Lee atentamente la última parte del texto.
Regresó a su habitación para esperar el desayuno, y recogió el libro que leía la noche anterior, pero en cuanto lo tocó se convirtió en oro macizo.
—Ahora no puedo leer —dijo—, pero desde luego es mucho mejor que sea de oro.
Un criado entró con el desayuno del rey. —Qué bien luce —dijo—. Ante todo quiero ese melocotón rojo y maduro.
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Tomó el melocotón con la mano, pero antes que pudiera saborearlo se había convertido en una pepita de oro.
El rey Midas lo dejó en la bandeja. —Es precioso, pero no puedo comerlo, —se lamentó.
Levantó un panecillo, pero también se convirtió en oro.
En ese momento se abrió la puerta y entró la pequeña Caléndula. Sollozaba amargamente, y traía en la mano una de sus rosas.
—¿Qué sucede, hijita?, —preguntó el rey.
—¡Oh, padre! ¡Mira lo que ha pasado con mis rosas! ¡Están feas y rígidas!
—Pues son rosas de oro, niña. ¿No te parecen más bellas que antes?
—No. —gimió la niña—, no tienen ese dulce olor. No crecerán más. Me gustan las rosas vivas.
—No importa —dijo el rey—, ahora toma tu desayuno.
Pero Caléndula notó que su padre no comía y que estaba muy triste.
—¿Qué sucede, querido padre? —, preguntó, acercándose. Le echó los brazos al cuello y él la besó, pero de pronto el rey gritó de espanto y angustia. En cuanto la tocó, el adorable rostro de Caléndula se convirtió en oro reluciente. Sus ojos no veían, sus labios no podían besarlo, sus bracitos no podían estrecharlo. Ya no era una hija risueña y cariñosa, sino una pequeña estatua de oro.
El rey Midas agachó la cabeza, rompiendo a llorar. —¿Eres feliz, rey Midas?, —dijo una voz. Al volverse, Midas vio al desconocido.
—¡Feliz! ¿Cómo puedes preguntármelo? ¡Soy el hombre más desdichado de este mundo!, —dijo el rey.
—Tienes el toque de oro —replicó el desconocido—. ¿No es suficiente?
El rey Midas no alzó la cabeza ni respondió.
—¿Qué prefieres, comida y un vaso de agua fría o estas pepitas de oro?—. El rey Midas no pudo responder.
—¿Qué prefieres, oh rey, esa pequeña estatua de oro, o una niña vivaracha y cariñosa?
—Oh, devuélveme a mi pequeña Caléndula y te daré todo el oro que tengo —dijo el rey—. He perdido todo lo que tenía de valioso. —Eres más sabio que ayer, rey Midas —dijo el desconocido—. Zambúllete en el río que corre al pie de tu jardín, luego recoge un poco de agua y arrójala sobre aquello que quieras volver a su antigua forma.
El rey Midas se levantó y corrió al río. Se zambulló, llenó una jarra de agua y regresó deprisa al palacio. Roció con agua a Caléndula, y devolvió el color a sus mejillas. La niña abrió los ojos azules.
Con un grito de alegría, el rey Midas la tomó en sus brazos. Nunca más el rey Midas se interesó en otro oro que no fuera el oro de la luz del sol, o el oro del cabello de la pequeña Caléndula.
