moderno de Roskilde, en Dinamarca. También ayudó a diseñar los aparatos y escenarios de Minority Report, película de Steven Spielberg estrenada en 2002.
Entrevista de Knowledge@Wharton, publicación de la Wharton Business School de la Universidad de Pensilvania, reproducida con la correspondiente autorización.
Fuente: HSM Group www.wobi.com
