El toro del rey (adaptación) (2)

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Y Amaranta acarició suavemente el testuz de Akelé y le suplicó que se dejara colocar una cuerda al cuello. De este modo pudo ser llevado al palacio. Le ataron las patas, le echaron al suelo y el matarife se acercó con el cuchillo. Pero ni siquiera su afilada hoja pudo penetrar la carne del toro, pues este poseía el privilegio de impedir que tal cosa sucediese.

Explicaron al rey lo sucedido, y el monarca dijo a Amaranta: —Si no obligas a tu toro a que se deje clavar te mataré a ti.

La anciana acarició el testuz de Akelé y le dijo:

—Mi querido Akelé, ¡déjate llevar!

Y el buen animal relajó sus músculos. Cuando la sabrosa carne le fue entregada al rey, este ordenó que la anciana recibiera la grasa y las tripas. Y la pobre Amaranta se llevó ambas cosas en un cesto, sin dejar de recordar al sacrificado Akelé.

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Guardó la grasa y las tripas en una tinaja, y sucedió que desde aquel día, al levantarse por las mañanas, encontraba su casa completamente arreglada y limpia. Deseando aclarar el misterio, un día salió, pero se quedó observando por una rendija, y vio a dos hermosas doncellas salir de la tinaja y realizar todas las labores caseras. Amaranta entró de improvisoy las dos jóvenes quisieron esconderse en la tinaja.

—No teman —les dijo la anciana—. Podemos ser amigas.

Sobre el libro

Libro: Mis cuentos de hadas

Título: El toro del rey

Editorial: Cuenticolor