Una de ellas era Villaflacos, donde todos sus habitantes eran flaquísimos y no había caso de que pudieran engordar de ninguna manera.
Hasta que a uno se le ocurrió la forma infalible. Enchufarse un inflador en el ombligo e inflarse hasta la gordura que cada uno quisiera.
El problema fue que, al inflarse como globos, con un viento que pasó por ahí, cada uno de los flacos inflados salió volando por la ventana y se armó un lío terrible porque ya no podían bajar... hasta que se desinflaron como todos los globos.
Otra de las historias de Josefina —para entonces ella ya tenía quince gatos— transcurre en Villaoscura, una villa donde las casas eran circulares y no tenían puertas ni ventanas, pero todas tenían azoteas.
Para entrar o salir, los villaoscurinos se subían a la azotea por una escalera externa. En la azotea había una abertura en la que se apoyaba otra escalera que iba al interior de la casa.
Como tampoco había luz eléctrica ni de ninguna otra clase, cuando estaban en sus casas miraban todo el tiempo hacia arriba, hacia donde estaba la abertura, para poder ver algo con claridad.
